5 Jun 2012 - 10:51 p. m.

Un paso al otro mundo

Los mayas veían a los cenotes como una vía al mundo de los muertos. Quienes los visitan hoy se sienten rumbo al paraíso.

Sebastián Jiménez Herrera / Playa del Carmen, México

Los rayos del sol, cada vez más tenues, despiden al visitante. Atrás quedó la selva con sus jaguares y sus flores de miles de colores; atrás el quetzal, el ave sagrada. Como apariciones, emergen ante los ojos las venas de la península de Yucatán. No hace falta el aviso. Río Secreto: una puerta al otro mundo. Los mayas creían que cenotes como este comunicaban a los vivos con los muertos. Por algo lo harían.

No obstante, no hay aquí fantasmas o demonios, torturados u olvidados. El inframundo no es como Dante lo imaginó. En cambio, conforme se desciende por las entrañas de la tierra, la sensación se hace inconfundible: allí la paz reina. El silencio, las estalagmitas y estalactitas —construcciones sólo atribuibles a seres superiores—, el agua fría, cristalina, pura, la oscuridad. Parecería un cliché, un eslogan, pero el que entra a Río Secreto no sale igual.

Es tal la conservación del lugar que para entrar a él hay que bañarse varias veces con el fin de quitarse todo el maquillaje, el desodorante, las cremas, todo lo que pueda tener uno y afecte esta agua de miles, millones de años.

Hay testimonios de personas que después de pasar por este lugar han perdido su claustrofobia, su miedo a la oscuridad y a los murciélagos, y hay quienes han sentido por primera vez que pueden olvidarse de todo y dejarse llevar. Esta es mi oficina, dice uno de los guías, y se mete a un pequeño hueco donde, si al caso, caben cinco personas. Entonces apaga la luz y reina una oscuridad como pocas, el silencio se apodera de todo, como mucho se escuchan los latidos de los asistentes a este espectáculo. Es un sueño. El guía vuelve a prender la luz y dice: “Imagínense hacer esto todos los días, es cura para el alma”.

Este cenote, que se originó por el hundimiento del suelo hace miles de años, da a un río de 14 kilómetros de longitud que aún sigue explorándose, aunque los visitantes tienen acceso a apenas 700 metros. Fue descubierto por un descendiente de los mayas en 2006, mientras perseguía una iguana. En él se encontraron vasijas, huellas y huesos. Es sabido que los mayas acostumbraban a realizar sacrificios en estos lugares que consideraban sagrados.

Desde que en 2009 abrió sus puertas al público, Río Secreto ha recibido varios premios, uno de ellos como la mejor atracción verde de México y Centroamérica, y su director general, Francisco Córdova Lira —promotor de otros importantes proyectos en la Riviera Maya, como Xel-Ha y Xcaret—, está buscando que el lugar sea reconocido como patrimonio de la humanidad por la Unesco, para que su conservación sea una prioridad de todos.

Para los mayas fue un lugar sagrado, el camino al inframundo, de donde salían las raíces de la ceiba que cargaba al firmamento. Uno puede creerlo o no. Pero quien entra a Río Secreto ha de confesar que es un lugar de otro mundo.

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