¿A dónde van las tortugas marinas en su "año perdido"?

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Para descubrir uno de los grandes misterios de la vida de estos reptiles, científicos de EE.UU. persiguieron a 17 ejemplares que al nacer emprendieron un viaje transatlántico desde la Florida.

Hay un período en la vida de las tortugas marinas que por años ha sido un misterio indescifrable para los biólogos, pero sobre el que ahora existen más respuestas.

Poco se sabía acerca de lo que ocurre después de que las tortugas nacen y se sumergen por primera vez en el mar. Es como si desaparecieran y volvieran a dejarse ver un año después, siendo ya individuos juveniles.

Este lapso, bautizado por los científicos como el “año perdido”, sirvió de excusa para que el Grupo de Investigaciones sobre Tortugas Marinas de la Universidad de Florida (EE.UU.) trabajara en la implantación de sensores y el monitoreo de 17 ejemplares de tortugas bobas (Caretta caretta) que emprendieron un viaje desde la Florida hasta el océano Atlántico, semanas después de nacer.

Nunca se había logrado algo similar. Los intentos que se habían hecho para rastrear a estos reptiles fracasaron debido a que los investigadores intentaban fijar etiquetas de radio demasiado grandes comparadas con las pequeñas dimensiones de las tortuguillas, lo cual terminaba por impedir que los reptiles se movieran con naturalidad, y aunque con el tiempo el tamaño de las etiquetas se redujo, el de las baterías se mantuvo, de modo que nada se resolvía.

Kate Mansfield, bióloga marina de la Universidad Central de Florida, fue quien decidió experimentar instalando en las tortugas pequeñas etiquetas con paneles solares que hasta ahora sólo se habían utilizado en el rastreo de aves. De forma exitosa se implantaron los 17 sensores en tortugas bobas que nacieron en playas de la Florida y que permanecieron tres meses y medio en el laboratorio mientras crecían lo suficiente para cargar el transmisor.

Por primera vez se pudo hacer un seguimiento satelital de los recorridos que realizaron durante siete meses por el Atlántico. Pasado ese tiempo se desprendió el último sensor de los animales.

Con la información obtenida se concluyó que durante ese año las tortugas oceánicas rara vez viajan en aguas de la plataforma continental, es decir, durante ese primer año se mantienen muy lejos de las costas.

Los científicos vieron cómo estos reptiles se movían hacia las corrientes asociadas al Atlántico Norte, penetrando diferentes bahías y estuarios. También encontraron que aparentemente se formaban congregaciones en ciertos lugares donde había alimento y temperaturas templadas.

En cuanto a las pequeñas tortugas se pudo comprobar que pasan gran parte del tiempo en la superficie o cerca de ella, debido a que buscan calentarse con la luz del sol. Esto llevó a los científicos a concluir que requieren mantener su temperatura más alta de lo que se pensaba, lo que implica que su metabolismo es bastante elevado y que probablemente crecen más rápido de lo que se pensaba.

Aunque es de suponer que esta investigación no aclara del todo el misterio sobre el año perdido de las tortugas, sí arroja buenas pistas para conocer mejor la vida de estos reptiles marinos, en particular de las especies que requieren de protección urgente, como la tortuga de carey, sumamente disminuida por quienes se aprovechan de su valiosa concha.

ESPECIES AMENAZADAS

*EL CAMBIO CLIMÁTICO LES ESTÁ MODIFICANDO EL SEXO
El calentamiento global podría causar que un mayor número de tortugas marinas nazcan hembras, poniendo en riego la supervivencia de algunas especies.

Teniendo en cuenta que la temperatura de las arenas donde se incuban los huevos determinan el sexo de los individuos, un estudio publicado esta semana por la revista ‘Nature Climate Change’ concluyó que si aumenta la temperatura de los suelos la mayoría de crías resultarán hembras.

*BUSCAN CULPABLES DE LA MUERTE DE UN TINGLAR
Autoridades puertorriqueñas buscan desde ayer a los responsables de la muerte de un ejemplar de tinglar, la tortuga marina más grande del planeta y una especie en peligro de extinción.

El animal fue encontrado en la costa sureste de la isla con signos de haber sido fuertemente golpeado en la cabeza antes de morir. Aunque la caza y comercialización de estas tortugas está prohibida, los agresores de tinglares sacan provecho de su carne y sus huevos, que se venden ilegalmente.

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