Entre la gran biodiversidad de la Amazonia brasileña, existe un grupo particular de insectos: las cigarras, que viven la mayor parte de su vida como ninfas subterráneas. En otras palabras, tienen una etapa juvenil en la que habitan bajo el suelo, donde pueden pasar años alimentándose de la savia de las raíces. Además, a través de un proceso llamado bioturbación, excavan un complejo sistema de túneles por los cuales se desplazan.
Cerca del final de su estado como ninfas, antes de convertirse en adultas, algunas especies de cigarras, como Guyalna chlorogena, construyen torres sobre el suelo, que pueden alcanzar hasta 40 centímetros de altura. Sobre su cabeza llevan una mezcla de arcilla y orina, y la empujan hacia arriba desde el interior de las torres. Allí permanecen durante varios meses hasta que, eventualmente, rompen la parte superior de esas estructuras y se quedan en la punta, desde el atardecer hasta la madrugada, para completar su metamorfosis, tras la cual les aparecen alas.
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Aunque se trata de animales relativamente comunes en la selva amazónica, todavía falta mucho por conocer sobre ellos. Sigue siendo un gran enigma, por ejemplo, la razón por la que construyen estas torres y para qué funcionan. “Es una situación muy interesante, pero desconocida”, dice Izadora González, bióloga con una maestría en Ecología y coautora de un reciente artículo publicado en la revista Biotropica.
Hasta entonces, la investigadora y sus colegas encontraron solo un estudio que describía ese comportamiento de las cigarras, pero no había mayores explicaciones sobre el propósito de las torres. Es por ello que, cerca de la ciudad de Manaos, un grupo de estudiantes y profesores se propuso indagar sobre el tema y empezar a descifrar el misterio. De manera ingeniosa y recursiva, utilizaron condones para hacer experimentos con las estructuras y comprobar algunas de las teorías que tenían.
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“Pensamos que las torres podrían servir para que las cigarras recibieran señales desde arriba, mientras se mantenían protegidas bajo tierra”, cuenta González. Por su parte, Pedro Pequeno, docente, biólogo investigador dedicado a recopilar datos sobre especies de la Amazonia y también coautor del artículo de Biotropica, agrega que las torres podrían facilitar el paso e intercambio de gases, como oxígeno y CO2, entre el ambiente exterior y el subterráneo.
Pero para comprobar su hipótesis, los científicos se enfrentaban a un gran reto: el de bloquear esa función sin destruir las columnas, que suelen ser muy frágiles. “La única manera era cerrarlas, pero no romperlas”, explica González. Los preservativos terminarían por cumplir esa tarea.
Una idea poco convencional
“Cuando llegamos al campo de investigación, desde el primer día notamos que había muchas torres de cigarras a lo largo de los senderos”, cuenta Pequeno. “Nos pareció muy interesante y curioso”. La expedición en la Amazonia brasileña de la que fue parte, junto a González y otros investigadores, duró alrededor de diez días y se llevó a cabo en julio de 2025.
Se realizó en el marco de un programa de entrenamiento en Ecología Cuantitativa del Instituto Serrapilheira, una de las pocas instituciones privadas que financia la ciencia en Brasil. Tras cada convocatoria, aproximadamente 30 estudiantes son seleccionados y, en principio, durante varios meses, se enfocan en una fase en salones de clase, con herramientas matemáticas y computacionales. Luego, se dedican al trabajo de campo. Uno de los objetivos del programa es combinar esas dos competencias: la teórica y la práctica.
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Pequeno cuenta que apoyaba a los jóvenes para generar ideas de preguntas científicas sobre las que podrían trabajar mientras estaban en el territorio. Se trataba de un desafío, pues incluso si quisieran realizar experimentos o comprobar ciertas teorías, durante el trabajo de campo no se cuenta con la infraestructura ni la tecnología necesaria para ello, mucho menos en la selva amazónica. El equipo debía plantear métodos innovadores y factibles de investigación.
En este caso, González recuerda que el equipo hizo bromas sobre las torres de arcilla desde que se empezó a topar con ellas, debido a su forma cilíndrica y alargada. “Nos burlamos y dijimos que tal vez podríamos ponerles un condón. Al principio nos reímos, pero luego pensamos ‘bueno, en realidad tiene sentido’. De una broma, pasó a ser algo serio”, subraya la bióloga.
Un preservativo de látex, a diferencia de materiales como plástico o insumos como la cinta, se ajustaba al tamaño y a la forma de las torres, además de que podría impedir el paso de aire. Funcionaba para evaluar la hipótesis del intercambio de gases. Primero, el equipo hizo una pequeña prueba. “Fue muy difícil ponerlo porque las estructuras son delicadas; con un poco de presión se pueden dañar, pero funcionó”, afirma González. “Después de unas horas, vimos la punta del condón inflada, y antes no lo estaba. Eso significa que realmente se acumuló aire”.
Entonces, los científicos decidieron hacer más pruebas. Pidieron a sus colegas en Manaos que les facilitaran varios condones con los que cubrieron, desde la parte superior hasta la base, nueve torres de arcilla, espaciadas entre sí por al menos dos metros de distancia. Para asegurar un sellado completo, envolvieron la base con una película de PVC y las estructuras permanecieron de ese modo durante 18 horas.
Nuevas pistas y trabajo por delante
Pequeno explica que, además de estudiar la función de intercambio de gases, uno de sus objetivos fue identificar cómo actuaban los insectos ante la alteración con los preservativos. “Nos interesaba la respuesta conductual”, subraya. Tras el experimento, los científicos destruyeron varias columnas, con el fin de comparar qué sucedería. Cabe apuntar que cuando las estructuras se dañan o se vienen abajo, la especie Guyalna chlorogena suele reconstruirlas a su tamaño original.
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“Esta es la parte más interesante de la historia porque, de hecho, observamos que las cigarras se comportaban diferente. Las torres crecieron a ritmos distintos dependiendo de si habían sido bloqueadas con los condones o no”. De ese modo, el estudio arrojó que los preservativos podrían haber generado un estrés respiratorio para los insectos, aumentando la probabilidad de que se intoxicaran, por la acumulación de CO2. Entonces, aunque las cigarras fabricaron nuevamente las estructuras que habían sido bloqueadas, lo hicieron de manera más pausada.
Pero el crecimiento también dependía del tamaño previo de las torres, pues las más grandes serían más eficaces para reservar oxígeno y para retrasar la acumulación de gases tóxicos. “Si era una gran torre y el condón estaba ahí, tal vez el intercambio de gases no era tan estresante para el animal porque ya había mucho aire para respirar. Pero si era una torre pequeña, las cigarras estarían un poco más lentas o adormecidas, así que al día siguiente la estructura no sería tan alta como otras”.
En todo caso, los investigadores apuntan que esta interpretación sigue siendo provisional, pues todavía son necesarios más estudios para evaluar las demás implicaciones del sellado con los condones. Es decir, hace falta realizar mediciones sobre cómo este experimento altera otros factores, como la temperatura y la humedad.
Durante su trabajo, el equipo realizó más experimentos, con cebos y agua, que dieron luces sobre funciones alternativas de estas torres enigmáticas. Demostraron, por ejemplo, que debido a su altura les sirven a las cigarras para que, durante la etapa de su metamorfosis, estén menos expuestas a ser depredadas por hormigas.
González menciona que para comprender mejor este asunto, todavía queda camino por delante. “Plantamos una semilla y más personas son libres de leer nuestro artículo y estar de acuerdo o no, de contribuir, ingeniar nuevas ideas y probarlas. Eso sería genial porque las cigarras han sido muy poco estudiadas. Aún hay mucho por conocer sobre ellas”.
*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador e InfoAmazonia, con el apoyo de Amazon Conservation Team.
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