Toros: cultura y tradición en Bogotá

Desde su nacimiento en España hasta su regreso hoy a la plaza de toros de Santamaría, el espectáculo taurino tiene una larga tradición, llena de historias, ilustres aficionados y opositores.

Luego de cuatro años, la fiesta brava regresa esta tarde a Bogotá. / Gustavo Torrijos

A la memoria de don Guillermo Cano, gran aficionado a los toros.

Desde luego, ni en los indígenas encontrados por Colón ni en los negros traídos de África se encuentra el origen de la fiesta de los toros en América. Fue en España donde nació la afición de enfrentar un hombre con un toro. Los árabes cambiaron el espectáculo del circo romano, donde se enfrentaban gladiadores con fieras, por la lidia de los toros. Los castellanos rivalizaron con los árabes toreando a caballo y se dice que para festejar la toma de Granada, el propio papa asistió a una corrida en 1492. En la Nueva Granada, unos pocos años después, en 1532, en Acla, Darién, “la gente se salió a la plaza y corrió y capeó un torillo pequeño” para recibir al gobernador Julián Gutiérrez. (Lea también: Los oficios que renacen con las corridas en Bogotá) 

En el siglo XVI se tiene noticia cierta de otras seis corridas para celebrar la llegada de autoridades españolas como Alonso de Lugo (1545), Pedro de Urzúa —el personaje de la novela de William Ospina— (1547), el establecimiento de la Real Audiencia (1549) y posesiones de Miguel Díez de Armendáriz (1550), Juan Montalvo (1551) y Andrés Díaz Venero de Leyva (1564). Durante la Colonia, las corridas de toros fueron parte de las fiestas civiles y religiosas: “Se agasajaba a los presidentes y a los obispos, se celebraba la coronación de los reyes y las noticias del nacimiento de los infantes y con ello se daba alegría al festejo de los santos patrones”. Durante el reinado de Felipe II, a fines del siglo XVI, el papa quiso acabar con las corridas de toros, pero “el pueblo se sublevó contra la prohibición” y el rey levantó la medida. Las corridas de toros eran entonces una afición de la nobleza y se practicaban a caballo. Los afrancesados Borbones, al insistir en la prohibición, lograron que los nobles abandonaran la práctica, pero —apunta Fernández de Moratín— “no faltando la afición de los españoles, se dio la plebe a ejercitar su valor matando toros a pie, cuerpo a cuerpo, con la espada…”. Es la revolución del toreo a pie, cuya gran figura fue Francisco Romero, “el de Ronda” (1754-1839). (Lea aquí la postura a favor del regreso de las corridas de toros por parte del presidente de la Corporación Taurina) 

En la Nueva Granada, “los toros eran la diversión popular más apetecida”, como lo dejó escrito el arzobispo de Quito. El nombramiento como cardenal de un hermano del virrey Solís (1753) fue celebrado con seis corridas de toros “con diestros traídos de Honda, algunos de los cuales cabalgaron sobre los toros más bravos en medio del entusiasmo frenético de la multitud”, a decir de Alfredo Iriarte. “Las fiestas calaron hondo en todos los sectores de la sociedad neogranadina. Los indígenas, especialmente, tomaron una notable afición por los toros y llegaron a desarrollar formas muy particulares de lidia. Oviedo señala que llegaron a ser famosos para torear los indios de Coyaima, Natagaima y Ataco. Los negros, de quienes se ha dicho que carecían de espíritu para la fiesta brava, hicieron memoria en Santafé, Cali, Medellín y Cartagena” (1). Carlos III (1716-1788) fue un monarca ilustrado pero despótico bajo cuyo gobierno fueron expulsados los jesuitas de todo el reino y tuvo lugar la Insurrección de los Comuneros (1781). Así mismo prohibió las corridas de toros en España y sus dominios ultramarinos. En la Nueva Granada, la pragmática norma se cumplió, pero no se obedeció y el virrey, Messía de la Zerda, gran aficionado, autorizó una corrida con cuatro toros, y en forma privada, en su hacienda El Aserrío se continuó celebrando la fiesta brava. El último virrey, Amar y Borbón, volvió a permitir los festejos. (Lea aquí la postura en contra regreso de las corridas de toros por parte de la directora de la plataforma Animales Libres de Tortura) 

Veinte días después del grito de Independencia, el 20 de julio de 1810, se celebró la primera corrida republicana. Antonio Nariño, gran aficionado, fue elegido presidente y con tal motivo hubo toros. Lo mismo cuando Bolívar se hizo cargo de las fuerzas rebeldes en 1815. El Libertador era, según el cronista inglés Robert Proctor, “sumamente aficionado a las corridas de toros”. El 22 de enero en Bogotá se corrieron toros de los hacendados sabaneros con toreros de a pie. Durante el régimen del terror de Pablo Morillo (1816-1819), la “inmolación de reses bravas fue sustituida casi totalmente por la matanza de patriotas”. Después de la Batalla de Boyacá volvieron los toros a Santafé. Los toros se corrían en varios barrios: Las Nieves, San Victorino, Santa Bárbara, y en los pueblos cercanos de Chapinero y Fontibón. Desde cuando el gobierno de Mosquera declaró el 20 de julio día de la Independencia, el festejo mayor de toros se hizo en la Plaza de Bolívar.

José María Cordovez Moure dejó unas muy vívidas páginas sobre la fiesta de los toros, la más popular entre las diversiones de la época. Las de la celebración de la Independencia comenzaban con una “licitación para adecuar la plaza, suministrar los toros, pagar y vestir a los toreadores, proporcionar tablados al presidente de la república y construir la barrera y el toril”. Antes de las fiestas “se notaba un movimiento inusitado en la ciudad: la gente se endeudaba, los notarios tenían oficio, las transacciones de finca raíz se multiplicaban. Durante las fiestas no se prende candela en la casa ni se hace mercado”. El 19 de julio había fuegos artificiales, se instalaban mesas de juego, ventas de comida, y las bandas de música del Ejército tocaban bambucos y pasillos. Durante 10 días “el pueblo se daba al desenfreno, superior a los saturnales”. El 20 de julio se iniciaba con un tedeum por la mañana y terminaba con desfiles militares por la noche. El 21 empezaban las “bulliciosas corridas” con la traída de los toros. Los tablados se atestaban y la gente gritaba: “¡Al toro!”. Empezaba la distribución de ramilletes, dulces, vinos y brandy. Muchos bebían de la misma botella. Enseguida se soltaba el toro. “¡A las 3 y media el aspecto de la plaza era comparable a un horno!”. No bajarían de 20.000 personas reunidas allí para gozar de la corrida; las barreras se colmaban de hombres de diferentes clases sociales. En la arena, el pueblo y los cachacos estaban dispuestos a correr los riesgos. La corrida comenzaba con el despeje a cargo del Ejército y luego salían los toreadores, que eran apenas vaqueros diestros vestidos con frac, calzón corto de percal, medias blancas, alpargatas y gorro frigio. Una vez el toro en la arena, mugiendo de coraje acometía a diestra y siniestra contra un remolino de seres humanos. Los estudiantes toreaban con capote; el pueblo, con la ruana; los cachacos, con pañuelo. Después salían los toreadores a poner banderillas y a veces a montar sobre el toro a golpe de bambucos, y no faltaban picadores con garrocha. A las 6 terminaban las corridas, ponderando la bondad de los toros. En las fiestas había también diversos juegos: varas de premio, carreras de hombres encostalados, manteo al estilo Sancho Panza, vacaloca, cuadrillas de lanceros, tiro de pistola y riña de gallos. Sobra decir que la celebración de la Independencia se hacía en otras ciudades y pueblos bajo diferentes modalidades, aunque las de Bogotá marcaban la pauta.

Sin una relación clara, con la derrota del radicalismo y el comienzo de la economía cafetera se terminó, por lo menos en Bogotá, el toreo como manteo, donde la única regla impuesta por el toro es no dejarse coger. Más que matar toros, se corrían toros. Cordovez apunta que “estos espectáculos” entraron en desuso hacia 1880, con la declinación del radicalismo y la sentencia de Rafael Núñez: Regeneración administrativa fundamental o catástrofe.

(1) Tavera Aya, Fernando, Los toros en Bogotá y Cartagena: dos siglos de tradición republicana.

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