
Es probable que muchos hayan escuchado la pregunta: ¿dónde estaba cuando fue el ataque a las Torres Gemelas en 2001? Las personas que lo vivieron se acuerdan vívidamente del día, el lugar y la hora en la que sintonizaron las noticias o vieron el caos en la ciudad de Nueva York ante el acto terrorista. Pero para muchos de la generación Z, hoy adultos, ese lugar podía ser una cuna. En ese momento llevaban pañales o apenas estaban aprendiendo a hablar y caminar. Otros ni siquiera habían nacido.
Sin embargo, el ataque terrorista contra las Torres Gemelas o World Trade Center de Nueva York y contra el Pentágono, cerca de Washington D. C., dejó al mundo entero en estado de shock y cambió para siempre la política internacional, la seguridad y la manera en que entendemos y vemos ciertas culturas, hayamos estado ahí o no. Es decir, sin importar el año de nacimiento, los efectos de ese día han definido el mundo en el que vivimos.
El ataque dentro de lo cotidiano
El día era soleado y tenía el clima perfecto de septiembre. El calor del verano estaba desvaneciéndose para dar la bienvenida al otoño, había brisa fresca y todo había amanecido con total normalidad, según describió Pedro Sánchez, periodista colombiano, que vivió en la ciudad en aquel tiempo. Las personas se desplazaban a sus trabajos, desayunaban en la calle y empezaban un martes cotidiano, en un día que en pocas horas estaría lejos de ser uno normal.
Carolina Obregón, diseñadora colombiana y ahora profesora en Parsons School of Design, quien vivía en Nueva York en el momento, se despertó tarde para atender al New York Fashion Week que estaba siendo celebrado en la ciudad. Salió corriendo de su edificio cuando su portero le advirtió que en el World Trade Center había ocurrido un accidente con una “avioneta”. Ella, en su afán, no le prestó atención.
A las 8:46 de la mañana impactó el primer avión en la Torre Norte del World Trade Center. La primera reacción fue creer que había sido un accidente, de algún piloto que había cometido un error. Luego, el segundo impacto a la Torre Sur ocurrió a las 9:03 a. m. El hecho confirmó lo inevitable: estaban bajo un ataque terrorista. Las caras de confusión y pánico inundaron las calles y todo se detuvo.
Cincuenta minutos después la Torre Sur se desplomó por completo, seguida por la Torre Norte, que se desplomó a las 10:28 a. m. “La primera sensación fue como de el mundo se acabó. No entendíamos nada, no podíamos comunicarnos ni visualizar lo que estaba pasando”, relató Obregón.
Las comunicaciones, que no eran como las conocemos hoy, se cayeron por completo. Muchas personas intentaron llamar a sus conocidos en la ciudad, pero muy pocos lograron enlazar. La situación se prolongó durante varios días, por lo que algunos amigos y familiares tardaron en saber qué había pasado con sus seres queridos.
“Mientras caminaba de regreso veía a gente llorando en la calle y personas que habían salido corriendo desde Wall Street, cubiertas de polvo. Recuerdo las caras de las personas. Se sentía como si de ahí en adelante no supiéramos qué iba a pasar con el mundo. Era un ataque y sentíamos que el mundo, tal como lo conocíamos, se había acabado. Fue un antes y un después”, contó la profesora.
Pedro, por su parte, trabajaba en la estación local de Telemundo en Nueva York, el canal 47, en el departamento de ventas. Llegó a su trabajo alrededor de las 9:30 a. m. y vio que todos los televisores del canal tenían el ataque a las Torres. Se quedó estupefacto por unos momentos. Su primer pensamiento fue: ¿cómo está pasando esto en Estados Unidos?
“En Estados Unidos hay muchas guerras, pero la mayoría ocurren en Europa o Asia. Nosotros, los estadounidenses, estamos protegidos por el océano Atlántico, que representa una distancia muy grande, y la mayoría de los países no tienen acceso a armas intercontinentales. Por eso no existía ese miedo de que Estados Unidos pudiera ser atacado de esa manera. Entonces empezamos a preguntarnos quién estaba detrás”, afirmó.
Desde los primeros momentos de la tragedia las agencias de inteligencia apuntaron de inmediato hacia Al Qaeda, una sospecha fundamentada en el grave antecedente del 26 de febrero de 1993, cuando extremistas vinculados a la misma red detonaron un carro bomba en el estacionamiento subterráneo del complejo con la siniestra e idéntica ambición de derribar ambas estructuras.
Los responsables directos de este nuevo ataque fueron 19 secuestradores de la misma organización, quienes actuaron bajo el mando supremo de Osama bin Laden y la planificación de Khalid Sheikh Mohammed, ejecutando la operación desde el propio territorio estadounidense tras tomar el control de cuatro aviones comerciales que despegaron desde Boston, Newark y Washington, D. C.
Luego de la tragedia todo se detuvo. Nueva York, en un día soleado y tranquilo, se llenó de un olor penetrante a llanta quemada, se nubló por el humo y tuvo que cerrar todos los medios de transporte que había. El metro, los buses y los trenes dejaron de funcionar, y muchas personas tuvieron que buscar refugio en casas de conocidos, caminar o, en el caso de Pedro, rentar una bicicleta para volver a casa.
“Fue tan impactante, que es imposible olvidarlo. Uno se olvida de muchas cosas, pero cuando ocurre algo así es diferente. Además, estábamos en el centro de un acontecimiento que el mundo entero recuerda”, comenta Carolina.
Un antes y un después
A Carolina le tocaron la puerta de su apartamento días después del ataque. Eran hombres del FBI. Confundida, abrió la puerta y los agentes empezaron a hacerle preguntas sobre su vecino. Desconcertada, afirmó que no sabía nada de él desde el ataque, pero pronto se dio cuenta de la razón del cuestionamiento: su vecino y, además, buen amigo era de origen iraní.
“Trabajaba en el American Stock Exchange y se había refugiado en casa de un amigo. Como las comunicaciones estaban caídas, nadie sabía dónde estaba. El FBI me preguntó si lo conocía y dónde podía estar. Les dije que lo conocía bien, que no era religioso y que no lo veía desde el lunes. Me pidieron que los llamara si sabía algo de él”, explicó Obregón.
Incluso, Carolina cuenta que su novio de la época, un venezolano llamado Germán, fue víctima de perfilamiento racial. Por sus rasgos y cabello oscuro, que podían ser interpretados como de Oriente Medio, no lo dejaron pasar de la calle 14. Le pidieron identificación y tuvo que ir a buscarlo, porque no le permitían llegar hasta su edificio.
Pedro coincide en que después del 11 de septiembre crecieron la discriminación y el rechazo hacia los musulmanes. Aunque la Constitución protege la libertad religiosa, asegura que persiste cierta aversión, especialmente hacia países como Irán, marcada por años de conflictos con Estados Unidos.
Además, otro de los cambios, muy notorios, pero ahora completamente naturalizados en nuestra cultura, es la seguridad aeroportuaria. ¿Se puede imaginar que al salir de viaje su acompañante pueda llevarlo a la puerta del avión? Pues esto, que ahora es imposible, era la forma más normal de viajar antes del 11-S.
Sánchez explica que la seguridad cambió radicalmente. Antes podía acompañar a su mamá hasta la puerta de embarque e incluso esperar con ella dentro del aeropuerto. Después se impusieron controles como quitarse los zapatos o no llevar líquidos o elementos cortopunzantes en el equipaje.
Ese cambio también se tradujo en la creación de la Transportation Security Administration (TSA), establecida por el Congreso en noviembre de 2001 como respuesta directa a los atentados. La agencia asumió la responsabilidad federal de la seguridad del transporte y convirtió los controles de pasajeros y equipaje en una parte central de la experiencia de viajar en avión en Estados Unidos.
La relevancia de aquel día se entiende todavía mejor al mirar sus consecuencias a largo plazo. Las guerras que Estados Unidos emprendió en Afganistán e Irak durante los años 2000 redefinieron buena parte de los conflictos internacionales y reorientaron su política exterior durante las décadas siguientes. Incluso conflictos que se viven hoy, como la guerra entre Estados Unidos e Irán, pueden rastrear parte de sus antecedentes en ese nuevo escenario internacional que comenzó a configurarse después del 11 de septiembre de 2001.
Desde entonces la palabra “terrorismo” se instaló en el vocabulario cotidiano y cambió la manera de entender y nombrar los conflictos. Por eso, quienes vivieron aquel día entendieron casi de inmediato algo que, con el paso de los años, se haría aún más evidente: el mundo que conocían acababa de cambiar.
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