11 Dec 2013 - 3:41 a. m.

Por la tierra del ají

En límites con Panamá, al norte del Chocó, se esconde la selva del Darién, ideal para disfrutar del ecoturismo. Sus playas y paisajes son un baluarte del Caribe.

Redacción Buen Viaje

Donde no parece haber más que islotes y playas vírgenes se asoma de repente un caserío de tejados coloridos. Los tripulantes de la lancha ven a lo lejos a un grupo de personas que se agolpa en el muelle de madera. Los están esperando. Algunos de los que aguardan son sus familiares, otros buscan turistas para que se alojen en sus hoteles o cabañas.

En todo caso, la embarcación que recorrió durante casi tres horas el golfo de Urabá reduce la velocidad y se aproxima al pequeño puerto de Capurganá, en el Chocó, un paraíso recóndito cuyas selvas húmedas limitan con Panamá. El motor se apaga. Los chalecos salvavidas quedan sobre las sillas y se extienden algunas manos para ayudar a descender a los viajeros. Después de una exhaustiva requisa a los equipajes que no se salvan del golpe de las olas, visitantes y oriundos reciben fraternales saludos de bienvenida.

Por el mismo procedimiento pasan quienes arriban al aeropuerto Narcisa Navas en pequeños aeroplanos. Otro motor se apaga. Todos, finalmente, toman caminos empedrados, rodeados por palmeras, bosques salvajes que cubren una extensión de 1.559 hectáreas y balcones asimétricos. Un paisaje envuelto por un mar multicolor, por aguas de ritmo pausado que parecen no haber sido tocadas jamás por la mano del hombre.

Capurganá es un corregimiento del municipio de Acandí, en las selvas del Darién. Allí no hay carreteras, no hay vehículos. La población, de más de 1.500 personas, vive en comunión con la agricultura, la pesca y el turismo.

Es un lugar apartado de las grandes metrópolis, pero he ahí parte de su encanto. Sus visitantes aseguran que esa característica permite que los litorales no permanezcan colmados de bañistas. “Aquí solo se respira tranquilidad”, cuenta uno de ellos. Incluso se ha convertido en un refugio permanente de antioqueños, cordobeses y chocoanos.

Es el caso de Nury, una paisa que decidió dejar su empresa, una vida llena de lo que llama apariencias, para materializar el sueño de su vida: construir su casa frente al mar. “Yo andaba maquilladísima y muy arreglada. Un día me cansé de eso y con mi esposo rehicimos nuestra vida acá”, relata. Ella montó un spa al aire libre, a la sombra de los cocoteros. Al frente solo se escucha el sucesivo golpe del oleaje contra los acantilados.

Los indígenas Kuna que habitaron la zona hasta la primera década del siglo XX la bautizaron Capurganá, que en su lengua significa tierra de ají. Desde entonces, y pese a la colonización e hibridación de las culturas, el corregimiento se expandió a paso lento.

El poco número de pobladores y la ubicación estratégica de la selva fueron particularidades aprovechadas por el narcotráfico a partir de la década de los 80, según recuerdan sus pobladores. De hecho, actualmente uno de los atractivos turísticos consiste en visitar los vestigios de la mafia: aquellos puntos en las profundidades del mar en donde las autoridades han abatido lanchas rápidas y aeronaves que intentaron salir del país cargadas de droga.

Los visitantes pueden observar el museo submarino acompañados por guías que promueven el buceo recreativo. Este es tan solo un atractivo al que se suma la Piscina de los dioses, Sapzurro, la Cascada del cielo, la Isla de los pájaros y las playas del aguacate, lugares que revelan la selva del Darién como un paraíso para el regocijo y el descanso. Un universo que emerge entre la bahía y la frondosidad del bosque.

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