25 Jul 2017 - 7:39 p. m.

La timidez de los "Pies ligeros"

Esta es la historia de Brenda, quien forma parte de los 50.000 indígenas tarahumaras que habitan el norte de México. Una comunidad reconocida como los mejores corredores del planeta.

marcela díaz sandoval

Era una tarde de marzo, de esas en las que el sol de Chihuahua (México) amenaza con dejar secuelas en la piel, mientras la brisa helada augura un duotono notable. La subida y bajada de colinas en las Barrancas del Cobre nos había dejado exhaustos, débiles, con la respiración interrumpida, pero con la satisfacción de haber caminado tantos kilómetros para divisar un sistema de cañones cuatro veces más grande que el Gran Cañón de Colorado.

En una esquina estaba ella. Vestía un traje rojo y un chal de colores encendidos. Portaba unas artesanías en las manos. Tenía el cabello recogido y los pies descalzos. Con el ceño fruncido y una voz casi imperceptible dijo llamarse Brenda Griselda y tener siete años. Silenciosa y bastante esquiva decidió acompañarnos en el camino.

Brenda forma parte de los 50.000 indígenas tarahumaras que habitan el norte de México. Una comunidad reconocida como los mejores corredores del planeta. De hecho, su nombre traduce “Los de los pies ligeros”. Cuentan que son capaces de correr más de 270 kilómetros y hacer recorridos de cerca de 700 km en pocos días. Una habilidad con la que nacieron y que han ido fortaleciendo, gracias a que el terreno está lleno de colinas, desiertos y ríos que hacen difícil la utilización de animales de carga.

Los tarahumaras son delgados, de ojos oblicuos, pómulos pronunciados, cabello negro y piel morena y reseca por las temperaturas. Su estilo de vida se basa en valorar más a las personas que a las cosas. Tal vez es vivir alejados de la sociedad, lo que los hace un tanto escépticos. Sonríen, pero no mucho. Hablan con pena. “Sienten que cuando miran fijamente a las personas que no son de su comunidad los van a engañar”, explica Adrián Castellanos, guía turístico.

El mismo que recuerda que pocas culturas logran asemejarse a las prácticas que tienen. “Años atrás, la forma de parir de las mujeres consistía en poner una manta en el suelo o colgarse de un árbol”. Hoy, mientras los hombres se dedican a la caza y agricultura, ellas pasan sus días hilando mantas y haciendo artesanías que sus hijos tímidamente ofrecen a los turistas que no logran resistirse a esas miradas tímidas.

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