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La próxima semana iniciará en Antalya, Turquía, la COP31, la conferencia más importante del mundo en la lucha contra el cambio climático. Casi todos los países del mundo (198) se reunirán, como cada año, para negociar acuerdos legales y compromisos climáticos obligatorios, como el histórico Acuerdo de París, en el que los países pactaron mantener el incremento de la temperatura media mundial muy por debajo de los 2 °C respecto a los niveles preindustriales (1850-1900), y continuar los esfuerzos para limitarlo a 1,5 °C.
Sin embargo, la nueva cita se da en medio de un panorama poco esperanzador. A finales de octubre, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, aseguró que el mundo “ya no puede evitar sobrepasar el límite de 1,5 grados”. Las declaraciones se dieron en el marco de la presentación del informe anual del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) sobre la brecha de emisiones, publicado el 21 de octubre.
Ese informe señala que la acción climática no ha avanzado lo suficientemente rápido para evitar que el calentamiento global supere los 1,5 °C. Incluso en un escenario optimista, en el que los gobiernos cumplan todos sus planes climáticos nacionales y sus compromisos adicionales de alcanzar cero emisiones netas, el aumento máximo de la temperatura llegaría a 1,8 °C.
Para Guterres, este panorama ya tiene “consecuencias devastadoras”, como inundaciones mortales, olas de calor brutales, incendios forestales arrazadores, vidas perdidas, economías paralizadas, desigualdades cada vez más profundas. “Quienes menos responsabilidad tienen son los que sufren primero”, sentenció.
Muchos de esos efectos han estado ampliamente documentados por la ciencia. Sin embargo, hay un campo en el que todavía persisten vacíos importantes, pese a que cada vez recibe más atención de los investigadores: las consecuencias del cambio climático sobre la salud mental.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta crisis global exacerba numerosos factores de riesgo sociales y ambientales que afectan a la salud mental y provocan problemas psicosociales. Eso puede ocurrir por tres razones, principalmente: la exposición directa a fenómenos extremos (inundaciones, incendios, sequías); los impactos indirectos, como desplazamientos forzados, pérdida de medios de vida o inseguridad alimentaria; y la angustia que produce pensar en las consecuencias futuras del deterioro ambiental.
Un problema que se agrava
Estos efectos se suman a una situación mundial de salud mental que, incluso sin tener en cuenta el cambio climático, ya es compleja, de acuerdo con la OMS. Las cifras publicadas por la organización en septiembre de este año señalan que a escala mundial, más de mil millones de personas tienen una afección de salud mental. En ese contexto, la crisis climática añade nuevos riesgos y puede profundizar dificultades que ya existían.
Un ejemplo que entrega la OMS en uno de sus informes publicado en 2022 es el de la contaminación del aire durante periodos de altas temperaturas. Esta situación, señalaba en ese entonces, puede provocar enfermedades respiratorias que aumentan la demanda de servicios de salud, reducen la movilidad y la capacidad de trabajo. Todos estos factores, advertía, pueden derivar en consecuencias para la salud mental que van desde un estrés o molestias leves hasta el desarrollo de trastornos de salud mental, especialmente en entornos de bajos ingresos.
También puede ocurrir cuando hay sequías que alteran considerablemente la producción agrícola y provocan la pérdida de medios de vida. Esto, a los ojos de la OMS, puede sumir “a muchas comunidades en la pobreza, un factor estrechamente vinculado a diversos trastornos mentales comunes”. Asimismo, agrega, pueden derivar en escasez de agua e inseguridad alimentaria; ambos fenómenos repercuten negativamente en la salud mental y elevan el riesgo de padecer trastornos mentales.
Gran parte de estos ejemplos se basan en la información de la Sexta Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), una de las revisiones científicas internacionales más exhaustivas sobre el cambio climático. Durante ocho años, miles de expertos evaluaron investigaciones de todo el mundo para establecer las causas, los impactos y los riesgos de la crisis climática, así como las medidas para enfrentarla.
Esta sexta edición aborda en uno de sus capítulos los efectos en la salud y el bienestar de las personas. El IPCC explica que esas consecuencias dependen de factores como el lugar donde viven, las condiciones económicas y sociales, la exposición a fenómenos extremos y las características individuales.
Sin embargo, los riesgos directos son mayores para las personas con trastornos mentales preexistentes, lesiones físicas o enfermedades respiratorias, cardiovasculares y reproductivas, con impactos indirectos que pueden surgir del desplazamiento, la migración, el hambre y la malnutrición, la degradación o destrucción de los sistemas de salud y asistencia social, el conflicto y las pérdidas económicas y sociales relacionadas con el clima.
También, explica el IPCC en su sexta evaluación, los factores demográficos que aumentan la vulnerabilidad incluyen la edad, el género y el bajo nivel socioeconómico. “En general, se prevé que el cambio climático aumente la desigualdad en la salud mental en todo el mundo”, se lee en uno de los apartados.
Pese a que la evidencia sobre estos efectos es sólida, no existen estudios que cuantifiquen dichos riesgos. Asimismo, el panel sostiene que es posible que existan algunos beneficios para la salud mental y el bienestar asociados con una menor cantidad de días muy fríos en invierno; pero la investigación es inconsistente. “Se proyecta que cualquier efecto positivo asociado con la reducción de días de bajas temperaturas se vea contrarrestado por los efectos negativos del aumento de las altas temperaturas”, señala el informe.
La angustia de vivir en un planeta que se deteriora
Pero el cambio climático también puede afectar la salud mental sin que una persona haya sufrido directamente una de sus consecuencias. En los últimos años, han surgido conceptos para describir las respuestas emocionales ante la crisis climática, que pueden manifestarse en forma de angustia persistente, preocupación y síntomas físicos o cambios de comportamiento que interfieren con la vida cotidiana.
Algunos lo llaman solastalgia, ecoansiedad, malestar ambiental, duelo ecológico o malestar psicológico relacionado con el clima, y se refieren a un “trastorno pretraumático”, es decir, al miedo que aparece antes de que ocurra un evento climático extremo.
“Las personas y las comunidades pueden experimentar emociones intensas ante un clima cambiante, tales como tristeza, miedo, desesperación, impotencia y duelo”, menciona la OMS en su informe de 2022 y añade que muchas de estas reacciones pueden considerarse respuestas “comprensibles y coherentes ante la magnitud de la crisis a la que se enfrenta el mundo”.
Sin embargo, recalca que es importante seguir estudiando estos conceptos, lo que coincide con un estudio publicado en marzo de este año en la Revista Médica del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Tres docentes de la Universidad Central del Ecuador analizaron el impacto de la ecoansiedad en jóvenes de América Latina y el Caribe. Para hacerlo, revisaron seis investigaciones, que cumplían con las condiciones que buscaban, realizadas entre 2022 y 2025.
En términos generales, encontraron que los adultos jóvenes (entre 18 y 25 años) resultan especialmente vulnerables: entre el 70 y el 84 % expresan preocupación moderada o extrema por el cambio climático, y más del 45 % cree que afectará de manera negativa su vida diaria. En Brasil, el 67% reportó altos niveles de inquietud.
Entre los factores asociados con un mayor riesgo se encontraron ser mujer, tener antecedentes de ansiedad, percibir que los gobiernos no actúan frente a la crisis climática y haber estado expuesto a fenómenos climáticos extremos.
Los autores, no obstante, son enfáticos al mencionar que la ecoansiedad es un fenómeno emocional emergente con diferentes en las definiciones, criterios diagnósticos y factores asociados que dificultan la comprensión integral del fenómeno y limita el desarrollo de intervenciones efectivas.
Pese a esto, tanto los autores de este estudio como la OMS y el IPCC coinciden en que es necesario seguir investigando para comprender mejor estos conceptos, identificar los factores de riesgo que predisponen a las personas a vivir estas experiencias y determinar si se requieren acciones específicas de prevención y respuesta. La COP31 podría ser un escenario para poner la discusión sobre la mesa.
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