28 Aug 2012 - 10:54 p. m.

La ciudad de los desvelos

En el día los turistas visitan el centro histórico, las murallas, las catedrales e iglesias que se conservan intactas a pesar de los siglos. En la noche el ambiente se concentra en discotecas y pubs al margen del río Guadalquivir.

Juan Diego Ramírez

Embarcar en un buque desde el puerto San Lúcar de Barrameda, en el sur español; navegar contra la corriente del tranquilo y ancho río Guadalquivir; divisar después de seis horas de viaje la Torre del Oro de Sevilla, desembarcar y escuchar que los galeones del siglo XVI descargaban todo el oro que traían de América; descubrir que los mismos españoles confiesan que “nosotros les robábamos sus riquezas” y sentir un poco como propio todo lo que se ve alrededor. Y lo que se ve no es otra cosa que una de las ciudades más bellas del mundo.

El verano español y los 40 grados que marcan los relojes de cada esquina sugieren ropa ligera, bermudas y sandalias cómodas para caminar por el centro histórico de Sevilla y las calles estrechas del barrio Santa Cruz.

Si su ingenuidad le sedujo pantalones largos, lo mejor es montar en carroza. En la ciudad transitan 98 de ellas que cobran 50 euros por recorrer los sitios tradicionales. El sonido de los cascos contra el suelo, el calor —sin humedad—, las murallas con torreones que fueron construidos en el 68 a. de C. como barricada, las plazas y las edificaciones antiguas recuerdan algo de Cartagena.

La diferencia es que en el sector amurallado de Sevilla lo abordarán grupos gitanos con artes clarividentes a decirle que en su futuro tendrá dos hijos, una esposa y familia tipo Ingals. Que viajará por el mundo y morirá feliz, y que en todo caso deberá darles unos 20 euros por el presagio utópico. Luego uno comprobará que ha sido estafado y que la astucia de nuestras tierras ha servido poco más que nada.

Se sorprenderá con la arquitectura del sector histórico. De la imponente iglesia de San Hermenegildo, un convento fundado en 1580 y que por un tiempo fue cuartel de Artillería. Del Real Alcázar, un palacio que sirve como sitio de hospedaje de la familia real y de jefes de Estado visitantes y que además fue declarado Patrimonio de la Humanidad, junto a la Catedral de Sevilla y el Archivo de Indias en 1987, este último construido en 1584 y en donde reposan documentos sobre información referente a las colonias españolas de la época, entre ellas las de América.

Si pregunta por turismo cualquier habitante de esa ciudad le dirá que visite la plaza de toros de La Maestranza —o La Catedral del Toreo—, una de las más antiguas (construida en 1733) y con mayor tradición del país. Los hinchas del Sevilla Fútbol Club le dirán que vaya al estadio Ramón Sánchez Pizjuán y los aficionados del Real Betis —los que más se ven en las calles por las camisetas— le ordenarán visitar el estadio Benito Villamarín y tratarán de convertirlo en bético.

Si ve un mapa de la ciudad, que consigue en cualquier tienda por menos de dos euros, le recomendará antes que nada que conozca la Plaza de España, un sitio propicio para los catadores de arquitectura y para enamorados.

Las parejas pueden alquilar barcas y navegar por el río paralelo a la edificación semicircular, que tiene cuatro puentes que representan los antiguos reinos de España: Castilla, León, Aragón y Navarra. El monumento fue construido en 1929 en ocasión de la Exposición Iberoamericana y fue escenario de los rodajes de películas como Lawrence de Arabia o El ataque de los clones, de la saga de Star Wars.

Por estas épocas de crisis visitar Sevilla —y España en general— es la mejor opción para los turistas: los almacenes anuncian descuentos desde la entrada, los hoteles han bajado sus tarifas y el euro está devaluado.

Sobre todo en verano, cuando se duerme más en el día. Las discotecas y bares cierran a la medianoche de un lunes y abren hasta el amanecer de los fines de semana. En el día se ven más turistas recorriendo el lado histórico y en la noche el ambiente se concentra en los márgenes del río Guadalquivir, en el Paseo de Colón, en el puente de Triana o la calle Betis.

O puede sentarse en un pub a escuchar flamencos y comer tapas. Los meseros entenderán cuando ordene vino o cerveza, pero gritarán a los bármanes que sirvan una cava o una rubia. De regreso a casa se puede caminar, alquilar una bicicleta o movilizarse en tranvía, pues los taxistas —que manejan carros como Mercedes Benz— cobran más.

Los andaluces se jactan de su amabilidad. Sólo discriminan a quien cruza una avenida con el semáforo peatonal en rojo. El turista, por lo general, es muy bien recibido (en Madrid, por ejemplo, no tanto).

Uno comprueba que el concepto de libertad en esas latitudes es diferente al andar por las calles sin camiseta y una cerveza o tomar una siesta al frente del ayuntamiento sin si quiera ser juzgado por el rabillo de ningún ojo.

Por sus mujeres, por la amabilidad de los andaluces, la cercanía a las playas del mar Mediterráneo. Por eso Sevilla es una ciudad diez puntos.

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