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Que las instituciones del Estado siempre han llegado tarde para intervenir en el impacto de las tecnologías en la sociedad no es un nuevo descubrimiento. El ejemplo más reciente, como lo explica El Espectador en "Más sanciones contra TikTok, Facebook e Instagram, pero no hay regulación" (editorial del 22 de agosto de 2026), no es más que una nueva manifestación del control casi absoluto que la gran empresa privada tiene sobre las instituciones públicas, expresada esta vez como la incapacidad del Estado para limitar el daño a la salud física y mental de los niños, consecuencia del componente adictivo deliberadamente incorporado al diseño de las redes sociales. Una situación análoga a la de la lucha contra la industria tabacalera, cuya estrategia de vender satisfacción y glamur escondía su verdadero objetivo: promocionar un producto diseñado para causar adicción y asegurar así sus ventas.
Pero la debilidad del Estado y su incapacidad (o desinterés) para proteger la salud y el bienestar de los ciudadanos van mucho más allá del tabaco y de las redes sociales. Y, como con tantas desgracias que nos han llegado, la historia empieza en Estados Unidos. Hace ya décadas, la industria norteamericana del azúcar, altamente subsidiada por el Gobierno de ese país, contrató estudios cuyos resultados debían demostrar el efecto nocivo de la grasa animal en la salud de las personas. Esto condujo, por supuesto, a un aumento considerable del consumo de azúcar en ese país, lo que contribuyó al incremento incontrolado del peso de sus ciudadanos y al deterioro de su salud física. Este efecto fue rápida y muy efectivamente adoptado por nuestra industria, sin que el Estado pudiera (o quisiera) intervenir.
Pero la historia no termina ahí. Al azúcar pronto se agregaron el "descubrimiento" de las grasas saturadas, los aceites vegetales, el jarabe de maíz y otros aditivos que condujeron al desarrollo incontrolado de la industria de alimentos ultraprocesados, baratos e inmunes al deterioro. Barato es aquí la palabra clave: la leche de vaca es costosa. Fue así como uno de los más grandes vendedores de comida del mundo se dio a la tarea de "inventar" un alimento que la reemplazara. Y lo encontró: un producto que se comercializa en Colombia con el nombre de "Esencial", empacado tal y como se empaca la leche en polvo y descrito en su empaque de acuerdo con las exigencias de la ley. Pero es un producto cuyo ingrediente principal, según la descripción en su paquete, es "suero de leche en polvo", con tan solo 3,5 gramos de proteínas por porción de 25 gramos. En contraste, la verdadera leche en polvo que la misma compañía vendía a principios de siglo contenía 7 gramos de proteínas por porción de 26 gramos.
Seguramente, la historia de "Esencial" no es única, pero es clave por la importancia de la leche en el desarrollo de los niños y porque ilustra claramente cómo los intereses económicos de los grandes grupos industriales, cohonestados por la ceguera y/o la ambición de los políticos, priman sobre la salud de los colombianos.
Ricardo Gómez Fontana
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