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No es bueno sufrir pero es bueno haber sufrido, dijo para siempre san Agustín, la inteligencia más aguda de la cristiandad. Escribió sobre cosmología porque fue teísta y sobre la desdicha porque sabía que los ensayos sobre felicidad son ñoños y tristes. Si usted piensa que la felicidad es mejor que la tristeza, cuente con mi apoyo y el de Pambelé y el patrocinio de Instagram.
En cambio, las grandes obras del dolor son de una felicidad perenne. A este género pertenecen las baladas, los mejores poemas, las tragedias griegas, las novelas rusas y los aforismos de los filósofos cínicos. Sí, hay «literatura positiva» buena pero tiene un defecto mortal: pasa por el espíritu como la luz por el cristal, sin romperlo ni mancharlo, y va directo al tiesto del olvido.
El segundo gran defecto de la felicidad en particular y de los sentimientos positivos en general es que son estériles para el pensamiento. La bondad de la madre, el brillo de la felicidad, la fuerza del amor y ese roble, la amistad, son sentimientos tan perfectos que no estimulan el pensamiento ni la imaginación. Se agotan en la esfera misma de su perfección… y además, digámoslo con franqueza, el roble, la amistad y las madres suelen flaquear con el paso del tiempo.
En la literatura colombiana hay tres libros sobre el dolor que tienen tres vueltas de tuerca tremendas: enfrentan la pena mayor, la muerte; la más dolorosa, la muerte del hijo, y de la peor manera, el suicidio. El primero es La luz difícil de Tomás González, la historia de un pintor que acompaña a su hijo en un viaje por carretera hacia un Estado donde lo esperan el quirófano y la eutanasia. Luego el padre aprende a vivir en un mundo sin colores y se refugia en su habilidad para mirar las cosas con una luz que no elimina las sombras pero les da forma y sentido.
La luz del título es una metáfora de los destellos mínimos que el pintor busca en los reflejos de la luz en el agua y en las pausas que la vida ofrece incluso en sus momentos más crueles. González narra la tragedia sin altisonancias, con una prosa sobria y con una filosofía que no pretende soslayar el sufrimiento ni resolver el dilema moral de la eutanasia. Su apuesta es más humilde: demostrar que la vida conserva, incluso herida de muerte, instantes de plenitud.
El segundo libro, Lo que no tiene nombre, es la crónica de Piedad Bonnett sobre la vida y la muerte de su hijo, el pintor Daniel Segura Bonnett. No hay en la historia de las letras un relato que mantenga, con una perfección formal pasmosa, una tensión más insoportable. ¿Cómo se puede ser la mamá del suicida y al tiempo la cronista precisa? ¿Cómo se puede morir de amor sin perder el pulso literario? ¿Cómo logró Piedad hacer de tripas corazón y estilo? O, para decirlo con sus palabras, qué fue peor: imaginar al mundo sin Daniel o a Daniel sin el mundo. Nadie lo sabe, ni siquiera ella.
El tercer libro es Cartas para un duelo, de Alejandro García, un médico de cuerpo atlético y sonrisa grande y abierta. Viéndolo, nadie adivina que viene del infierno ni que es invulnerable porque está frito desde el día en que un sonido sordo lo sobresaltó: era el golpe del cuerpo de su hija contra el asfalto de la calle. Había saltado desde un piso 15. María era bella, inteligente, tenía 17 años y mantenía relaciones tranquilas con sus padres y sus amigos. Ese día Alejandro también se murió. Luego empezó a escribirle cartas a la muerta, a su niña.
Entre paciente y paciente, Alejandro escribe. De noche lee libros, ojalá dramáticos. Los fines de semana ve varias películas, siempre en salas de cine, siempre películas dramáticas. A veces Angélica, su esposa, y Gabriela, su otra hija, se lo llevan a andar el mundo hasta que vuelve al consultorio, a sus pacientes y a las cartas.
Alejandro escribe para mantener viva a su hija, para contarle noticias de la casa y del mundo, para repasar con ella viejos recuerdos… y para averiguar por qué saltó. No son textos sobre el dolor: son el dolor mismo y, por paradoja, inteligentes y felices. En esto se parece a Rulfo: el dolor y la muerte cantadas con una prosa feliz y económica.
Aunque estoy orgulloso de mi trabajo y de mis planas, mataría por escribir como Alejandro. Sería feliz si pudiera conservar lo que sé de este oficio y, al tiempo, jugarme la vida en cada línea, como él, escribir con sangre y tener fe en que mis muertos me escuchan.
Sus cartas son preciosas porque están escritas con una prosa rápida, con un estilo que combina la concisión del aforismo y la generosidad de la narración, con una inteligencia que no parece de este mundo, un escepticismo sin humildad ni soberbia, y una percepción de gran angular, del hombre que no puede perder nada porque ya lo perdió todo. Entonces llena cuadernos y cuadernos interrogando al universo con un estilo que nos recuerda las elegantes blasfemias de los cínicos, con un humor capaz de disolver el diamante y una prosa potente y desordenada que delata la frenética velocidad de su pensamiento, su incontrolable impaciencia.
A las 10 a. m. de hoy sábado presentaré, junto con Betsimar Sepúlveda y Óscar Losada, Cartas para un duelo en el auditorio de Tecnoquímicas de la Feria del Libro de Cali.
Fuente, «Cartas para un duelo», Alejandro García, 3155937567.
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Tulio Claudio(70717)•Hace 6 minutosYa la letra no duele, ahora los que lloran son los algoritmos, aunque no tengan sentimientos, ya muy pocas letras duelen con la risa del llanto, solo va quedando Agustín de Hipona para recibir en la ciudad de dios a don Tomás de Aquino. Aquí no maman gallo solamente los discípulos de García Márquez, todos los colombianos somos así, empezando por los escritores de izquierda.
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Gines de Pasamonte(86371)•Hace 38 minutosLos hijos deben enterrar a sus padres y no al revés, lo cual responde a un orden natural de la vida, entendida como el ciclo cronológico en el que los mayores parten primero, lo contrario es violentar este ciclo con el dolor concomitante que tal situación conlleva. ¡Aquí el asunto es SOBREVIVIR al suicidio del hijo(a)! En “El mito de Sísifo”, Albert Camus plantea que el gran problema filosófico es el suicidio. Cuando un hijo se quita la vida, los padres son arrastrados con violencia al absurdo.
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Julio Roberto Arenas C.(3f359)•Hace 1 horaCierto, la felicidad es estéril para la literatura. Es más, si uno es feliz para qué diablos se sienta uno a escribir, salvo por vanidad. Si uno no lo es, uno necesita escribir o hacer cualquier otra cosa para salvarse, para no caer en el abismo, o al menos para no caer solo. Y hay quien lee para sentirse acompañado mientras cae lentamente por el precipicio. Otros leemos por puro placer, o para darnos importancia. Por todo lo anterior, los libros de autoayuda son un bodrio insufrible.
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Dionisio(cvtsc)•Hace 2 horasHay un musical titulado "¿Quién mató a Hector Lavoe?". La misma pregunta podría hacerse sobre Daniel Segura. Un artista sin dinero con los valores de los estudiantes del Anglo Colombiano no sobrevive en NY, se rompe el espíritu. Lo que logró el maestro Fernando Botero está al alcance de muy pocos –y se necesitan otros valores.
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Andrés C.(50037)•Hace 3 horas¡Excelente tema! Sin duda, el dolor no es solo la materia de la buena literatura, es el principio del pensamiento, pero no creo que la felicidad sea estéril; creo que es muda, y si es verdadera, es solitaria: se basta a sí misma. El dolor necesita un lector, aunque sea abstracto o el más imposible de todos. Los Ensayos de Montaigne, por ejemplo, partieron de un dolor: la pérdida de su amigo La Boétie y terminaron siendo leídos por reyes, lacayos y nosotros, los mundanos.