19 May 2010 - 4:37 a. m.

París, para disfrutar en compañía

La capital francesa vista desde Saint Germain.

Élber Gutiérrez Roa / París

El Boulevard Saint Germain fue hecho para caminarlo en compañía. No es el mismo de hace un siglo, cuando los intelectuales de derecha frecuentaban aquellas calles, y su ambiente dista mucho del de los años 30, cuando los grandes pensadores y hombres de arte que vivían en París comenzaron a desacostumbrase de Montmartre y Montparnasse, y trasladaron sus tertulias hacia esa zona de la capital francesa. Es distinto, sí, pero se las ha arreglado para vivir sin melancolía.

Su entorno arquitectónico permanece intacto, aunque con algunas variantes, especialmente en los primeros pisos de las edificaciones, cada vez más destinadas a promocionar entre claroscuros de luces modernas y bombillos ahorradores de energía las novedades de temporada de los grandes diseñadores. Los zapatos de 800 euros el par se asoman por cualquiera de ellas, a la espera de compradores salidos de las escalinatas del metro, ese sótano de la capital en donde tienen respuesta aquellos que se preguntan en dónde andarán los once millones de personas que tiene la región parisina.

Arriba, en la calle, el ambiente es más calmado y ni siquiera el paso de los estudiantes que se dirigen a la prestigiosa Sciences Po rompe con la tranquilidad de la zona. Ubicado en Saint-Germain-des-Prés, el sexto distrito de la ciudad, el boulevard tiene un café brasserie en cada esquina, pero ninguno como el del número 172, el Café de Flore. Es el mismo del “Grupo de Octubre” de Jacques Prévet. El de Picasso, el de los hermanos Giacometti, el de la mesa fija para Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y el movimiento existencialista.

Como gran parte de la ciudad, Saint Germain no fue muy afectada con la Segunda Guerra Mundial y el famoso café da testimonio de ello. Se ve pequeño, eso sí, para tanta historia, fácilmente rememorada por algún contertulio, aparentemente solitario, que visita la ciudad en compañía de los personajes de las obras allí inspiradas. Ernest Hemingway, Truman Capote y Lawrence Durrell lo tuvieron entre sus predilectos y hasta Jim Morrison, en los años 70, fue uno de sus clientes especiales.

Es fácil cenar allí por 30 o 40 euros y encontrarse con fantásticas historias de cantantes de ópera o ver desfilar a figuras políticas de alguna parte del mundo que vinieron a dar a la margen izquierda del río Sena huyendo de crisis políticas, buscando nuevos aires académicos o sencillamente tras deseos de riqueza. En la zona una noche de hotel puede costar 400 euros.

Por las noches el ambiente cambia y aparecen los jóvenes en busca de diversión, franja para la que hay una amplia oferta en la ciudad. Los distritos o “arrondissements” de París no tienen nombres, solo números, y están distribuidos en forma de caracol. El 1, es histórico-turístico. ¡Toda la ciudad es histórica y turística! El 2 ofrece un aire popular-nocturno, el 3 es más bohemio…

Hay museos para todos los gustos. Desde el siempre sorprendente Louvre (que tantas obras de cine inspira por esta época) hasta l’Orangerie, en el Parque des Tuileries, con sus pinturas impresionistas, famoso por “Les nympheas”, las cuatro enormes obras de Claude Monet. También los hay sobre actores, escritores, pintores, arte moderno y etnografía. Entre este último grupo está el de Quai Branly, uno de los más recientes, inaugurado en julio de 2006 como museo de primeras artes o Museo de Artes y Civilizaciones de África, Asia, Oceanía y las Américas. Es una impresionante estructura ubicada en el muelle Branly, muy cerca de la torre Eiffel. A decir verdad, su exposición sobre la cultura amerindia no es muy variada y se reduce, especialmente, a pequeñas colecciones sobre América Central y del Norte, pero la estrategia de promoción de donaciones ha dado muy buenos resultados en cuanto a la recolección de material de las ex colonias francesas en otros continentes. Tiene cerca de 300 mil objetos y exposiciones constantes con material en varios idiomas.


Es otro mundo dentro de ese enorme mundo que es París. Ya fuera del museo, lo mejor es seguir caminando, siempre en buena compañía para descubrir la ciudad. Recorrerla con los personajes del Síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa. O descubrir en ella los recorridos de Horacio Oliveira buscando a la Maga, de Rayuela, desde rue des Lombards hasta el Pont Saint Michel y el Pont au Change. Buscar, como escribió Julio Cortázar en la misma obra, las Hamburguers en el Carefour de l’Odeon, o tal vez pararse como los turistas de hoy, en algún lugar de los Campos Elíseos para buscar la Crepe de Nutella de cinco euros. París, como Saint Germain, es mejor cuando se recorre en compañía.

Favorita de los colombianos

Según cifras del gobierno francés, la segunda mayor colonia de estudiantes de América Latina en ese país es de colombianos. Más de 2.400 cursan doctorados y maestrías en universidades públicas y privadas, y gozan de gran reputación por su rendimiento académico. Entre sus destinos favoritos está París, que ofrece tanto posibilidades de programas como de costos. Desde maestrías de 25 mil euros en Sciences Po, hasta programas de posgrados por menos de 1.000 euros. Todo es posible en esta capital, que es cada vez más un centro de intercambio de conocimiento entre culturas.

Para mayores informes sobre las posibilidades de estudio en Francia, ingrese al sitio web de la embajada en Colombia: www.ambafrance-co.

Una ciudad de contrastes

Los primeros conjuntos arquitectónicos de París fueron levantados a finales del siglo XVI por Enrique IV, pero durante el segundo imperio de Napoleón III la ciudad tomó su fisonomía actual y se convirtió en la más moderna de la época, gracias a las obras del Barón Haussmann.

Para la Exposición Universal de 1889 fue inaugurada la Torre del ingeniero Gustav Eiffel, fuertemente criticada en la época y hoy símbolo del país.

Similar discusión existe ahora en torno al moderno edificio de Montparnasse, en el que se encuentran las Galerías Lafayette. Su tamaño y estilo rompen con la armonía de las construcciones características de la urbe, por eso los parisinos lo declararon el más feo de la ciudad.

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