29 Aug 2013 - 11:11 a. m.

San Francisco a pie

En sus calles se respira el espíritu de libertad que caracteriza a California y se disfruta de los almacenes y la buena comida.

Mariana Suárez Rueda

No importa si es verano, en San Francisco el viento siempre será helado. El destellante sol de las mañanas y los hombres trotando sin camisa por el muelle pueden despistar a quienes visitan por primera vez este lugar, pero la realidad es que sin un saco abrigado y medias resulta difícil disfrutar de una ciudad que sacude con sus contrastes, enamora con su arquitectura y descresta con su sistema de transporte.

Cuando se tiene el tiempo para caminarla despacio, perderse en los sitios de interés y las aceras que colindan con los refugios que al caer la tarde reciben a quienes viven en las calles, resulta imposible no sentirse extraño.

La imagen de hombres y mujeres en harapos hablando muchas veces solos, desvariando y terminándose un cacho de marihuana riñe con el imaginario capitalista de las ciudades estadounidenses y se acerca más a la realidad de nuestras urbes latinoamericanas, sólo que muchas veces el motivo por el que allí se llenan las calles de indigencia no es precisamente la pobreza.

Aunque San Francisco ha perdido varias veces su fortuna por cuenta de la fiebre del oro, de los terremotos, de los incendios y hasta de la caída de internet, jamás vio esfumarse el espíritu libertario que la ha hecho tan popular en el resto del mundo. A lo largo de sus 11,2 km² la gente vive como desea. No es extraño toparse con una protesta de personas desnudas, ni ver paredes con murales y grafitis o parejas homosexuales paseando en coche a sus hijos.

Las colinas de casas de tres y cuatro pisos de estilo victoriano le imprimen un toque encantador. Son el sello de una ciudad que se enorgullece de su multiculturalidad. De hecho, el barrio chino es el más grande de los Estados Unidos. Son 40 callejones y 22 manzanas adornadas con faroles de colores y repletas de típicas tiendas y restaurantes. En los años 30 los comerciantes lucharon por acabar con los burdeles y los fumaderos de opio, y finalmente consiguieron darle el aspecto colorido del que goza hoy.

El barrio chino queda justo arriba de Union Square, una plaza rodeada de almacenes en la que durante el verano se exhiben obras de arte, y muy cerca al distrito financiero, una zona de altos edificios que colinda con Fisherman’s Wharf, el popular vecindario junto a la bahía que alberga el famoso Pier 39. Recorrer el muelle y disfrutar de la brisa, de los graznidos de las gaviotas, el rechinar de los barcos y el olor a pescado vale la pena. Al igual que contemplar la vista hacia Alcatraz y el Golden Gate.

Este extraordinario puente colgante, que deja sin aliento con su tamaño y perfección, fue construido entre 1933 y 1937, debido a que el tráfico se multiplicó y el sistema de ferris era insuficiente. Aunque no es el más grande de San Francisco, fue la mayor obra de ingeniería de la época. Son seis carriles, tres en cada dirección, con un espacio adicional en los costados para bicicletas y peatones.

Al otro lado se encuentra la pequeña y agraciada Sausalito. Una ciudad de veleros, casas de colores y coquetos almacenes sobre la vía principal. Un lugar para disfrutar de la comida de mar y dejarse contagiar por el ambiente distendido de California. Un refugio para quienes simplemente anhelan descansar.

Viajar hasta California y detenerse únicamente en San Francisco no vale mucho la pena. Son casi diez horas de vuelo, sin contar el tiempo de las escalas, pues no hay trayectos directos desde Colombia, y son muchas las ciudades, playas y atractivos para conocer. Los Ángeles, Las Vegas, los viñedos, Malibú, Monterey, Santa Mónica, Carmel, el Parque Nacional de las Secuoyas (los árboles más grandes y longevos del mundo)... Así que la sugerencia es destinar mínimo cuatro días a la ciudad del Golden Gate.

Como el tiempo no será suficiente para verla en su totalidad, hay que priorizar los imperdibles. Y dentro de la lista, además de los sitios mencionados, tiene que estar el Parque Golden Gate. Son 5 km de largo con extraordinarias zonas como el jardín de las fragancias (diseñado especialmente para el disfrute de los invidentes), los bosques de helechos gigantes, el jardín japonés, decorado con bonsáis y pagodas, y el de Shakespeare, con más de 200 flores citadas en sus obras.

También están Russian y Nob Hills, típicas colinas con restaurantes y viviendas, que se pueden recorrer en tranvía y que ofrecen una de las mejores panorámicas del Golden Gate. Y Misión Dolores, el edificio más antiguo de la ciudad, en medio de un barrio de artistas, de tiendas vintage, bares y restaurantes en donde se dice que nacieron varios movimientos underground.

A veces algo caótica, irreverente, auténtica, San Francisco destella creatividad e ingenio. Con su helada niebla que baja sorpresivamente de las colinas y lo cubre todo, puede resultar no muy grata, aunque para muchos romántica. Lo cierto es que caminarla es descubrir una faceta distinta de la cultura estadounidense.

msuarez@elespectador.com

@MarySua

Comparte: