10 Feb 2010 - 1:39 a. m.

Valledupar: con los acordeones abiertos

Un destino para melómanos, ornitólogos y aventureros.

Sara Araujo Castro

“Ven a la tierra mía, mi tierra gloriosa de acordeones, región laboriosa con mil dones, seguro que aquí te quedarías”. Antes de que se hiciera la primera guía turística de Valledupar o se pensara en esta calurosa ciudad (entre 30 y 35°) como un destino apetecible para el turismo, ya sus juglares y músicos habían aprendido a enamorar a sus visitantes al ritmo de las notas de los acordeones.

Así como lo dice Fernando Dangond en uno de los temas más emblemáticos del vallenato, Nació mi poesía, todo el que llega a Valledupar siente que ahí podría quedarse porque la acogida y hospitalidad de sus visitantes no tiene igual, la hermosura de la Sierra Nevada que protege la ciudad como una madre dadivosa, la alegría del río Guatapurí que bordea la ciudad refrescando sus calurosas tardes y los parajes inmortalizados en canciones invitan a una estancia alegre y tranquila.

Tierra de acordeones

No es posible pensar en la capital del Cesar sin hacer referencia inmediata a su Festival, que además coincide con sus fiestas patronales los últimos cuatro días de abril. El Festival de la Leyenda Vallenata, un gran encuentro musical cuya columna vertebral es el concurso de acordeones, son cuatro días de fiesta en torno al folclor: se premia canción inédita, se premia al mejor verseador en piqueria (que son los duelos de improvisación) y se premia a los mejores acordeoneros niños, jóvenes y profesionales. El 27 de abril la procesión evoca la leyenda que cuenta que los indígenas de la región, cansados del maltrato español, envenenaron las aguas de la laguna del Sicarare, pero la virgen les salvó la vida a los conquistadores ganándose la devoción de los nativos.

Más que música

Sin embargo, los días de acordeón en esta ciudad se extienden a todo el año pues en esta región de músicos hay parranda en cualquier momento. Pero Valledupar no es sólo música. Es una ciudad de 300 mil habitantes, aproximadamente, en donde hay hermosos parajes para visitar como el Pozo de Hurtado, un paraje del río Guatapurí en donde se gestó la leyenda de una jovencita que por bañarse en días de Semana Santa se convirtió en sirena. Los habitantes de la zona muestran con picardía las formaciones rocosas en donde la niña había dejado el jabón y el peine.

Así como hay lugares del casco urbano que evocan canciones como la Plaza Alfonso López, que hospedó el Festival Vallenato hasta que la asistencia de la gente desbordó su capacidad, hay otros en las cercanías del Valle, como cariñosamente le dicen sus habitantes, que deben conocerse.

A pocos kilómetros por la salida de Hurtado está el río Badillo, otro hermoso paraje que fue inmortalizado por la canción de Octavio Daza, y que se convierte en estación antes de llegar a Patillal, la tierra de Rafael Escalona, una población que fue detenida en el tiempo y luce, con sus casas de bahareque y su inmensa explanada central, igual a hace 50 años.

Subiendo por las estribaciones de la Sierra Nevada se encuentra también Atanquez, uno de los asentamientos de los indígenas Kankuamos, en donde se encuentra uno de los mejores alfandoques (melcocha hecha de caña de azúcar) de la región. Los amantes de la ornitología encontrarán en cercanías de estos parajes el Parque Los Besotes, una de las reservas naturales con mayor diversidad de aves del país. En otra dirección, también es posible llegar hasta la capital arhuaca Nabusímake, un lugar sagrado que aparentemente está deshabitado pues las puertas de las casas de piedra y paja se abren sólo durante el mes de enero en tiempos de fiesta de la comunidad indígena.

Una de las características que más elogian los visitantes de Valledupar son sus calles arborizadas con mangos y cañaguates, que durante algunos meses del año están adornados con una alegre flor amarilla.

A la hora de las compras, si se buscan artesanías típicas, se pueden encontrar en la plaza muchos negocios que ofrecen mochilas atanqueras y arhuacas, poporos y variados artículos. Otro lugar estratégico es el Parque El Viajero, donde es posible encontrar a las tejedoras wayúu que exhiben entre los cauchos del parque sus mochilas y chinchorros (hamacas tejidas en telar) que explotan de color.

A pesar de no estar circundada por el mar, Valledupar es tierra Caribe, con una fuerte influencia de tradiciones árabes, razón por la cual en su gastronomía se encuentran el suero costeño, la carne y el sancocho de chivo y los fritos tan característicos, además de las arepas de queso, las arepuelas, que se preparan fritas y con un poco de anís, y los dulces de leche, papayuela y arracacha.

Así, aunque Valledupar es una ciudad en la que “ya no hay casitas de bareheque, se llena el Valle más de luces, no venden ya arepita e’queque, merengue, chiricana y dulce”, como dice Dangond, es un hermoso destino, lleno de parajes naturales y de cariño para que sus visitantes siempre sientan que tienen que volver. Ah, y un consejo para que así sea: hay que bañarse en las aguas del Guatapurí, preferiblemente al amanecer.

El Festival

Del 27 de abril al 1° de mayo, Valledupar se detiene para dedicarse al Festival de la Leyenda Vallenata. Si usted está dispuesto a pasar cinco días de fiesta, música y folclor, debe desde ya reservar sus tiquetes de avión y su habitación, pues es una de las fiestas más concurridas del país.

Además de los tres grandes hoteles: el Sicarare, el Bajamar y el Sonesta, es posible conseguir casas que se arriendan con personal de servicio para los días de fiesta. El último día se corona al Rey Vallenato.

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