26 Dec 2010 - 1:41 a. m.

La final de Sudáfrica 2010

El 11 de julio siempre será la fecha para conmemorar el día en que el fútbol habló en español y, como no siempre ocurre, premió al mejor.

Fabián M. Rozo Castiblanco / Redactor deportivo El Espectador

En un lugar de La Mancha cuyo nombre ninguno llamado español va a olvidar, nació otro caballero que no desafió molinos de viento, pero sí enfrentó gigantes naranjas que lucían intimidantes, los cuales terminarían sucumbiendo ante la inspiración que le proporcionaba la Dulcinea que le aguardaba en forma de Copa del Mundo.

Cual Don Quijote, Andrés Iniesta aquella noche gélida de Johannesburgo tuvo en Cesc Fábregas al Sancho que le asistió fielmente, desenvainó con valentía su talento y preparó de tal forma esa diestra letal, que dicho coraje resultó suficiente para batir al ejército holandés que se defendía hasta más no poder para apostarle todo al azar.

Ni la imaginación del propio Miguel de Cervantes Saavedra habría podido describir la gesta del de Fuentealbilla, el cual fue capaz, como el ‘Manco de Lepanto’, de hacer del español, el idioma universal del fútbol y con fecha y todo para conmemorarlo hasta la eternidad: el 11 de julio.

Iniesta fue más que héroe. Desde entonces se convirtió en otro manchego universal, aunque para serlo contó con un ejército comandado por Vicente del Bosque, quien acudió al principio básico de cualquier estrategia para vencer: no creerse el mejor, sino demostrarlo.

En sus filas sobraban nombres consagrados como los de Iker Casillas, Carles Puyol, Gerard Piqué, Xavi, David Villa o Fernando Torres, lo que hizo inevitable que el favoritismo le rodeara, acentuado por su conquista continental de la Euro 2008. Y de entrada pareció traicionarle la confianza con aquel revés inicial a manos de los suizos.

Ese inesperado tropiezo golpeó la moral de la tropa roja, pero terminó siendo el punto de inflexión necesario para cambiar el rumbo. Se perdería una batalla, mas no la guerra, y así se lo hizo sentir a hondureños, chilenos, portugueses, paraguayos y alemanes, que lucieron incapaces de frenar el ímpetu ibérico en Sudáfrica.

Pero para que el ya reconocido fútbol exquisito español no terminara convertido en simple anécdota mundialista, era necesario encadenar la sexta victoria en serie y en el último peldaño hacia la gloria asomaba una Holanda que desconocía hasta ese momento la derrota.

Y aquel último duelo era acogido por un Soccer City que cambió por un momento el ensordecedor ruido de las vuvuzelas para darle paso a la ovación que bordeó el llanto de los más de 80 mil asistentes, una vez en el gramado, que parecía alfombra verde para la ocasión, apareció el símbolo del perdón y la libertad de pensamiento que había dejado de ser sudafricano para convertirse en ícono de la paz mundial: Nelson Mandela.

El ex presidente se había ausentado de la ceremonia inaugural por la trágica muerte de su nieta un día antes del pitazo inicial, aunque durante un mes entero su espíritu de lucha se hizo presente en cualquier rincón del país más rico del continente negro.

Y en cierta forma, esas dos realidades se verían representadas en la disputa final, porque al fútbol opulento de los ibéricos le aparecía una seria resistencia por parte de los holandeses y los ceros que permanecían inmóviles en la pantalla gigante no dejaban mentir. La igualdad, esa que el líder africano había buscado durante años, se mantenía con el correr del reloj.

La espera se convertiría entonces en otra misteriosa invitada, así no les resultara nada indiferente a los contrincantes que habían aguardado durante años, en el caso de unos y décadas en el de los otros, para estar ante un momento tan sublime que podía durar 90 minutos, de pronto 120 y hasta más.

Se fue el tiempo reglamentario para darle paso al alargue, donde era cuestión de paciencia y hasta de especulación cuando, promediando el tiempo extra, los holandeses sufrían una baja que a esa altura resultaba sensible y sin su guerrero John Heitinga en la retaguardia no tuvieron opción distinta a la de aguantar hasta que la diosa fortuna llamada penales decidiera por los dos.

Los de Del Bosque, en cambio, desafiaban el cansancio e iban una y otra vez al frente. Total, si ya habían esperado 76 años, por qué no consumir los minutos que fuesen necesarios para imponerse. Serían 116 en total, hasta que aparecería aquel derechazo de Iniesta que más allá de histórico tomó rótulo de eterno.

Maarten Stekelenburg, cuyo apellido parecía impronunciable y debajo del arco lucía invencible, cayó tendido ante esa bola convertida en lanza que atravesó el arco y, de paso, todas las ilusiones naranjas que se quedaban nuevamente en eso.

El héroe en cambio, víctima de la emoción y el delirio, se despojó de inmediato de la armadura roja para lucir un mensaje escrito desde el alma y grabado en su pecho: ‘Dani Jarque, siempre con nosotros’. Vaya tributo para el amigo que en agosto de 2009 lo dejara solo en este mundo.

Pero el planeta se llenó de fútbol una vez el del Barcelona inscribió a España como la octava selección en el selecto y no menos honroso grupo de los campeones orbitales, aunque con un legado adicional: jugar bien y bonito, que antes parecía alcanzar sólo para reconocimientos morales, también resultaba causal de éxito.

Esta vez la frase cliché o que se pronunciaba por simple compromiso, cobró validez absoluta: ganó el mejor. Y si el destino eligió a un manchego para que lo transformara en júbilo, nadie más indicado para levantar el símbolo dorado del mismo que Casillas, el capitán que demostró que la franja no es un adorno sino la distinción al liderazgo, rendimiento y digna de aquel al que le sobra cabeza fría cuando los ánimos arden.

El arquero también dio una mano para que los ibéricos lograran cambiar, de una vez por todas, una historia de tropiezos y sinsabores que les perseguían desde 1934. Y es que hasta los números no se le resistieron a La Roja, que en su participación número 13 en mundiales, por fin se impuso. De ahí que el idioma castellano, al que rindió un homenaje Cervantes como los de Del Bosque al fútbol, tenga para la palabra campeón un nuevo sinónimo: España.

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