28 Oct 2010 - 5:13 p. m.

Los hamptons bajo la lluvia

 

El Espectador

Los Hamptons en verano son un puñado de lugares comunes congelados en una sola imagen. En ella aparecen modelos esculturales caminando por la playa, Ferraris corriendo a gran velocidad por las estrechas calles del pueblo, antiguos hippies convertidos en millonarios caminando en sandalias de cuero...

Pero esta tarde de agosto llueve. Es un domingo de verano y las calles que deberían estar colmadas de carros permanecen vacías porque se acerca una tormenta. Entonces la imagen turística con Ferraris y modelos en la playa se desdibuja, dando paso a una visión más auténtica de lo que significa este pacífico lugar fundado hace cerca de 300 años, en la esquina oriental de Long Island.

Los Hamptons en verano son pantalones color pastel, mocasines de cuero, yates, juegos de polo, anticuarios, galerías de arte, playas con un mar helado y restaurantes gourmet. Aquí se vive una atmósfera exquisita y bucólica: molinos de viento de madera que ya no se mueven, grandes mansiones con fachadas blancas y jardines desolados, pequeños cementerios en medio de vecindarios.

La auténtica imagen de los Hamptons es como un paisaje pintado con óleos en el siglo XVII. Desde la carretera se observa un paisaje heterogéneo, muy diferente a las monótonas autopistas que atraviesan los Estados Unidos. Al lado y lado conviven campos de golf con pequeños mercados de frutas y vegetales, grandes mansiones con extensos campos cultivados con maíz; clubes privados con venta de langostas y mariscos recién pescados. Los Hamptons nacieron y se mantienen como una de las más importantes despensas alimentarias de Nueva York.

Vida pausada

Los Hamptons están compuestos por veinticuatro pequeñas villas y pueblos situados en promedio a dos horas de camino de Nueva York (150 km). Bridgehampton, Southampton e East Hampton son las principales poblaciones, seguidas por pueblos como Sag Harbour, Shelter Island, Hampton Bays, Amagansett y Montauk, todos ubicados cerca del mar.

A los Hamptons se puede llegar de diversas maneras distintas al auto particular. Desde Manhattan parten trenes cada media hora, y el bus Hampton Jitney sale cada dos horas durante el verano. Ya en el lugar, la mejor -y quizás única manera de desplazarse sin vehículo- es a través de una bicicleta.

Es una imagen peculiar la que produce el contraste entre el mundo agrícola, con granjas y tractores al borde de la carretera y trabajadores con overoles y sombreros, frente a las suntuosas mansiones y cotizadas galerías de arte. Lo particular de esta postal es que ambos mundos no se contradicen sino que se complementan: el mundo agrícola y el de las vacaciones de los millonarios se fusionan en un solo paisaje.

El escritor Truman Capote, quien pasó largas temporadas escribiendo en los Hamptons, solía describir a los habitantes de la zona de la siguiente manera: "Los que allí veranean tratan de pasar desapercibidos, luciendo muy casuales -¡casi descuidados!- con sus bermudas y sus mocasines de cuero viejos, y sus camisetas desvaídas de tanto lavarlas".

Lo nuevo parece no tener cabida en los Hamptons. Ni el dinero nuevo, ni las construcciones nuevas son bien recibidos en este lugar. Un letrero a la llegada a East Hampton dice: "Para que nada cambie", en referencia a las estrictas leyes de conservación arquitectónica y paisajística que mantienen intactas las fachadas coloniales de piedra y madera, dentro del reconocido estilo Small Town americano.

Victoria Emerson Vanderbilt, heredera de una de las fortunas más tradicionales de Nueva York y miembro de una familia ligada a los Hamptons desde hace más de cien años, dice: "Hemos logrado, aunque ha sido muy difícil, mantener el espíritu original de los Hamptons, con su aire campestre y playero, y sus típicas calles muy ‘americanas', con antiguas construcciones de madera y su look colonial. El mayor peligro es sucumbir ante los intereses de inversionistas esnobs, que quieren hacer competir a los Hamptons dentro de una absurda carrera para definir cuál de ellos es el más caro y exclusivo". Enfrente de las playas desoladas de este domingo lluvioso se alcanzan a ver las nuevas mansiones de arquitectura esnob a las que se refiere la señora Vanderbilt, algunas de ellas valoradas en 50 millones de dólares.

Para acceder a las fiestas de clubes tradicionales como el Southampton Golf Club, se debe tener una propiedad en el lugar. Allí no pueden ingresar las personas que alquilan viviendas durante el verano. Los hoteles tampoco son comunes en los Hamptons debido a las estrictas reglas del condado, las cuales buscan mantener un reducido número de turistas en la zona. Por eso los principales hoteles son de pequeño formato y se encuentran en pueblos aledaños como Amagansett y Montauk. En este último se destaca el Gurney's Inn Resort&Spa.

Los asistentes a la misa en Queen of the Most Holy Rosary, de East Hampton, se saludan frente al jardín de la iglesia al finalizar la ceremonia. La terraza del restaurante Boathouse, en plena calle 39, empieza a ser ocupada a pesar de la incesante lluvia. Los dueños de las tiendas de ropa vintage sacan sus prendas y las galerías de arte empiezan a abrir sus puertas.

La gente camina sin prisa, a un paso antagónico al ritmo vertiginoso que impone la vida de los negocios en Manhattan. Así es el pausado ambiente que se respira en los Hamptons, donde el dinero antiguo veranea cada año en esta particular ‘riviera americana'.

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