
El taller de Linda Pongutá tenía un olor particular cuando lo visitamos. “Este lugar siempre huele distinto. Siempre hay algo cocinándose aquí. A veces, desde el ascensor siento el olor. En ocasiones huele a tabaco, en otras a cebolla o a madera quemada y cuando se mezclan algunos aromas sale una fragancia muy rica”, dijo la artista.
Tras la puerta de la oficina 906 del antiguo Edificio Telecom, lo primero que nos recibió fue la vista del occidente de la ciudad, un escritorio grande con un botellón de agua, libros, papeles, cuadernos de dibujo y algunos modelos de piezas que ha realizado. Junto a él había unas mesas con telas teñidas de amarillo por la artista, con las que experimentaba. En una de estas se encontraba una máquina de coser antigua, pero funcional. Del otro lado del taller colgaban algunas de sus piezas. Entre el metal, madera quemada y telas teñidas con materiales como brea, se componía el lugar donde esta artista desarrolla su obra y práctica, mientras que sobre una tela tendida en el suelo se secaban varias cáscaras de cebolla blanca para crear un tinte amarillo y unas hojas de tabaco se remojaban para hacer un tinte café con los que la artista estaba trabajando.
En este último material reside una de sus líneas de indagación, donde explora el pensamiento indígena a partir de su propia ascendencia y el apellido muisca que lleva. Desde este espacio Pongutá ha creado durante varios años. Llegó al edificio en 2012, pero tuvo que abandonar el lugar entre 2015 y 2018, ya que un “call center” fue instalado en el inmueble. Regresó cuando obtuvo una beca de exposiciones individuales del Ministerio de Cultura e instaló su taller en este edificio en 2024. Sin embargo, su historia con Telecom y este lugar es mucho más larga.
“Esto empezó por mi papá. Él fue mecánico y le encantan los carros y las historias de la ciudad. Cuando tenía 13 años, me contó la historia de Telecom. Luego, cuando entré a la universidad, me sentía muy incómoda con los espacios de exhibición de arte y de creación artística, por estas tendencias a espacios demasiado limpios, ordenados y sin mucho contenido”, contó. Cuando llegó a Telecom, estuvo sola mucho tiempo y esto la obligó a investigar la historia de la empresa, lo cual terminó acercándola a exmiembros del sindicato. En este lugar comenzó a indagar en la historia de la tecnología, teniendo en cuenta el lugar donde se encontraba. Fue en él donde realizó obras grandes con el espacio que tenía a su disposición. Sin embargo, el lugar donde trabajó sin restricciones fue el primer taller que ocupó.
Su primer estudio lo instaló en el mezzanine del edificio contiguo a Telecom, el Florentino Vezga. Era 2012 y, tras la muerte de su abuela, sintió la necesidad de estar sola, algo que este espacio le permitió. “En ese momento no tenía permiso de los propietarios, no sabían que yo entraba al edificio. Puse una puerta que se caía cada vez que yo entraba. Tenía que hacer maromas para poder entrar”, contó. Entre los dos edificios le surgieron muchas preguntas sobre el estado de las cosas, la promesa de país y el proceso de los trabajadores de Telecom cuando la empresa salió de este edificio.
“Había muchas personas que amaban este lugar de trabajo y muchas quedaron con un lapso en la memoria, preguntándose qué fue lo que pasó, porque era una promesa de país y de construcción social. Sentía que las texturas del edificio y los tubos por los que pasaban los cables me hablaban. En cada piso se sentía un ambiente y un tiempo muy dislocados. Veía fotos de archivo y los detalles elegantes de este lugar que estaban en conflicto con la zona que ocupaban, donde las realidades de este sector contradecían la existencia misma de un espacio como este”, dijo. A Linda Pongutá la cautivó la sensación de dolor encapsulada en el espacio en el que trabaja.
Antes de desarrollar sus grandes proyectos dentro de estos talleres, la artista comenzó por tomar fotos del sector y los edificios. Así conoció a uno de los guardias de seguridad, Miguel Ángel, con quien conversaba y se tomaba un tinto de vez en cuando mientras se escabullía entre las construcciones, evitando que el supervisor del guardia la descubriera. “De esos ejercicios empezaron a aparecer unas fotos muy bellas de la luz y de cómo entraba en el edificio. Fue uno de los elementos que me enamoraron de este lugar; las lámparas fluorescentes me hicieron reflexionar sobre la luz natural y la artificial. Miguel Ángel me dejaba entrar por zonas y en algún momento entré a los sótanos y paso a paso fui descubriendo estos espacios”, contó.
En 2018, cuando ganó la beca, realizó una exposición que la desafió de diferentes maneras. El edificio no tenía agua y una de las instalaciones que presentó requirió que la artista cargara baldes llenos hasta el sexto piso del edificio. Según contó, estuvo buscando un taller durante mucho tiempo, hasta que, tras ganarse una beca de Apex Art junto con William Contreras, le propusieron al dueño del edificio quedarse allí algún tiempo. El grupo que comenzó con 15 artistas ahora está compuesto por aproximadamente 30 personas.
Cuando Linda Pongutá estableció definitivamente su taller en la antigua oficina del edificio Telecom, encontró partes de un computador de la década de 1990, algunas joyas y muebles. Su espacio de trabajo ha atravesado varios cambios. Contó que cuando llegó había mucho polvo y las placas blancas del techo comenzaron a caerse y tuvieron que quitarlas. Las paredes del lugar, que hoy son blancas, solían ser rojas. Aunque la artista quiso conservar esa memoria, decidió cambiar el color al ver que su trabajo manchaba la pintura.
La artista suele llegar a las 9:00 a. m. para empezar un día de trabajo. “Empiezo hurgando en dibujos que tengo, hago pruebas, voy por materiales, empiezo a teñir. Pongo la olla con tintes. Cuando no tengo el tinte, voy y busco en los residuos de los supermercados, charlo con la gente, me tomo un tinto, traigo el material y siempre me pongo a teñir. Me encanta ese proceso porque soy muy dispersa y me puedo poner a hacer otra cosa mientras tanto. Después empiezo a hacer pruebas a veces de cerámica y dibujo y escribo todos los días. También reviso lo que he hecho, leo y hablo con la gente del sector”, relató.
Los muebles que se encuentran en su taller están relacionados de cierta manera con la escultura. “Me gusta que cada objeto tenga una historia. Eso me hace sentir que no estoy construyendo el espacio bajo unos lineamientos de una estética muy cerrada”, dijo. Algunos muebles los compró a personas del sector, otros a colegas y otros ya estaban en el espacio cuando ella llegó a ocuparlo.
“Hay algo que disfruto de todo esto y es sentir esta operación de que los objetos son casi todos prestados. Son regalos, pero también hay una suerte de préstamo ahí. Creo que así siento la impermanencia y la oportunidad que me brinda el arte de trabajar con los demás y sentir que estamos en un constante intercambio de información. Esa información se puede intercambiar a través de los objetos, y por eso creo que tiene relación con el arte. Por eso creo que me gusta estar acá, porque aquí también, como artista, estoy produciendo información de alguna forma”, afirmó.
Linda Pongutá afirmó que, de no haber salido de los espacios tradicionales, su obra "sería otra cosa y estaría muy aburrida". Para ella ha sido importante estar en un espacio de transición como este y rodeada de los artistas con los que comparte. Parte de esa historia incluye a los trabajadores de Telecom, pues la artista recordó que en algún momento invitó a los antiguos miembros del sindicato a un proyecto que estaba haciendo. "No querían entrar porque me dijeron que se iban a poner a llorar, que les dolía mucho, que era para ellos muy conmovedor. Después de un proceso de amistad, decidieron entrar y hablar de lo que sentían al estar de nuevo en el espacio después de tanto tiempo. También fue muy conmovedor para mí", dijo.
Para la artista sí hay una diferencia entre el espacio mental que habita normalmente y al que entra para crear su obra. Sin embargo, aseguró que le cuesta separar ambos espacios, pues las ideas pueden aparecer en cualquier momento preguntándose "¿Qué está pasando con mi trabajo y con el mundo?". "Hay un espacio mental en el que hay unos conceptos que están ahí, como en un estado de imaginación que hace parte de mi proceso. Por ejemplo, a veces me imagino las entrañas de la tierra dolidas y pienso en raíces, en los yacimientos de petróleo, en los páramos, en los lugares donde no hay comida, en los lugares donde la gente está sufriendo, y todo esto lo percibo como las raíces de la madre tierra sufriendo. Es un estado de dolor al que trato de entrar y, a partir de eso, entra el pensamiento indígena y me ayuda a suavizar esa sensación. Creo que también mi trabajo está tratando de movilizar; no es dar un mensaje ni ser directa con el tema, porque creo que se puede hacer también desde otro lugar. Trato de explorar esa sensación y volverla un poquito más sutil y suavizar ese dolor con lo que hago", contó.
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