18 Jan 2011 - 10:00 p. m.

Una Disneylandia para los adultos

Entre edificios majestuosos, réplicas de monumentos europeos, céspedes artificiales y juegos de luces, en Las Vegas siempre se comete al menos un pecado.

Angélica Gallón Salazar/Las Vegas, Estados Unidos

Las Vegas es una Disneylandia para adultos, una ciudad que intenta resumir el mundo, un desierto hecho paraíso que con réplicas muy pulcras y a escalas menores intenta saciar el hambre del turista promedio norteamericano, que prefiere viajar dentro de casa y aún así sentir que conoció la Torre Eiffel.

El hotel Mandalay Bay inaugura con una imponencia dorada El Strip, la calle más famosa de la ciudad, de unas cuatro millas de larga. En ella se despliegan ostentosos edificios que recrean en sus fachadas reliquias urbanísticas europeas, como la tradicional plaza de San Marcos de Venecia, pero esta réplica, en lugar de tener minúsculos canales con agua turbia, es un compendio de piscinas con cloro en donde cantan gondoleros —o más bien actores con camisetas de rayas— sonatas en ingles.

Está también una Fontana de Trevi y al igual que sucede en Roma, se ve a los turistas repitiendo el sagrado ritual de lanzar monedas sobre el relicario de caballos marinos y dioses míticos para pedir un deseo. Hay también pirámides de Egipto, esfinges, Estatuas de la Libertad, Arcos del Triunfo y una que otra calle dispuesta a la manera de Nueva York, todo dando forma a una ciudad graciosa de lo artificial que alberga en su interior enormes casinos en donde, hay que decirlo, la mayoría de las veces los turistas ven vaciar sus bolsillos.

Cada tanto, la ciudad se engalana para las ceremonias de los Latin Grammy, Miss Universo o la Nascar Champion’s Week y recibe un séquito de famosos que alborotan los ánimos de sus ciudadanos (muchos latinos que conforman el grueso de la servidumbre de los hoteles). Sin embargo, las verdaderas estrellas que regularmente desfilan por El Strip y que contrastan con ese espíritu postizo de la ciudad son personajes más variopintos y sin duda algo más pobres.

Un remedo de Elvis Presley regordete y de malos trapos que bambolea las caderas como el verdadero rey lo hacía, unos Batman y Spiderman desteñidos que se paran en las esquinas para hacer sus shows y pedir un billete, un Homero Simpson, con una barriga que, aunque parece simulada, es de carnita de verdad y un negro travesti que anima el caminar de la gente son apenas un anticipo del zoológico de personajes que se abren paso entre los más de dos millones de turistas en época de temporada que recorren esta importante avenida, para robarles con más gracia y astucia el dólar que de cualquier manera van a perder en el tragamonedas. Sorprende que entre tanto artificio, que entre céspedes falsos que se posan en los jardines del Treasure Island, el Stratosphere y El Mirage , y helicópteros de millonarios que atestan el cielo y aterrizan a su antojo, la ciudad haya permitido que tanta humanidad, tantos personajes ingratos inunden sus calles. Quizá no sea más que un acto de contricción, un gesto de solidaridad de parte de una ciudad que a tantos ha dejado en la inopia.

Camino al pecado

Las Vegas, llena de puentes peatonales y escaleras eléctricas que rechinan bajo el sol le permiten al turista que conforme se aventura por sus calles, tenga siempre el chance, más bien la tentación, de entrar a los más grandes y famosos casinos del mundo. Las puertas pesadas siempre están abiertas para el visitante.

Las fuentes de agua coloridas que bailan al son de una música que retumba en la calle anticipan en una de las aceras la majestuosidad de El Bellagio, casino, hotel y uno de los teatros más famosos de la ciudad, donde actualmente el Circo del Sol ha creado un escenario especial para presentar al público su espectáculo ‘O’, todo sobre el agua.

Los desprevenidos viajeros se toparán también con un gran castillo blanco de torres azules y rojas. Se trata del Excalibur Hotel Casino, un monstruo de más de cuatro mil habitaciones en donde los magos, las luchas con espada y dragones acompañan la estadía y los noches de apuestas.

Luego, será inevitable apartar la vista del brillante Luxor Hotel Casino, réplica de una pirámide egipcia que tiene en su corazón la imitación idéntica de la tumba del Rey Tut y que se ufana de tener un teatro Imax y un cuarto de juegos de realidad virtual.

Pero después de sucumbir al encanto de estos lugares, el viajero podrá concluir que a la final casi todos los casinos de los hoteles lucen igual: unos recintos más bien oscuros, entapetados con salas enormes para las máquinas de la suerte, que suelen estar siempre acompañados por hombres gordos o mujeres desarregladas que llevan días sin ir a casa y con otros salones más especializados y elegantes para las carreras de caballos, el póker y el black jack.

Es justamente caminando entre esos pasillos que se puede comprender mejor aquel nombre que bautizó a la ciudad como The Sin City, La ciudad del pecado. Porque es la vanidad, la creencia que se apodera de todo aquel que visita Las Vegas de que hay algo particular en él que lo puede hacer un ganador, es la pregunta inevitable: “¿Y por qué no tentar al destino?”, lo que hace que tanta plata se haya quedado en este desierto.

Todos juegan, así sea unas cuantas monedas en las maquinitas, pero si no son unos expertos jugadores, más valdría que los turistas compraran unas fichas en el casino, pero a manera de souvenir, así al menos se llevarán algo en el bolsillo.

 

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