26 Dec 2010 - 1:55 a. m.

La bomba de Caracol Radio

El terrorismo regresó a la capital del país con una explosión que afectó un importante sector del norte de Bogotá.

Érika Fontalvo * / Especial para El Espectador

Fue el 12 de agosto de 2010. El reloj daba las 5:29 a.m. cuando Darío Arizmendi, director del programa 6:00 a.m., y yo nos encontrábamos en la cabina de Caracol Radio, listos para comenzar con una emisión más. Fue tan sólo un instante, que se sintió duro y seco en todo el edificio. Una poderosa explosión nos dejó aturdidos por un momento, en el que Darío y yo nos miramos de un lado al otro de la mesa y vimos en los ojos del otro desconcierto.

Como si no hubiera pasado nada, comenzamos el programa, pero aquel estruendo era de una explosión, porque fue muy intenso. Mientras pensaba esto, comencé a ver los efectos de la onda expansiva: el techo de la cabina se fue desplomando de a poco sobre nosotros, especialmente sobre Darío. Mi primera reacción fue tratar de apartarlo de su lugar, pero en ese momento él estaba hablando al aire. Me contuve y ocupé mi asiento de nuevo. El programa continuó.

Al poco tiempo entró en la cabina uno de los miembros del equipo de seguridad de Darío. Se acercó a él y en inaudible susurro le dijo que había estallado un carro bomba en frente del edificio. No supe esto en ese instante, pues hablaron muy bajo. Acto seguido, el escolta intentó retirar a Darío de la cabina, agarrándolo del brazo, pero Darío se resistió. Mientras esto sucedía, seguía al aire, transmitiendo a los oyentes la poca información que teníamos, pues aún no sabíamos muy bien qué había pasado. Aún era de noche y en la oscuridad de la madrugada todo era confusión. En un momento el escolta cerró la cortina de una de las ventanas, que se había agrietado seriamente, pues, de registrarse una segunda explosión, los vidrios caerían sobre nuestros rostros.

Eventualmente, el personal de seguridad de Darío se lo llevó. Mientras salía de la cabina, sonriendo, con un ligero toque en la muñeca y en un tono bajo, pero serio, me dijo: “Te quedas”. Respondí que claro, que por supuesto me quedaba. En la cabina quedamos la periodista Narda Guarín y yo. Narda estaba muy alterada y lloraba con la angustia propia de la incertidumbre. Le dije amablemente que si iba a quedarse en la cabina tenía que calmarse.

A los pocos minutos ingresó el equipo de evacuación del edificio, compañeros nuestros de Caracol Radio, que nunca supe de dónde salieron, porque a esa hora la redacción estaba desocupada, no estábamos en las instalaciones de la emisora más de 10 personas. A todo el equipo le dije que quien quisiera irse era libre de hacerlo. Nos quedamos dos personas en la cabina y la periodista Grace Vanegas en la redacción, además del equipo técnico.

Minuto a minuto comenzaron a llegar los informes: sí, había sido un carro bomba sobre la carrera séptima y los daños eran enormes. Eran las 5:50 a.m. y, a medida que la luz entraba, empecé a darme cuenta de la magnitud de los hechos. Fue verdadera suerte que no hubiéramos salido heridos.

Bien entrada la tarde tuve la oportunidad de salir del edificio y, ante la escena, rompí en llanto. Era el dolor que sentía por las personas, nuestros vecinos, que habían sido afectados: el restaurante de abajo, el café internet de la esquina, todas personas con negocios decentes que los habían perdido en un instante. Nunca supimos si la bomba, en efecto, iba destinada a nosotros, los periodistas de Caracol Radio.

 * Periodista del programa ‘Hoy por hoy’, de Caracol Radio.

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