25 Nov 2015 - 3:51 a. m.

Shikoku Henro, ruta espiritual

Templos milenarios y extraordinarios paisajes forman parte de esta peregrinación que hace tiempo dejó de ser exclusiva de los budistas y hoy es emprendida por viajeros de todo el mundo.

Redacción Buen Viaje

Durante cientos de años las rutas de peregrinación han sido los caminos elegidos por los religiosos del mundo, principalmente los católicos, para visitar monumentos importantes, reflexionar, pedir favores y hasta pagar penitencias. Sin embargo, son cada vez más los viajeros que también las recorren por sus atractivos arquitectónicos y naturales, por la posibilidad de ponerse en forma o por ese encanto indescifrable que hay en llevar, durante unos días, un estilo de vida sencillo y aventurero. Y entonces aparecen travesías como el Camino de St. Cuthbert, en el Reino Unido; la del Monte Athos, en Grecia, y el Camino de Santiago, una de las más famosas y antiguas. Pero no son las únicas.

Shikoku es la más pequeña de las cuatro islas principales de Japón, cerca de las ciudades de Osaka y Kyoto y a una hora en avión de la capital, Tokio. Además de sus deliciosos platillos típicos, increíbles paisajes y coloridos festivales de verano, como el Awa Dori y el Yosakoi que atraen millones de viajeros al año, es hogar del camino Shikoku Henro, con más de 1.200 años de historia e igual número de kilómetros por recorrer.

Se trata de una ruta de peregrinación que con su forma circular -una de las pocas en el mundo- permite visitar 88 templos y otros lugares sagrados de la región. Cuenta la historia que en esos recintos fue que Kobo Danshi, uno de los monjes más importantes del budismo japonés, entrenó y estudió hacia el año 815. Por ello el Henro está asociado con la reflexión y los esfuerzos encaminados a ser una mejor persona, un objetivo alrededor del cual se han tejido tradiciones como la de realizar el recorrido usando los sombreros cónicos característicos de esta región, llamados nón lá, llevar un báculo con campanillas, irse vestido completamente de blanco y cargar un kongo-zue, bastón de madera que representa el cuerpo del fundador del camino, que nunca debe tocar el suelo y hay que lavarlo al final de cada día.

Estas costumbres, por supuesto, no son reglas obligatorias, pues cada uno vive este viaje espiritual de una manera distinta. Lo cierto es que durante la travesía, que puede extenderse hasta 50 días si se hace toda caminando, se pasa por las cuatro prefecturas que conforman la isla de Shikoku, comenzando por Tokushima.

El punto de partida es Ryozen-ji,un templo de dos pisos hecho en madera con techos de teja negra adornados con grabados a mano, ubicado en la ciudad de Naruto. Desde allí el camino se hace en el sentido de las manecillas del reloj e incluye diez ciudades hasta llegar a la siguiente provincia, Kochi, donde son 15 los lugares sagrados que hay que tachar de la lista hasta llegar a Matsuyama, la capital y cuarta urbe del recorrido por Ehime, la tercera de las prefecturas.

Allí vale la pena detenerse para descansar en Dogo Onsen. Aunque su aspecto se asemeja más al de un castillo, en realidad es una casa de baño, reconocida porque con sus 120 años es una de las más antiguas termales naturales del país del Sol Naciente, sin duda el lugar perfecto para recargar energías, pues sólo serán 12 templos más hasta la prefectura de Tokushima, en donde hay una parada antes de la última etapa en Kagawa, que consta de ocho ciudades previas al arribo a Sanuki, hogar del Okubo-ji, el último y más famoso de los templos por sus grabados decorativos, bellas campanas y, especialmente, por ser el recinto en el que los viajeros dejan sus Kongo-zue para simbolizar el final del trayecto.

Vale la pena aclarar que son muchos los que inician la aventura en templos diferentes y también hay quienes prefieren realizar este trayecto en carro o en bus, por cuestiones de tiempo. Pero al final, todos los peregrinos podrán disfrutar, de una u otra manera, de los paisajes que dibujan los campos de arroz, los remolinos de agua de Naruto, unos de los más grandes del mundo; el Valle de Iya, conocido como uno de los tres lugares más remotos de Japón, o el Shimanto, llamado el último río cristalino del país. Todo esto sin contar con los increíbles atractivos culturales y arquitectónicos que esconde cada templo, elementos que contribuyen a alimentar el espíritu.

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