5 Feb 2014 - 3:00 a. m.

Preservados para la eternidad

Los cuerpos de decenas de habitantes de este municipio sufrieron un misterioso proceso de momificación natural que sólo se ve en nueve lugares del mundo. Recorrido por un inédito patrimonio cultural.

Jahel Mahecha Castro

La imagen de la Virgen María da la bienvenida a San Bernardo, un pueblo atípico de Cundinamarca, a dos horas y media de Bogotá. La gente que camina rumbo a la plaza principal se detiene para ver cómo la niebla cubre una gigantesca cruz que corona el campanario. No hay murmullos, música, ni ruido alguno. Todo se llena de un silencio profundo. En lo alto se observa un manto verde que dibuja un paisaje melancólico, misterioso.

Sus tierras, unas de las más fértiles del departamento, están bañadas por las aguas del río Negro y la quebrada La Chorrera. Lagunas, cuencas y el imponente Parque Nacional del Sumapaz son algunos de los tesoros más preciados de la región a la que acuden turistas locales y extranjeros, especialmente en el mes de julio, para aprovechar sus ferias y fiestas.

Conocer la riqueza natural de este paraje implica recorrer el salto del Chirihuaco, visitar la piedra del Sol para descifrar los símbolos de comunidades ancestrales y viajar durante horas por los senderos de la cordillera central hasta llegar al mirador de Portones.

Fuera de esta oferta verde, un fenómeno que sólo se ve en dos lugares del continente, se ha convertido en el principal atractivo de San Bernardo y en un patrimonio que sus pobladores cuidan y valoran de generación en generación, aun cuando para algunos parezca aterrador. En el interior del panteón José Arquímedes Castro, osarios y mausoleos dejan al descubierto un museo de momias naturales, los restos intactos de habitantes de la zona que se resisten a desaparecer.

Un recinto claro, amplio, de techos altos, es la morada de 16 cuerpos perfectamente conservados que se pueden apreciar en sus urnas de cristal. Mujeres, hombres y hasta momias de bebés hacen parte de la exhibición. Cuentan los pobladores que en 1965, seis años después de construido el panteón, se halló la primera momia, y hasta hoy un sinnúmero de cadáveres presenta esta misma condición. Al acercarse es posible ver en detalle sus párpados, nariz, mejillas, dientes y orejas. En las manos, que en algunos permanecen juntas, se aprecian la finura de los dedos, las uñas, incluso el relieve marcado de las venas. Sus ropas desgastadas por los años y la humedad son testigos de la historia después de la muerte.

Aunque no existe un estudio científico que explique esta condición, los san bernardinos atribuyen el fenómeno a las propiedades de conservación del suelo, a la cal con la que construyeron las bóvedas, al medio ambiente y al consumo de productos locales como la guatila y el balú. El museo, que no sólo ha llamado la atención de turistas sino de antropólogos, forenses e historiadores de distintas partes del mundo, consigna en sus paredes las historias de vida de algunas de las momias, que aún son visitadas por sus familiares. Este es el caso de Laureano Acosta, un reconocido arriero que falleció en 1981 y hasta hoy sigue recibiendo flores y oraciones de sus hijos.

El sepulturero de San Bernardo conoce de memoria cada una de las tumbas del panteón. En su bolsillo izquierdo guarda un cuaderno con los datos de los difuntos, desde el más antiguo hasta el más reciente. Juan Carlos Velandia recuerda que en su primer día de trabajo exhumó el cadáver de una joven que tenía el 50% de su cuerpo momificado. No sintió temor alguno, sólo rezó para que su alma estuviera en paz. “De los tres años que llevo aquí he encontrado más de 60 momias. De ellas, sólo una familia permitió que el cuerpo fuera exhibido. Cuando lo paso a la urna, tomo una brocha fina para retirarle el polvo. Lo limpio con cuidado, con buenos ojos. Me gusta mi trabajo porque puedo hacerle ver a la gente que aquí se trata con respeto a sus seres queridos”, explica este hombre oriundo de Arbeláez (Cundinamarca).

Mientras limpia uno a uno los osarios cuenta que si el día no le alcanza se queda en la noche para terminar su trabajo. Dice que a lo único que le teme en la vida es a perder su empleo. También explica que el cementerio, más que un remanso de paz, es un lugar de encuentro, de historias. Por ahora se prepara para abrir en unos cuantos meses las tumbas de su cuñado y de su suegro, que cumplen cuatro años de haber partido. “Va a ser un momento muy duro, pero estoy preparado. Sería una belleza encontrar que sus cuerpos están en perfecto estado. Así mi familia y yo, como tantos en este pueblo, tendremos el privilegio que pocos tiene en el mundo, y es que podremos volverlos a ver para siempre”.

 

 

jmahecha@elespectador.com

@jahelmahecha

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