26 Dec 2010 - 1:53 a. m.

La ola verde

Nos convertimos en uno de los hechos más significativos de la política colombiana, no sólo en este año, sino para un futuro todavía más promisorio.

Lucho Garzón* / Especial para El Espectador

En enero me sentí  encima de  una cicla estática pedaleando y pedaleando, aumentando la presión por el esfuerzo y viendo que entre ese mes y el siguiente, a pesar de que aumentaban las frecuencias cardiacas, no nos movíamos del mismo sitio.

Nos ridiculizaban como los tres chiflados. Las encuestas nos colocaban siempre en márgenes de error, los entrevistadores nos miraban entre burlones y con consideración, los columnistas señalaban que tenía más corriente un aljibe que nosotros, y todo se concentraba en quienes encabezaban listas al Congreso y en los agarrones de padre y señor mío entre Noemí y el Dr. Arias, cuyo lenguaje y agresividad se asimilaba a una confrontación vía twitter entre José Obdulio Gaviria y Daniel Samper Ospina.

Mientras tanto nosotros hacíamos una campaña con la expectativa de alcanzar, entre los tres (Antanas Mockus, Enrique Peñalosa y el suscrito), 400 a 500 mil votos, sin importarnos quién era el ganador, promoviendo las virtudes de los tres y no la antropofagia y la descalificación que le es inherente a la política colombiana, reivindicando  los impactos urbanos, sociales y de cultura ciudadana que significaban trece años de gestión de los tres, destacando aquello de que éramos trillizos de úteros diferentes pero que éramos eso: trillizos.

Hicimos una campaña riéndonos de nosotros mismos y nos asociábamos a un Beethoven y su solemnidad, Elvis Presley y su vitalidad y Calle 13 con su irreverencia.

Tan no nos tomaron en serio que, luego de la consulta, los medios de comunicación y la Registraduría estaban más pendientes de quién había ganado en el conservatismo con un resultado poco halagador, y no del millón 800 mil votos, repito, un millón 800 mil votos, logrados por el Partido Verde, que nos colocaba como una verdadera alternativa ganadora para mayo 30. Es más: habíamos obtenido cuatro veces más de los votos del Polo y el doble  del Partido Liberal, en sus respectivas consultas.

Después empezamos el proceso de la montaña rusa; ya no éramos tres sino cuatro, por el extraordinario aporte que le hacía Sergio Fajardo como fórmula vicepresidencial, y la simbología del lápiz que, acompañado con la Constitución y la experiencia de gestión de los cuatro, logró colocarse en la cima de lo que Antanas en su momento denominó Legalidad Democrática.

Logramos implantar en la piel de los ciudadanos y las ciudadanas, no sólo en Colombia, sino en el mundo, lo que propendemos por la prosperidad de la gente, pero no a cualquier precio ni utilizando ningún tipo de atajo para lograrlo.

De la indiferencia de los medios de comunicación nos convertimos en la novedad y en la propuesta ganadora de la campaña. Cuando uno calza 40 no puede usar zapatos 32, y ni nuestra organización,  ni nuestras finanzas, daban para semejante oleaje verde

Menospreciamos el poder de la política tradicional, que se sintió afectada y cual revolcón empezó a organizarse. Empezaron los rumores con estrategas profesionales en el campo, en donde prácticamente convertían a Antanas en un Herodes porque supuestamente iba a acabar con los derechos de los niños y los más elementales accesos para su calidad de vida.  Lo convirtieron en el mejor aliado de Chávez y su proyecto, por decir solamente la décima parte de lo que hoy dice y hace el presidente Santos del mandatario vecino. Lo volvieron símbolo del ateísmo y no valió que monseñor Rubiano saliera a darle la bendición. Lo convirtieron en el riesgo más alto para la seguridad democrática, porque cuestionaba las chuzadas y los falsos positivos, y en objetivo de degradación del trabajo porque dijo en una entrevista lo mismo que ya había dicho Juan Manuel Santos sobre el salario de los médicos.

Y en la naturalidad, espontaneidad, y si se quiere ingenuidad, Antanas comenzó a declararse jefe del departamento de autogoles, y sin querer desconocer nuestros errores, que entre otras fueron el sectarismo, el creer que en las otras campañas estaban los deshonestos y en la nuestra estaban solamente los puros, en hacer de la red social un símbolo que aunque fue extraordinariamente exitoso en las principales ciudades, en el resto del país demostró que es ineficaz dado el atraso de penetración tecnológica, lo cierto es que terminamos asumiendo una actitud más a la defensiva, como si fuéramos responsables de no sé qué delitos, y perdimos la iniciativa para mostrar la solidez de nuestras propuestas.

Subíamos y bajábamos en las encuestas, lento en el ascenso, y a partir de la tercera semana de mayo, empezó la caída libre que cuan vértigo nos afectó tanto que no supimos reaccionar el 30 de mayo, y ahí con el primer veredicto nuestro desconcierto fue total, hasta el punto de costarnos reaccionar para enfrentar la segunda vuelta, mientras se producía el desfile hacia el candidato ganador, todos en lugar de  ver nuestra extraordinaria votación y las circunstancias con que lo logramos sin antecedentes en la historia colombiana, empezamos a hacerles eco a quienes buscaban responsables por doquier.

Ahí empezó la sensación del transatlántico que ahora  necesitábamos que no naufragara cual  Titanic, y todos así estuvimos en los momentos felices con el ascenso de esta ola verde que logró empoderar una significativa cifra de parlamentarios, una organización regional y un reconocimiento nacional e internacional. Y a fe que lo hemos conseguido, las aguas son más calmadas y el barco no naufragó, y hace con su pequeña bancada un extraordinario ejercicio propositivo, independiente y deliberante en el aspecto legislativo.

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