1 Sep 2014 - 4:16 a. m.

Navegando en una postal

Fragmentada por canales, glaciares, montañas, llanuras e islas y esculpida por el hielo, esta tierra une dos océanos a través del mítico estrecho de Magallanes. Una travesía tras los pasos de Darwin.

Pilar Cuartas Rodríguez / Chile

Hace más de un centenar de años, Charles Darwin se embarcó a bordo del enigmático Beagle en el puerto de Plymouth. Durante casi media década, el científico surcó más de 40.000 millas y descubrió colecciones geológicas, botánicas y zoológicas. La Patagonia figuró entre sus escalas, que años más tarde desembocarían en la teoría de la evolución de las especies. Sobre el imponente estrecho de Magallanes, los expedicionarios marcaron la ruta de la que es hoy una de las atracciones turísticas más exclusivas del sur del continente.

Entre la bruma, las sombras grises y el viento, que golpea con furia la cara de los navegantes, siguen asomándose, como en ese entonces, colores, animales y montañas dignos de una postal. La travesía comienza en Punta Arenas, la principal ciudad de la Patagonia chilena, a la que constantemente llegan cruceros que se vislumbran desde el mirador central en el que cientos de enamorados han sellado su promesa de amor con un candado. Al mejor estilo de París, esta urbe tiene encadenadas historias de todas las nacionalidades. En lo alto también se observan los techos metálicos y coloridos de las casas, pintadas de forma llamativa para que cada marinero identificara la suya desde el agua.

Las ráfagas de viento, poderosas y excesivamente veloces, corren hasta a 100 kilómetros por hora. Una y otra vez el aire sopla con tanta fuerza que a veces incluso es necesario conectar las calles con cabuyas para la que la gente pueda caminar. Las avenidas están impregnadas de un estilo europeo rememorado en los edificios, los palacios y los museos construidos por los inmigrantes a finales de 1800.

Una noche basta para gozar de la tranquilidad de Punta Arenas. Al amanecer es hora de embarcarse en el crucero Stella Australis, una expedición que recoge los pasos de Darwin y quiebra el ruido tormentoso de la modernidad. La calma recorre los recovecos de las cabinas, el gimnasio, la cafetería, el restaurante y los salones con los que cuenta el barco. Es una pausa para olvidar y ajustarse a los tiempos del Sur.

Desde las habitaciones, todas con vista al mar, los tripulantes se enfrentan con una realidad distante de cualquier intermediación tecnológica. Se encuentran con la naturaleza en su estado más puro, una muestra de la voluntad latente por la conservación y la protección nacional con la que han logrado sobrevivir las joyas naturales de Chile.

Gracias a ella es posible apreciar, como si se tratara de una casualidad, el momento exacto en el que una masa de hielo milenaria se rompe, cae al agua y recorre kilómetros abriéndose paso entre valles y canales. Sin importar con qué frecuencia ocurra es uno de los espectáculos que le roba un suspiro al capitán del Stella, Jaime Iturra, el eterno enamorado de la belleza patagónica en la que aparecen simultáneamente el verde y el gris, la lluvia y la nieve, la luna y el sol.

Y el hielo se puede palpar. A bordo de botes zodiac, los pasajeros descienden hasta el fiordo Parry, un anfiteatro de glaciares en el que las paredes heladas se aferran a las montañas y las focas leopardo aparecen de vez en cuando.

De vuelta al crucero y después de una noche de descanso, la siguiente parada es Isla Magdalena, a la que llegan más de 70.000 parejas de pingüinos magallánicos para reproducirse, en medio de gaviotas australes, skuas, carancas y palomas antárticas. Los machos son los encargados de buscar el nido y decorarlo, así que arriban primero. El hogar debe estar a la altura de las hembras. Si no se encuentra bien decorado y organizado deciden irse a las alas de otra ave. Luego de que ellas llegan, cada pareja se dispone a procrear bajo el amparo del faro que se ubica en la cumbre de la isla.

Elefantes marinos, ballenas, delfines y guanacos (una especie de mamífero) también conviven en la Patagonia. El santuario de la naturaleza, el edén en el fin del mundo, donde el silencio es vital y la tierra, fragmentada por canales, glaciares, montañas, llanuras e islas, une dos océanos (Atlántico y Pacífico), a los pingüinos, a las parejas de enamorados y a los científicos.

 

pcuartas@elespectador.com

@pilar4as

* Invitación de Turismo Chile.

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