7 Dec 2011 - 10:00 p. m.

Nueva York, bajo el dorado otoño

Árboles pintados de rojo y amarillo, hojas secas sobre el piso y el sol en continuo ocaso forman paisajes que evocan una película romántica. Este escenario es la principal excusa de muchos para visitar en esta época la ciudad que nunca duerme.

Alejandra Vanegas Cabrera/ mvanegas@elespectador.com

Dicen que cualquier momento del año es perfecto para visitar la capital del mundo, pero mientras daba un paseo en bicicleta por el Central Park y el destello del so, cuyos rayos tenues alcanzan a calentar ligeramente el ambiente, iluminaba desde el sur las calles del parque, repletas de coloridos árboles que se deshojaban al suave toque de una simple brisa, recordé por qué había elegido esta estación para pasar mis vacaciones.

Nueva York en otoño es otra cosa, se transforma en el lugar perfecto para pasar momentos inolvidables, y aunque continúa siendo una ciudad ajetreada con un tráfico pesado, digno de una enorme metrópoli con miles de turistas y ejecutivos corriendo por las calles para llegar a tiempo a sus citas, el panorama del otoño y el inicio de las fiestas navideñas le otorgan un cierto aire de serenidad y romanticismo.

Caminar por sus calles en estos días significa comenzar a vivir la Navidad, pues al salir de la estación del metro de cada barrio es posible oír villancicos por doquier. Además, cada parque, tienda y restaurante comienza a llenarse de luces, soldaditos de plomo, figuras de Santa Claus, muñecos de nieve y bastones de regaliz. Todo está meticulosamente decorado y pensado para que los visitantes vivan de lleno un ambiente más festivo y alegre, ése que ha hecho de Nueva York una ciudad insigne de la Navidad.

En las aceras incluso se forman largas filas para tomarse una foto con el enorme árbol de Navidad del Rockefeller Center y su tradicional pista de patinaje, o con la gigante estrella de cristal Swarovski, que se han establecido como símbolos de la ciudad durante la temporada.

La oferta de planes en esta época también cambia. Aparte de los tradicionales programas culturales en los museos, galerías, bibliotecas, obras de teatro en Broadway, o las alternativas y más económicas en off-Broadway, los auditorios para conciertos como el Madison Square Garden o el Radio City Hall, las compras, deleitarse con la gastronomía mundial que ofrecen los restaurantes, es posible patinar sobre hielo en las pistas que se edifican en los principales parques, como el Bryant Park o el Central Park, donde hay por los menos tres.

Recorriendo una ciudad que no para

Un día no es suficiente para conocer por completo siquiera un distrito, o borough, como los llama el gobierno local, ya que cada uno guarda cientos de historias por contar y tiene cientos de programas que se pueden llevar a cabo. Para poder saborear la Gran Manzana es necesario hacer un plan diferente en los barrios, pues aunque la mayoría de sus atractivos se encuentran en Manhattan, este lugar es sólo una mínima parte de lo que abarca la cultura neoyorquina.

Cuando el sol brilla

En esta época el clima, cuando no llueve, se convierte en el cómplice perfecto para ir de paseo en barco hasta la Estatua de la Libertad y a Staten Island, uno de los distritos de la ciudad donde algunos de sus habitantes han encontrado el refugio perfecto para alejarse del ruido. Por esta razón es un fiel ejemplo de un suburbio colmado de grandes casas antiguas y cientos de niños jugando en medio de las calles.

Para llegar a estos destinos es posible tomar el ferry de Staten Island, que pasa muy cerca de la Estatua de la Libertad, por lo que se pueden hacer buenas fotos de ella. Sin embargo, muchos prefieren tomar un barco que va directo hasta la figura de la gran dama y permanecer unas horas allí, mientras oyen la historia de la imagen de cobre. Las dos veces que he estado en la ciudad he optado por el ferry, pues estar en la estación donde embarca la nave con los habitantes de la isla me hace sentir parte de su mundo.

Otro lugar ideal para conocer un poco sobre uno de los más antiguos y representativos barrios de la capital del mundo, Brooklyn, son las playas de Coney Island, donde está el antiguo parque de diversiones Dreamland, construido entre 1904 y 1911. Al pasear por los muelles de madera con los monumentales edificios de fondo se reviven aquellos tiempos cuando, durante la guerra civil, era un balneario frecuentado por políticos y comerciantes pudientes, quienes viajaban más de 30 kilómetros desde el centro de Nueva York para divertirse.

Y si de enterarse de la idiosincrasia afroamericana e hispana neoyorquina se trata, lo ideal es ir a Harlem, un barrio ubicado al norte de Manhattan, del que muchos hablan pero al que pocos se atreven a visitar, ya que en algún tiempo era conocida como una zona peligrosa. Sin embargo, desde hace unos años ha experimentado una importante transformación convirtiéndose, por sus calles con nombres de artistas latinos como Tito Puentes, en una atracción para los turistas.

Aunque los días de otoño son soleados, muchas veces se desatan fuertes tempestades que ahuyentan a los turistas de las calles. Mientras pasa la tormenta el mejor plan es visitar los museos. Uno de mis preferidos, por la variedad de obras y por el montaje de cada uno de sus salones, es el Metropolitano, que abrió sus puertas en 1876 y cuenta con una amplia colección de las culturas romana, griega, francesa, española, estadounidense, egipcia y latinoamericana, entre otras. Pasar por cada uno de estos salones significa resucitar y formar parte de la historia mundial casi desde los orígenes del mundo.

Para despedirme de la ciudad el plan que elegí fue, sin duda, el mejor. Se trató del recorrido del Central Park. Ya sea en bicicleta, en carroza o simplemente caminando, en esta época el parque es simplemente maravilloso, sus paisajes son tan estupendos que parecen el set de grabación de una película romántica.

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