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Hace poco, en «Letra y dolor», Julio César Londoño (a quien le debo buena parte de mis planas) escribió dos sentencias lapidarias contra la felicidad: que los ensayos sobre ella son ñoños y tristes, y que la felicidad, como todos los sentimientos positivos, es estéril para el pensamiento. Le concedo casi todo. El dolor es el principio del pensamiento y quizás también de casi toda la buena literatura. Nadie, en mitad de un buen almuerzo, se pregunta de dónde vinimos o por qué el mundo es como es. Pero no creo que la felicidad sea estéril; me parece que es muda. Si es verdadera, se basta a sí misma y, a diferencia del dolor, no necesita lector ni oyente.
También estoy de acuerdo en lo de la ñoñería, aclarando que lo ñoño y triste no es la felicidad en sí, sino su industria. Cuando mucha gente vende el mismo producto y mucha gente lo consume, el producto se vuelve mendaz y termina pareciéndose a su publicidad. Pascal Bruckner llama a este fenómeno «el deber de ser feliz», y basta asomarse a la estantería de novedades de cualquier librería de centro comercial para comprobarlo. Pero juzgar la felicidad por sus actuales manuales es como pretender hacerse una idea de Nietzsche por sus frases impresas en tazas y camisetas.
Hubo un tiempo en que la felicidad (eudaimonía) no era un sentimiento sino una práctica, un modo de vida. En particular, Aristóteles y las escuelas helenísticas (cínicos, estoicos, escépticos y epicúreos) le reservaron la importancia que hoy le damos al fútbol. Para ellos era el telos, el fin último de la vida y la razón de ser de la filosofía. De todos, el más calumniado fue Epicuro. Hacia el 306 antes de Cristo, adquirió un terreno en las afueras de Atenas y abrió allí su Jardín en el que convivían hombres, mujeres y esclavos. Su precepto principal parece sencillo: «El placer es el principio y el fin de la vida feliz». Esto le costó veintitrés siglos de desprestigio, porque pocos se fijaron en que el placer epicúreo no era otra cosa que la ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en el alma. El escándalo del Jardín se basó en que Epicuro consideraba que un hombre que no temiera a los dioses ni a la muerte, con pan, agua, un poco de queso y la conversación con los amigos, sería feliz.
La calumnia empezó temprano (un estoico, Diotimo, hizo circular cincuenta cartas obscenas con la firma de Epicuro), pero fue el cristianismo el que la volvió doctrina. Agustín dedica el libro XIX de «La ciudad de Dios» a desmontar a los filósofos que buscaron la felicidad en esta vida y que pretendieron «con extraña vanidad ser en la tierra bienaventurados». Tomás de Aquino le concedió a la felicidad terrena el estatuto de beatitud imperfecta y dejó escrito que la verdadera y perfecta no puede tenerse en esta vida, asumiendo que hay otra.
El cristianismo no abolió la felicidad; la expropió y la dejó como el pariente pobre. La traspuso al más allá y la convirtió en la gracia divina. El problema es que la gracia, a diferencia de la virtud, no se ejercita: se recibe. Desde entonces la felicidad dejó de ser una práctica y se convirtió en una espera o un premio. También Dante sepultó a Epicuro y a todos sus seguidores en tumbas de fuego, en el sexto círculo, porque Epicuro pregonó que el alma moría con el cuerpo.
El romanticismo, por su parte, creyó rebelarse contra el cristianismo y terminó heredándolo. Le dio el nombre de amor romántico a la misma gracia, pero secularizada, porque el amor, al igual que la gracia, no se cultiva, llega; no depende de nosotros, nos ocurre. De este modo, la felicidad dejó de esperarse del cielo y empezó a esperarse de otra persona, que viene siendo como otra divinidad, pero más caprichosa. En el libro «El amor y Occidente» Denis de Rougemont rastreó ese mito desde Tristán e Isolda hasta la novela moderna y lo resumió en una frase memorable: «El amor feliz no tiene historia». Solo el amor amenazado o imposible merece poesía o novela.
Que la felicidad sea estéril para el pensamiento es una herencia del romanticismo y no una ley de la naturaleza. Rougemont la llamó una enfermedad de Occidente y nosotros la adoptamos como preceptiva literaria. Esto no quiere decir que sea falsa; solo resalta su carácter histórico. El romanticismo nos legó a Werther y a Leopardi, lo cual no es poca cosa.
Me queda una sospecha: quizás la felicidad tiene mala prensa por la misma razón que la tienen los vecinos solitarios y tranquilos que nunca dan declaraciones ni se exhiben. Hay, sin embargo, dos vecinos que sí declararon. Epicuro, en su carta de despedida, hablaba de una retención de orina y una disentería que no admitían aumento, y aun así llamó feliz a ese día, que era también el último de su vida. Montaigne, torturado por los cálculos renales, compuso en «De la experiencia» su elogio de la vida común: «Cuando bailo, bailo; cuando duermo, duermo». En ninguno de los dos falta el dolor, pero en ninguno manda. Es la circunstancia del pensamiento, no su principio.
Quizás sea cierto que el dolor nos obliga a pensar y que los ensayos sobre la felicidad terminan siendo tristes. Este, al menos, lo es: cuenta cómo la perdimos.
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Rilke(ne3n9)•Hace 24 minutosImportante que los -coach-ontológicos – que andan sueltos en el mundo empresarial, consideren la perspectiva que se presenta aquí sobre la felicidad como práctica y no la que ellos ofrecen "estéril" y "muda". Gracias.
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Juan(58933)•Hace 7 horasconsumir el camino a la felicidad terminará en una enorme decepción con los bienes durables de consumo que acumulan en sus casas" Es una opinión.
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Juan(58933)•Hace 7 horasAndrés: gracias por la columna. Me llamo la atención el último renglón "cuenta cómo la perdimos" Me recuerda a Jeremy Adelman, en el libro: "El idealista pragmático. La odisea de Albert Hirschman" menciona tres elementos de la felicidad: no dura para siempre, se distribuye inequitativamente y tiene en la decepción una fuerza compensatoria. ¿El problema? "es que ahora nuestro entusiasta ciudadano privado va a encontrarse con múltiples decepciones, en la medida en que su inclinación por
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Drizku(32497)•Hace 12 horasBuen jalao, Andrés, decimos acá en la Costa Caribe cuando elogiamos algo escapado de la normalidad.
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Mar(60274)•Hace 14 horasBuen análisis.
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Emilie Teste(dv608)•03 de noviembre de 2026 – 19:51¡Fabulosa! Que buena forma de darle luz a la felicidad como modo de vida y no como estado o post en una red social. Si bien la felicidad no es igual para todos, el objetivo de encontrar la felicidad en nosotros mismos, de estar y conocerse a si mismo es una muestra de que todo se encuentra dentro de sí.
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Ángela Maria(19738)•03 de noviembre de 2026 – 17:52Excelente analisis, gracias.
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Adriana Ivonne Astrid(87955)•03 de noviembre de 2026 – 17:03Me refiero al tal Brayan
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Adriana Ivonne Astrid(87955)•03 de noviembre de 2026 – 17:00Asombro: ante tanta sabiduria y sin estrenar las neuronas.
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Alberto(3788)•03 de noviembre de 2026 – 16:59Muy interesantes recorrido y análisis, gracias.
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@;-)=B:-(=(4444)•03 de noviembre de 2026 – 16:54Fabulosa su columna. Gracias.
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Brayan Tibocha(jbw8b)•03 de noviembre de 2026 – 15:53Si JC Londoño fue su profesor, le puedo garantizar que usted no va a alcanzar sus metas, porque JC Londoño es la mediocridad en pasta.
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David(0vhxw)•03 de noviembre de 2026 – 15:33La. Gy78 tv. esquiva de toda
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Gines de Pasamonte(86371)•03 de noviembre de 2026 – 14:15¡“Nada hay más parecido al infierno que un matrimonio feliz”! “Lo cierto es que la felicidad no es como dicen, que solo dura un instante y no se sabe que se tuvo sino cuando ya se acabó. La verdad es que dura mientras dure el amor, porque con amor hasta morirse es bueno”. De: “Diatriba de amor contra un hombre sentado” de Gabo.
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Atenas(06773)•03 de noviembre de 2026 – 14:52¡Jajaja jaja jaja jaja!, de lo es imposible decir bajo raciocinio propio y mejor echan mano de lo q’ dicen otros con frases celebres.¡Jajaja jaja jajaja! Atenas
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Lucila(60806)•03 de noviembre de 2026 – 14:02Excelente alumno,profesor Londono!!! Muy buena esa sîntesis generosa,porque abarca muchos anos y muchos autores. Gracias!!!
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Laura(16509)•03 de noviembre de 2026 – 12:51Me encantó. Lo interesante está en entender qué entendemos por felicidad, y cómo lo usamos a partir de definiciones heredades que no han sido la misma a lo largo de la historia. Estudiar el concepto de “Eudaimonia” nos muestra exactamento eso. Gracias por explorar el tema más, buena columna y buena réplica a Julio Londoño, cuya columna también me gustó.
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Jose(91028)•03 de noviembre de 2026 – 12:27Este tema es resbaloso. No hay como tomarlo con certeza. Creo que Thich Nat Hanh ,el lama vietnamita ,tiene razòn en afirmar que la Felicidad es disfrutar totalmente el segundo del presente. El pasado se usò y el futuro es solo una posibilidad