26 Dec 2010 - 1:44 a. m.

Junto a Vargas llosa cuando recibió el nobel

Testimonio del momento más feliz y del más insólito de los discursos del escritor peruano, en Estocolmo.

Juan Cruz* / Especial para El Espectador

He escuchado dos ovaciones emocionantes para Mario Vargas Llosa. Una fue en una universidad de Lima, hace una década, cuando aún mandaba Fujimori y el autor de La fiesta del chivo entró por una esquina del estrado donde presentaría esa novela contra los dictadores, la audiencia lo vislumbró y tronó en un aplauso inolvidable para todos y sobre todo para él, que aún era perseguido en su patria. La otra ocurrió en el rectángulo verde y pastel que alberga el salón de actos de la Academia Sueca, la tarde gélida del 7 de diciembre de 2010, cuando el ahora premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, nacido en Arequipa hace 74 años, pronunció unas palabras ahora históricas sobre Patricia, su mujer, y sobre Perú.

En Lima, Vargas Llosa estuvo a punto de llorar, por la rabia acumulada después de los años de ignominia a los que le sometieron Fujimori y Montesinos, tan furiosos con él que estuvieron a punto de desposeerle de la nacionalidad peruana. Y esta vez en Estocolmo, Vargas lloró sin remedio, como todo el auditorio concentrado allí por la Academia para que le vieran entronizado como uno de los ciento y pico de autores que han merecido el mayor galardón de las letras del mundo. Y esta vez también tuvo que ver Perú, como es obvio, en su emoción y en el aplauso. Dijo que para él Perú es Patricia. Y viceversa.

 Es fabuloso el poder que tienen las palabras, ha dicho más de una vez el autor de La orgía perpetua, ese homenaje sin freno a Flaubert, el autor que le dictó los mejores consejos sobre la voluntad de estilo al que hay que someter a la escritura. Y es fabuloso lo que consiguieron en él, aquella tarde de Estocolmo, esas dos palabras precisamente. Eran sencillas y solemnes al mismo tiempo, significaban lo que una persona tiene dentro en cualquier sitio y a cualquier edad y que, dicho en el momento preciso, desata júbilo o lágrimas, e incluso lágrimas de júbilo. En mi copia del discurso, que me habían dado unos minutos antes, y que la Academia embarga como oro en paño, yo subrayé, mientras Vargas Llosa lo decía, esas palabras, y puse unos puntos suspensivos en el sitio preciso donde comenzó a llorar.

Luego, en mi crónica para El País, mi periódico, comprobé qué pronto se produjo ese llanto. Claro, es que venía de antiguo, él necesitaba ese llanto como quien desanuda un cordón umbilical, o como quien descubre que un juguete roto en la infancia es hallado en un rincón de un cuarto viejo pero intacto, y corre feliz a descubrirlo debajo del polvo de los años.

No es extraño que todos los que hablen ahora de los momentos de Vargas Llosa en Estocolmo hallen en ese llanto la referencia más feliz, la culminación de un texto que era a la vez una novela, con su nudo incluido. Y ese no era el nudo, porque Vargas quisiera alcanzar un clímax, llevar al auditorio a cimas como las que alcanza en La casa verde, en Conversación en la catedral o en La fiesta del chivo; es que ese nudo venía desde la primera línea, cuando el Nobel recién inaugurado contó cómo aprendió a leer, a los cinco años, con su madre. Todo ese parlamento que la Academia guardó celosamente y que él le hurtó a Patricia durante el mes que estuvo escrito, hasta que lo oyera en directo, era el trozo de una piel que a él le fue haciendo la vida.

A mí también me pareció el momento más feliz, el más insólito de los discursos de Vargas Llosa, sólo comparable a su propia mirada de estupor en otros instantes en que la vida le ha arrebatado o le ha querido arrebatar la dignidad de ser peruano o la pasión por vivir en la literatura. Para explicar todo esto hay que leer de nuevo (o leer por primera vez: y este último es un placer inolvidable) El pez en el agua.

 * Director adjunto diario El País (España)

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