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La venezolana que salva del hambre a 300 niños en Vichada

Hace ocho años, Naiyeska Rodríguez salió de Venezuela buscando nuevas oportunidades y un propósito de vida. En Puerto Carreño, sede del comedor comunitario donde adopta y alimenta a niños en situación de indigencia o vulnerabilidad, encontró ambos.

La venezolana que salva del hambre a 300 niños en Vichada
A inicios de 2026, su trabajo fue galardonado por el Premio Mujer Cafam.
Foto: Miguel Angel Velandia.

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Al comienzo la sopa solo alcanzaba para unos cuantos niños. La cocina, mal dotada, albergaba sazón y buenas intenciones, pero trastes incompletos y despensas vacías solo permitían llenar de alimento unos 30 estómagos. Niayeska Rodríguez acababa de llegar de Venezuela, el país que la vio nacer y crecer, pero en el que debido a la crisis humanitaria compleja el hambre se disparó. Llegaron las “vacas flacas” para ella y sus connacionales, según recuerda. También había experimentado tiempos recios en suelo colombiano: como mujer migrante, no consiguió oportunidades de empleos formales y sus dos hijas dependían directamente de ella. Aún sin ingresos y chances de autonomía financiera, decidió que ayudaría a los otros antes que a ella.

Se propuso que Puerto Carreño, la ciudad que la recibió, nunca más vería a un niño con hambre o enviado a la cama con mordiscos en el vientre. Eso fue hace ocho años. Hoy, Naiyeska dirige el Comedor Comunitario Hogar de la Misericordia, una fundación que da alimento al menos a 300 niños a la semana y que también ha abierto sus puertas para adoptar niños que no tenían un hogar.
El comedor se inició con un fogón artesanal que alimentaba de calor una olla postrada en una banqueta hecha a mano. “Ni mesones teníamos, pero sí voluntad por mis niños”, recuerda.

Su familia, más allá de hijas y parientes que están pendientes de ella, ahora son los niños: algunos que llegaron sin saber cómo al comedor comunitario y otros que, después de tanto andar por las calles de Puerto Carreño, optaron por quedarse con Naiyeska, pues ella les ofrecía amor, refugio y comida, tres cosas que estaban ausentes en sus vidas.
Su trabajo ha sido reconocido tanto por organizaciones sociales como por las autoridades locales de Vichada, quienes aplauden el aporte que esta mujer hizo al afrontar su duelo migratorio, la travesía de cruzar una frontera y, una vez en su destino, crear una organización que le apuesta al futuro y dignidad de los menores de edad en Vichada.
Incluso, en 2026 fue finalista de los Premios Mujer Cafam al ser considerada como “una mujer clave que brinda alimentación, cuidado y protección a población vulnerable y migrante (…) Naiyeska es un ejemplo de servir para sostener la vida” en Vichada.

Un futuro para los niños

Durante todo el año, Naiyeska mueve sus influencias para mejorar la situación de los niños que la visitan y reciben comida en su fundación. Recorre calles y comercios en busca de donaciones económicas o en especie, hace alianzas para que los niños, además de un plato de comida, puedan divertirse en el hogar y desde febrero empieza las pesquisas de padrinos que puedan darles “regalitos” a los niños en Navidad. Al cierre de esta edición, comenta con preocupación que una de sus grandes angustias es que “el niño Dios no llegue a tiempo al Vichada este año (…) Todos merecen crecer felices y con afecto”.

Así consiguió que una carnicería de Puerto Carreño le done periódicamente los huesos que les dan sabor a las sopas del fin de semana o que un lote desvalido en el centro de la ciudad fuera comprado y equipado para recibir semanalmente a los pequeños. También le apostó a su persuasión para conseguir un televisor y darles la oportunidad a los niños de ver, por primera vez en sus vidas, una película. Con insistencia, una agencia de EE. UU. le donó USD 300 mensuales para costear los insumos que se transformarán en comida preparada para “sus muchachos”.

A los pasillos del comedor comunitario y ahora fundación de paso, Naiyeska ha recibido en su mayoría a niños indígenas de poblaciones cercanas a Puerto Carreño, pequeños oriundos de la capital del Vichada e incluso ha duplicado esfuerzos para que la comida y la caridad alcance para unos cuantos migrantes que vienen de Venezuela o se asientan temporalmente en el municipio mientras continúan con su tránsito.

“De tanta necesidad que tuve aquí en Colombia, con mis dos hijas viviendo en arriendo o con lo poquito que lográbamos al día, creé este proyecto que hoy los apoya. Hoy somos una familia y hacemos lo necesario, sea barrer, oficios domésticos o desbastar lotes para que la comida siga semana tras semana para ellos”, comenta Naiyeska.

Alimentando el futuro

En todos sus años de cocinera y trabajadora social en Puerto Carreño, poco tiempo le ha quedado a Naiyeska para ocuparse de sí misma. La venezolana dice que su patrimonio, más que crecer, se ha visto reducido poco a poco, pues también recurre a ahorros y recursos propios para atender a los niños. Con esfuerzo pudo regularizar su estatus migratorio y obtener el Permiso Temporal de Permanencia, aunque se reafirma en que, aún sin ese documento, seguiría trabajando por los niños de Vichada.

“La mayor satisfacción en esta labor no es material. Funcionamos como podemos y con lo que tenemos. Pero la verdadera alegría se ve con los niños. Un plato de comida es más que alimento, es la oportunidad para darles futuro y cumplir mi sueño de verlos a todos estudiados, con posibilidades en el largo plazo y que sean alguien importante en sus vidas”, comenta Naiyeska.

Hace unos años hizo un negocio con los jóvenes: si querían seguir llegando al comedor, debían cumplir la condición de ir a estudiar a la escuela más cercana. Ellos aceptaron, y llevados de la mano de Naiyeska, encontraron cupo en colegios del casco urbano de Puerto Carreño.

En sus planes hay un sueño aún más ambicioso que ha venido edificando poco a poco: Naiyeska quisiera que ningún niño de Vichada o Puerto Carreño sufriera de hambre o su niñez estuviese condenada a la vulnerabilidad. Por ahora, cree que lo está cumpliendo.

“Un solo plato de comida y un abrazo de afecto contribuye a la educación y el futuro de la niñez en el departamento. Quisiera un albergue más grande y que más personas se sumaran a la causa para que, no tan lejos, todos los niños pudieran encontrar comida y futuro en este comedor”, concluye Naiyeska.

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