10 Sep 2022 - 12:15 a. m.

Un espacio para la Amazonia

Dos expertos de Transforma, un centro de pensamiento colombiano que promueve la acción climática y las transiciones ecológicas, analizan la situación política y ambiental de la Amazonia como un solo bioma en Colombia, Perú, Venezuela, Brasil, Ecuador y Bolivia.

Natalia Borrero Morales

Jose Luis Diaz Ramos

Genérica Opinión EE
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Foto: Diego Peña Pinilla

Ante la urgencia de detener la deforestación en la Amazonia, la sociedad civil en Brasil estableció esta semana como la fecha para conmemorar la importancia de esta selva. Al mismo tiempo que en Colombia, se anunció la creación de la Comisión Accidental de Bosques y Cambio Climático en la Cámara de Representantes; y en Perú se reunió la Coordinación de las Comunidades Indígenas de la Cuenca Amazónica (COICA) para realizar la V Cumbre de Pueblos Indígenas.

Esto es sinónimo de buenas voluntades en diferentes países amazónicos que podrían (y deberían) juntarse para establecer un plan de acción conjunto, orientado a parar la deforestación y degradación de este ecosistema fundamental, pues cada vez sentimos más los impactos de su deterioro.

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Desde finales de agosto, los titulares no dejan de reportar los incendios forestales en Brasil, a los que Colombia no es ajena. La calidad del aire en Bogotá se está viendo afectada por cuenta del aumento del material particulado producto de estas quemas, que llega hasta la ciudad. Incendios forestales que no solo ocurren por razones naturales, sino que son causados de manera deliberada para habilitar tierras para proyectos ganaderos y de agroindustria, entre otros. Deforestación que no solo causa la mayor pérdida de biodiversidad, sino que además es la principal amenaza para alrededor de 400 pueblos indígenas que habitan en ella (en las últimas semanas también se conoció de la muerte del Indio del Hoyo, quién vivió por más de 20 años aislado después de la masacre de su pueblo); y en muchos países de la región, entre ellos Colombia, Perú, Bolivia y Brasil es la principal fuente de emisiones de Gases de Efecto Invernadero.

Los datos de deforestación en la Amazonia son muy preocupantes. Desde 2019, cuando Jair Bolsonaro tomó posesión como presidente de Brasil, en este país se ha deforestado casi el doble del área de Taiwán; y el escenario puede empeorar, pues ante la posible derrota de Bolsonaro en las próximas elecciones, los grupos que promueven la deforestación parecen estar apurando el paso para seguir cometiendo sus acciones sin repercusiones. También Perú alcanzó su cifra de deforestación más elevada desde comienzos de siglo en 2020, al igual que Bolivia. Por su parte, en 2021, en Colombia, se deforestaron 174 mil hectáreas, 1.4% más que en 2020.

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Ningún país amazónico está siendo exitoso en su lucha contra la deforestación. Pero incluso si alguno lograra encontrar el camino, se necesitaría que los otros siete países también avanzaran en sus estrategias, pues cuando hablamos de la Amazonia nos referimos a un solo bioma, que no se divide por límites geopolíticos ni fronteras antropogénicas. Así lo establece el Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA), firmado en 1978, que reconoce la naturaleza transfronteriza del bioma. Sin embargo, más de 40 años después de su adopción, poco se ha avanzado en una acción regional eficaz de cooperación amazónica.

Entonces, en este momento crucial para la acción climática global, regional y nacional, ¿cuál es el plan regional para la Amazonia?

En 2019, siete de los ocho países Amazónicos, menos Venezuela, firmaron el Pacto de Leticia que cuenta con 16 mandatos relacionados con la valoración de los bosques, la concertación de iniciativas, el intercambio de experiencias, mecanismos de cooperación regional, financiación, entre otros. Un Pacto que puede leerse como un avance respecto a la coordinación regional, pero del que aún no se sabe cuál será su continuidad bajo las perspectivas de los nuevos gobiernos, como el de Gustavo Petro en Colombia; el de Pedro Castillo, en Perú; y, el inminente nuevo presidente de Brasil.

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El mandato 15 del Pacto habla de trabajar conjuntamente para fortalecer la financiación para conservar la Amazonia. Pero hasta el momento los países parecen estar más enfocados en hablar con otras naciones que en tejer los puentes y acciones entre las amazónicas. Por una parte, Gustavo Petro se ha pronunciado con llamados a países desarrollados para aumentar la financiación. Por otra parte, Lula da Silva, candidato que va liderando las encuestas a la presidencia de Brasil, está promoviendo una alianza entre Brasil, Indonesia y la República Democrática del Congo para la COP27, de este año, que busca presionar a países desarrollados a financiar la conservación.

Estos llamados y exigencias para financiar la conservación de la Amazonia son fundamentales y necesarios, pero, de nuevo, ¿cuál es el plan? ¿En qué acciones concretas se van a utilizar esos recursos? ¿Cómo puede fortalecerse la relación y la acción entre los países amazónicos en este sentido?

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Debemos hacer operativos los mecanismos existentes con acciones concretas pero también generar un espacio de coordinación recurrente para garantizar su ejecución y que reúna los esfuerzos de todos los actores interesados incluyendo a los/as ciudadanos/as y consumidores/as. Un espacio que realmente vincule a las comunidades étnicas y que no solo las instrumentalice para obtener recursos.

Un espacio en el que los países que componen la Amazonia se exijan mutuamente resultados. Resultados que no pueden seguir midiéndose en el número de campesinos encarcelados porque fueron encontrados tumbando un árbol, mientras el que financia queda libre. Resultados más allá de delimitar áreas protegidas sin debida financiación o manejo. Resultados para aplicar las leyes forestales que no se cumplen a cabalidad, por falta de capacidad, por falta de interés, por corrupción o el conjunto de las anteriores.

Un espacio para exigirle a los productores y a todos los involucrados en las cadenas de suministro globales que garanticen que sus productos estén libres de deforestación. Un espacio para que los votantes puedan exigir rendición de cuentas a sus elegidos.

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Un espacio para lograr ponernos de acuerdo en cómo vamos a incorporar los bosques a nuestra visión de desarrollo, entendiéndolos como los grandes proveedores de beneficios ambientales que son y valorándolos económicamente en consecuencia, atendiendo a las necesidades de los habitantes del bosque y evitando justificar la deforestación como un mal necesario para la agricultura o la ganadería, para la seguridad alimentaria o para la expansión urbana.

Un espacio para demandar el cambio, para exigir acción. En los últimos cuatro años la Amazonia ha sido llevada a un punto muy peligroso de no retorno que amenaza el equilibrio ecosistémico global. La acción para proteger uno de los sumideros de carbono más grandes del mundo es urgente.

Necesitamos un plan para dar a la Amazonia una voz regional, que trascienda las fronteras geográficas y que resuene planetariamente logrando su conservación.

*Periodista. Directora de comunicaciones de Transforma.

**Profesional en Gobierno y Asuntos Públicos y Economista. Asociado de Transforma.

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