26 Dec 2010 - 1:57 a. m.

Secuestrado 12 años y fui liberado en la 'operación camaleón'

Aparte de la muerte de alias ‘el mono jojoy’, el rescate de un general, dos coroneles y un sargento secuestrados fue uno de los grandes golpes a la guerrilla de las Farc en 2010.

Enrique Murillo * / Especial para El Espectador

Yo estaba entre la extrema humedad de la selva del Guaviare, entre los árboles tupidos y el sonido del correr del río Inírida, cuando uno de los perros de los guerrilleros comenzó a ladrar. No paraba de ladrar, creo que alcanzó a oler a los uniformados del Ejército. Allí estaba cuando comenzaron los disparos. El miedo me llevó al suelo. A ellos no sé a dónde los habrá llevado. Sólo sé que a aquellos supuestos valientes, a los guerrilleros de las Farc, el miedo los sacó corriendo en diferentes direcciones, huyeron dejando atrás a sus presas, a nosotros, los que por doce años estuvimos esperando la tan anhelada libertad.

Era apenas mediodía del 13 de junio. Mi general Luis Herlindo Mendieta, el hombre con el que compartí los 11 años, 7 meses y 13 días en cautiverio, cumplía 53 años de edad. Por esto, el guerrillero que nos resguardaba, Juan Duque Nieto, alias Chucho Díaz, nos trajo una comida especial, un banquete en medio de la selva: un hueso de saíno. Las cadenas que nos envolvían no estaban atadas a ningún árbol porque nos esposaban por doce horas, de seis de la noche a seis de la mañana. Terminado el almuerzo y en medio del relevo de guardias, empezaron 35 minutos de sonidos de balas y granadas.

Entre el miedo y la incertidumbre, entre las ganas de morir o de encontrarme de nuevo con la libertad, esta vez eterna, me arrastré por el piso hasta una quebrada que ya conocía —donde días atrás se me había caído una olla que estaba lavando y que busqué hasta el cansancio—. Allí permanecí hasta que cesaron los disparos. Asomaba mi cabeza cada cuarenta segundos para respirar y en una de esas vislumbré un hombre que pensaba era guerrillero. Me hundí de nuevo, la volví a asomar, ahora había dos hombres. Me percaté de que eran del Ejército y salí del agua más calmado.

—Soy un secuestrado —les grité—. Miren mis cadenas, soy el coronel Enrique Murillo. Me capturaron en la toma de Mitú en 1998.

—Quédese quieto, me contestaban. No se mueva por ningún motivo.

—Denme un fusil y vamos tras los guerrilleros —les dije.

Se quedaron varios minutos mirándome, reconociéndome entre una luz que escaseaba (la selva es así, oscura). Luego llegaron más uniformados, los escuché decir que estábamos en libertad, que nos habían rescatado, que éramos parte de la ‘Operación Camaleón’. Vi a mi general Mendieta, al coronel William Donato y al sargento Arbey Delgado, sonreí aliviado. Nos montaron en un helicóptero que llegó al aeropuerto militar de San José del Guaviare. Allá me recibió mi mejor amigo, casi mi hermano, el coronel Fernando Murillo. Una cara familiar después de tantos años, una que dejé a los 29 años y que ahora me estaba viendo como un hombre de 41. Quizás el mundo para mí se detuvo en el momento en que me secuestraron. Sin embargo, aquel mundo siguió reinventándose.

Fueron casi doce años de cautiverio. Y sí, estuve en la tan aclamada y exitosa ‘Operación Camaleón’, pero también estuve cuando separaron al intendente Luis Peña Bonilla del grupo por una supuesta locura que debía ser tratada; y estuve cuando rescataron a Íngrid Betancourt y quise, por un momento, pertenecer al grupo que habían liberado; y estuve cuando un guerrillero cansado nos propuso escapar a cambio de un trabajo en la capital; y estuve pensando cada noche, de forma obsesiva en cómo escapar, en qué estaba haciendo mi familia, en mi hijo —que no conocí hasta el rescate—. ¿Me estaba esperando?

Fue a la primera persona que abracé una vez aterrizamos en Catam, después de un largo día que debimos permanecer en San José del Guaviare por mal clima. Jamás me había sentido tan pleno, con ánimos de tomarlo todo y aceptarlo todo. Me aferré a él, al resto de mi familia, a mi mamá, a mi sobrina, a mi hermana, al mundo que me esperaba y que se había transformado tanto. Ahora todos portaban celulares, usaban computadores y se mantenían conectados por las llamadas redes sociales que hasta ahora estoy aprendiendo a utilizar. Ahora estoy comenzando de nuevo. Me reintegré a la Policía y estoy tomando cursos de actualización.

Sé que alguien tenía que estar en Mitú ese primero de noviembre de 1998. Alguien tenía que estar combatiendo a la guerrilla, protegiendo a los civiles, peleando por la patria. Hubo muchos desaparecidos, muchos muertos y muchos secuestrados ese día. Gracias a Dios y citando al célebre escritor Gabriel García Márquez, pude vivir para contarlo.

 * Coronel de la Policía Nacional.
 

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