16 Nov 2010 - 8:41 p. m.

Indonesia: un reencuentro con el yo

En las aguas del Pacífico, con el sol de frente y la brisa golpeándome la cara, pude finalmente abrazarme a mí mismo.

David Mayorga

Venía arrastrando la melancolía por medio mundo. Esa que siempre viene acompañada de lágrimas, juicios de culpabilidad y el deseo de abandonarlo todo. Un peso que había viajado conmigo por más de cuatro días, que no respetaba el cansancio de los cambios de huso horario, y que sólo vino a ceder en un hotel de Yakarta, a la madrugada, con el canto del almuecín en una mezquita cercana.

El alivio comenzó en otra parte: en el Parque Natural Bunaken, al norte de la isla de Sulawesi (Célebes, en español). Con su pared de coral, es el paraíso para los amantes de la aventura submarina, y la oportunidad perfecta para los principiantes y los habitantes del asfalto de tragarnos medio océano en nuestro primer intento de snorkelling.

En esas aguas, con la sal entre lengua y pulmones y una guerra a muerte con la corriente marina para que no se llevara las aletas de mis pies, sentí la calma. Ver los peces de colores que huían a refugiarse en el coral para evitar cualquier contacto humano hizo que tomara conciencia del sentido de la fragilidad.

Y del riesgo. Para entenderlo bastó ver las piernas magulladas de Cristian, el dueño de bote, un empleado universitario que ganaba unas rupias extras llevando al coral a turistas que ni se molestaban en entender o aprender su propio idioma. Esas cicatrices son las guerras perdidas del coral, un ecosistema que muere con el más débil contacto humano.

Días después, al sur, en la famosa isla de Bali, entré en contacto con lo que Freud solía llamar “sentimiento oceánico”, esa incertidumbre interior que siente todo humano al preguntarse por su papel en el universo.

Fue en un templo hindú. Tanah Lot, un santuario montaña arriba, muy alejado de los spas, discotecas y resorts para turistas en busca de alcohol y playa. Allí, mirando a los creyentes concentrados en sus oraciones politeístas, sentí el silencio. La calma de sus fuentes llenas de peces naranja, el viento en las hojas de los árboles y la majestuosidad de las estatuas, todos ellos me hicieron sentir pequeño. Me hicieron cuestionar sobre mi papel en esta sociedad. Y me hicieron olvidar mis banales preocupaciones occidentales.

Entonces vino el disfrute de la comida. Del arroz hervido, el café orgánico fuerte, el pollo y cerdo con salsa de maní. De la cerveza Guinness, los campos de arroz, la ofrendas florales y el mar. Las olas que van y vienen y el viento golpeándote en la cara. Del mundo que está más allá del correo electrónico, los trancones y los gritos y reproches que encierran las llamadas telefónicas.

Entenderlo y sanarme tomó más de 27 horas de vuelo.

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