
La afiliación de trabajadores extranjeros en España alcanzó en agosto de este año un máximo histórico de 3,5 millones de ocupados, según los datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones revelados esta semana, un aumento considerable del 15,7 % respecto al mismo mes de 2025 cuando se registraron 3,06 millones de afiliados. Y dentro de ese salto hay un protagonista claro: Colombia.
Con 368.901 cotizantes, los colombianos ya son la segunda nacionalidad extranjera en el mercado laboral español, por encima de rumanos y venezolanos, y solo por detrás de Marruecos, cuya comunidad está desacelerando su ritmo de crecimiento frente al de los colombianos.
En el primer trimestre de 2026, llegaron 38.600 colombianos frente a 25.700 marroquíes, y Colombia ya lideraba también las llegadas totales a España ese trimestre. Para el segundo trimestre, el patrón se acentuó. Esto quiere decir que, con ese ritmo, la distancia entre ambas comunidades probablemente se cierre en los próximos meses y Colombia pase a ser la nacionalidad con más cotizantes en el sistema español.
El motor de ese crecimiento tiene nombre propio: el proceso extraordinario de regularización migratoria que el Gobierno español puso en marcha este año, y que a 31 de agosto ya había convertido a 337.917 extranjeros en trabajadores formales, de los cuales aproximadamente 97.320 eran colombianos. Eso sí: no ha sido un camino fácil.
“Acabo de recibir mi tarjeta para trabajar esta semana. Fui de las primeras en comenzar a hacer el proceso de los papeles, justo cuando lo anunciaron en abril. Pero es extremadamente demorado. Es eterno. Lo puedes hacer solo, sí, pero el tema de sacar las citas para todo lo que necesites, para llevar tus papeles, para todo, es casi imposible. Ahí todo el mundo empieza a hacer negocio con sacar las citas para lo que necesites. Entonces pagas para que te saquen la cita, pagas porque tienes que llevar los papeles, se va mucho dinero, mucho dinero. Y si caes con un mal abogado, pues peor, porque te sacan más dinero y no haces nada”, cuenta Nicolle Rojas.
La cifra, de entrada, parece una noticia inequívocamente positiva. Salir de la economía informal significa acceso a la sanidad pública, cotización para una futura pensión, la posibilidad de firmar un contrato de arrendamiento sin depender de la buena voluntad de un tercero, protección legal frente al despido y el impago, y un camino más claro hacia la reagrupación familiar y, eventualmente, la nacionalidad española. Para alguien que llevaba meses o años trabajando sin papeles, ese salto se siente en el día a día.
Pero la fotografía completa es más compleja. Tener papeles no es lo mismo que tener un buen trabajo, y formalizarse no siempre significa dejar la precariedad atrás, sino cambiarle de nombre.
Nicolás Marín lleva algunos años en Barcelona y representaba al gran porcentaje de colombianos que, aun trabajando y aportando a la economía española, seguía atrapado fuera del sistema formal, incluso luego de conseguir trabajo. Su diagnóstico del mercado laboral es tajante.
"El mercado es muy difícil. Una porción muy pequeña de colombianos logra conectarse con el mercado laboral formal, y si lo logra, muy pocas veces es en un sector especializado. Cada vez más, a los latinos nos están confinando a un sector muy puntual de la economía: el servicio. Restaurantes, cafés, cuidado de personas mayores. Y ahí ni siquiera pagan mal, pero estamos muy limitados a eso”, comenta.
Según explica, hay muchas personas que llegan por el aeropuerto, de turistas, y se quedan. “Al final les toca trabajar informalmente. Con esta nueva ley, mucha gente que estaba trabajando en negro se metió a tratar de sacar los papeles”, agrega.
El de Nicolle es ese caso exacto. Llegó a España de vacaciones, a visitar a su familia, sin ninguna intención inicial de quedarse, pero a medida que se quedaba en casa sin hacer mucho, quiso trabajar para ganar dinero extra. Se inscribió en una plataforma y a la semana la llamaron de un bar cerca de su casa. Ahí trabajó, sin contrato ni papeles, hasta que un accidente cambió el rumbo de su historia: la atropellaron cuando iba camino al trabajo.
"Dije: ya me tienen que indemnizar, tengo que hacer las terapias, tengo que hacer todo. Ahí empecé el proceso de papeles, porque si no, iba a ser un tiempo perdido”, escribe. Los informes de las terapias le ayudaron a fortalecer su historial de documentos para el proceso de regularización, pero aún con todo en orden le ponían trabas. Luego, cuando ya tenía un papel que le daba permiso para trabajar, se encontró con que no había ofertas para su campo profesional.
“Para los trabajos pesados quieren a los de afuera. Porque como hay tantos beneficios sociales, pues quieren que estos sean para los suyos, los españoles”, explica.
Y para quienes sí logran tener un trabajo “especializado” acorde a sus estudios, la situación no mejora sustancialmente. A Nicolás lo contrató una organización con sede en Bruselas y Barcelona, dedicada a proyectos de sostenibilidad financiados por la Unión Europea, para hacer un trabajo que calzaba exactamente con su perfil profesional en comunicaciones. Pero desde el primer día le pusieron una condición: tenía que facturar como autónomo, no como empleado.
Ser autónomo en España no es lo mismo que ser freelance en el sentido flexible que suele evocar la palabra en español latinoamericano. Es una figura legal específica: la persona se registra ante Hacienda y la Seguridad Social como si fuera su propia empresa, factura a sus clientes, y paga mensualmente una cuota fija, la llamada "cuota de autónomos", independientemente de cuánto gane ese mes. Esa cuota puede comerse una parte importante de los ingresos, sobre todo al principio, cuando los descuentos para nuevos autónomos se acaban.
La figura está pensada para alguien que de verdad tiene varios clientes y opera como un negocio. El problema, y aquí está el fraude que describe Nicolás, es cuando una empresa contrata a alguien bajo esa figura para que trabaje exclusivamente para ella, con horario fijo, jefe directo y las mismas obligaciones que un empleado, pero sin pagarle las cargas sociales, las vacaciones ni la indemnización que le correspondería a un trabajador con contrato. Eso se llama "falso autónomo", y es ilegal en España, aunque extendido, porque le ahorra dinero a la empresa y traslada todo el riesgo económico a la persona.
"Me tocaba dar de alta como autónomo. Pero hacía exactamente lo mismo que la persona contratada al lado mío: iba a la oficina, tenía horarios, le respondía a jefes", cuenta Nicolás.
La empresa le prometió durante meses que lo pasaría a contrato fijo, pero nunca llegó: "Al final me dijeron que no había plata, pero seguían contratando gente en Bruselas", cuenta. Cuando le avisaron que no le renovarían, decidió actuar: "Los demandé por despido improcedente, y porque yo era un falso autónomo”.
Su caso, insiste, no es aislado. "Hay una gran población migrante que logra sacar los papeles, que logra encontrar algo en su profesión, y se queda ahí, en la figura de autónomo. Muchas empresas lo hacen para ahorrarse las cargas de un contrato real”.
Valentina Blanco observa una variante distinta del mismo problema, esta vez desde la vía académica. Llegó en 2024 a hacer un máster y, para graduarse, tuvo que completar unas prácticas obligatorias, su primer contacto real con el mercado laboral español.
"Las prácticas son de seis meses, pero tu permiso solo te deja trabajar cuatro. Esa es de las primeras preguntas que te hacen las empresas: ¿tienes permiso? ¿Hasta cuándo? Eso decide si entras o no", destaca, poniendo el foco sobre cómo la burocracia afecta el bienestar de los extranjeros que buscan oportunidades.
Conoce, además, casos que se estancan en un limbo distinto, pero igual de asfixiante: colombianos que encadenan una práctica tras otra porque la empresa nunca decide convertirlas en contrato, dejando el peso del papeleo legal, contratar un abogado, tramitar el visado, en manos del propio trabajador. Esta, al final, es otra forma de precarización.
Más allá de lo laboral, Nicolás matiza el panorama con algo que pocas veces se dice en voz alta: "Dentro de todo, en este momento particular de la historia, no estamos en un momento en el que nos traten mal. Hay nacionalidades mucho más estigmatizadas, a las que la gente les tira mucho más odio", dice, y pone como ejemplo a los marroquíes y a las naciones provenientes de Oriente Medio.
Si hay algo que sostiene a los colombianos en ese mercado difícil, y ante contextos difíciles, dice Nicolás, es la comunidad misma: "Hay una red bastante fuerte. Estoy en varios grupos, colombianos en Barcelona, javerianos en Barcelona, y esa gente se mueve bastante. Si necesitas un plomero, un arquitecto, un doctor, cualquier cosa, tú preguntas ahí y salen todos”.
Esa red no sustituye a las instituciones españolas, que existen y ofrecen orientación jurídica y laboral a través de oficinas municipales como los CEPI en Madrid o los servicios de atención al inmigrante en distintas ciudades. Pero para muchos colombianos, especialmente los recién llegados, la comunidad informal llega primero y más rápido que cualquier oficina pública.
"Hay espacios físicos donde uno sabe que hay más colombianos que otra cosa, y hay personas muy dedicadas a crear espacios para apoyar temas colombianos", concluye Nicolás, en un punto en el que coincide con Nicolle, pero que Valentina contradice. Esta última destaca que ha visto “que cada persona tiene un proceso diferente, y es un poco individualista”.
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Felipe(94028)•20 de septiembre de 2026 – 13:56La segunda nacionalidad con más migrantes tras los marroquíes y segundos en mayor número de presos extranjeros en las cárceles españolas, también tras los marroquíes. Pero frescos, pronto seremos primeros en todo. Si algo nos caracteriza es la exportación de cocaína, malandros y meretrices, es la venganza indígena contra los españoletes de hoy por lo que hicieron unos manes hace 5 siglos. Por qué será que a los colombianos les gusta emigrar a los países que más odian, que son USA y España.
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Berta Lucía(2263)•20 de septiembre de 2026 – 11:30No sé porqué la gente se extraña por este tipo de situaciones; emigrar a Europa, o a otro país, conlleva muchísimas dificultades; o sino pregúntele a un venezolano que recién llega a Colombia. Es normal que la legislación privilegie al nacional; no veo porqué tendría que ser diferente. Además, lo que el artículo no dice es que la precarización de la vida, para el común de los europeos, es cada vez más difícil; entonces ¿por qué un colombiano tendría que tener más privilegios que un europeo?