22 Aug 2012 - 12:03 a. m.

Nieves de sal en los Andes

A 3.650 metros sobre el nivel del mar está la versión boliviana del paraíso. Lagunas, nevados y flamencos forman el paisaje de uno de los altiplanos más ricos en recursos naturales.

Redacción Buen Viaje

Después de un vuelo de casi cuatro horas desde Bogotá hasta La Paz, y un viaje en bus de 11 horas por la carretera que une a la capital boliviana con la ciudad de Uyuni, en el departamento de Potosí, lo único que queda esperar es que la extenuante travesía sea bien recompensada. Y así es.

Al llegar al Salar de Uyuni, el paisaje del blanco mineral, como nieve perdiéndose entre las verdes montañas, es tan impactante que logra transmitir una sensación sublime, casi indescriptible. De esas que logran erizar la piel.

Al bajar del bus, en medio del frío de las cinco de la mañana, se acerca una señora de unos rasgos andinos inconfundibles. Ojos negros penetrantes, tez morena, mejillas tostadas por el sol, sombrero, falda de lana de color rosa y pelo gris trenzado.

Todos la conocen como doña Roberta. Es la embajadora del lugar, pues desde hace años se autodesignó responsable de recibir y llevar a los turistas que visitan el salar a tomar un desayuno típico que los reponga del largo viaje. Huevos, pan y el tradicional té de coca componen este menú regenerador.

Después de comer comienza oficialmente el itinerario. Una tropa de camionetas 4x4, las únicas que transitan por el salar, arranca desde la ciudad de Uyuni rumbo al cementerio de trenes, la primera atracción del lugar. Allí se encuentran los restos de la maquinaria y esqueletos de cientos de ferrocarriles usados a partir de 1890. Un letrero que dice: “Así es la vida”, marcado en uno de los trenes, recuerda a los asistentes que, aunque en su época fueron poderosas, las enormes máquinas ya pasaron al olvido.

En el horizonte se comienzan a asomar cientos de montículos que parecen de cristal blanco. Son montañas de sal levantadas por varios trabajadores que extraen el mineral de manera rudimentaria. Este panorama avisa de la llegada a la siguiente parada, la ciudad de Colchani, la cual se encuentra a orillas del salar, a 22 kilómetros de Uyuni.

Casas de adobe, artesanías de sal, infinitas extensiones de tierra que son el hogar de llamas y vicuñas, es lo que ofrece esta pequeña población que un día tuvo la gloria del reconocimiento gracias a las grandes cargas de sal que allí se producían. Hoy, después de su ocaso, es un remanso de paz que sirve a los turistas para recargar energías y así seguir con su recorrido.

A lo lejos, bajo el frío sol andino, un grupo de extranjeros juega tenis sobre las playas de sal. Su felicidad y diversión son tan contagiosas que es necesario detenerse para sacarles algunas imágenes.

El lugar es realmente impresionante. La mezcla de los nevados andinos con las lagunas, los flamencos y las llamas constituye un panorama único que cautiva y logra transmitir una tranquilidad hipnótica. El Salar de Uyuni tiene una profundidad de seis metros y un radio de 12 kilómetros. Es el resultado de la desecación de un mar que bañó este territorio hace 13.000 años, cubriendo todo el altiplano que llega hasta el lago Titikaka.

El mejor plan se puede realizar entre los meses de junio, julio y agosto, cuando el terreno está seco. Una buena opción para alojarse son los hostales de sal, y entre los programas más atractivos están los recorridos en bicicleta por el salar, las caminatas ecológicas y los ascensos en globo aerostático.

Los espejos del altiplano

La Colorada y la Verde son las lagunas que bañan el Salar de Uyuni y se convierten en el imán que atrae y mantiene vivo el árido ecosistema. La primera está en el oeste del departamento de Potosí y cuenta con una superficie de 60 kilómetros cuadrados. Es un lago en el que predominan los tonos rojizos, debidos a los sedimentos de zooplancton y fitoplancton. También es conocida como el Nido de los Andes, ya que alberga a más de 30.000 flamencos de tres especies diferentes que hacen sus nidos en las orillas . La Verde, por su parte, está en el extremo suroeste de Potosí, a los pies del volcán Licancabur. Sus aguas poseen un color extraordinario debido al alto contenido de magnesio que tienen las formaciones geológicas del área.

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