Probablemente ha escuchado que la Amazonia, la selva tropical más grande que existe, alberga el 10 % de la biodiversidad del planeta. Jaguares, anacondas y nutrias gigantes son solo algunos de los animales que se suelen resaltar al hablar de esta región. En menor medida se nombran los peces de agua dulce, aunque se han registrado más de 2.700 especies en la gran red acuática amazónica, que incluye ríos, arroyos, lagos de llanura aluvial, humedales y zonas inundables.
Para comprender mejor su distribución, ciclos de vida y el papel clave que desempeñan en los ecosistemas, investigadores de varios países han venido trabajando en el informe “Peces olvidados del Amazonas”, cuyo prelanzamiento se realizará este sábado 2 de mayo en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo).
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La intención del reporte, cuenta una de sus coautoras, Silvia Benítez, directora de agua para América Latina en The Nature Conservancy (TNC), es llamar la atención sobre este grupo de animales, que es “importantísimo para la conservación de la biodiversidad de la Amazonia, pero también para el bienestar de las personas que la habitan”. El informe llega, además, ante las crecientes presiones que enfrenta el bioma y el declive en el número de peces que han advertido algunas organizaciones.
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La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) incluye 144 peces amazónicos en su Lista Roja de Especies Amenazadas. Otros 334 (aunque es probable que la cifra sea mayor) figuran con “Datos insuficientes”, lo cual significa que no hay información adecuada sobre su abundancia y distribución para hacer una evaluación, directa o indirecta, de su riesgo de extinción.
Silvia López, bióloga, coautora y editora del informe, cuenta que los peces de agua dulce, o como prefiere llamarlo, de aguas interiores o continentales, han sido relegados. A sus ojos, no han recibido la suficiente atención, a pesar de que los ecosistemas acuáticos continentales representan entre el 1 y 6 % de la superficie de la Tierra, y aun así son hábitat del 51 % de las especies de peces que conocemos. “Si bien ocupan espacios pequeños, tienen una gran diversidad. Pero la gente le ‘para muchas bolas’ a los peces marinos”, dice.
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López, quien además es especialista regional en ecosistemas acuáticos continentales en Wildlife Conservation Society (WCS), apunta que el Amazonas ha sido históricamente destacado como el río más caudaloso, pero se ha desconocido su biodiversidad acuática. Es por ello que el reporte, que se lanzará oficialmente en las próximas semanas, busca resaltar que la Amazonia es la cuenca con mayor variedad de peces del mundo.
La iniciativa es parte de una serie cuyo primer informe, liderado por World Wildlife Fund (WWF), se denominó “The World’s Forgotten Fishes”, que traduce “Los peces olvidados del mundo”. A inicios de 2021, cuando fue publicado, reveló que una de cada tres de estas especies en el planeta está amenazada de extinción. “Después salió, en 2024, un reporte sobre los peces de la cuenca del río Mekong (en Asia) y otro en 2025 sobre los peces olvidados de África”, cuenta Benítez.
En esta ocasión el proyecto estuvo dirigido por TNC, y en él trabajaron cerca de 50 científicos de distintas organizaciones. Entre los colaboradores estuvieron el Instituto del Bien Común, WCS, el Instituto Sinchi, WWF, IBAMA, la AUNAP, entre otros. También hubo autores étnicos, de comunidades locales, y participó la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica.
El valor de los peces
Dos tercios de los peces de agua dulce de la Amazonia son endémicos, es decir, que solo se encuentran allí. “Este excepcional endemismo se refleja en una asombrosa diversidad de especies”, resume TNC. El pirarucú (Arapaima gigas), también llamado paiche o arapaima, es una de las más reconocidas debido a su gran tamaño, ya que puede llegar a medir tres metros de longitud y alcanzar los 200 kilogramos de peso. Pero en la región también habitan algunos tan pequeños como el tetra neón (Paracheirodon innesi), de hasta cuatro centímetros de largo.
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Benítez menciona otros peces que no solo dan cuenta de la rica biodiversidad amazónica, sino que reflejan interesantes dinámicas de la naturaleza. Un ejemplo son los bagres de armadura, de la familia Loricariidae, que han logrado adaptarse para vivir en ríos de corrientes muy rápidas, con algo así como una ventosa en su boca que le permite aferrarse a las rocas.
Por su parte, el bagre dorado (Brachyplatystoma rousseauxii) es una especie que atraviesa fronteras y, sorprendentemente, nada por más de 11.000 kilómetros durante su migración. Desde las estribaciones de los Andes baja a Brasil, hasta la desembocadura del río Amazonas en el océano Atlántico. Luego emprende su viaje de regreso. “No hay ningún pez de agua dulce en el mundo que recorra una distancia tan grande como este”, afirma la especialista de TNC.
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Cada pez nativo tiene valor y cumple funciones relevantes en sus ecosistemas. Viven en un sistema interconectado de ríos de aguas blancas, que nacen en la zona andina, de aguas negras, que se originan y se asocian con llanuras forestales, y de aguas claras, que surgen en formaciones geológicas antiguas como el Escudo Guayanés y el Escudo Brasileño.
Estos animales, incluso, ejercen un rol dentro de los bosques que se inundan estacionalmente. Cuando el agua crece, “el espacio aumenta para los peces y tienen todas estas zonas en donde se reproducen”, cuenta Benítez. “Además, su relación con los árboles se vuelve muy cercana. Por ejemplo, la cachama negra (Colossoma macropomum) come sus frutos y luego ayuda a dispersar las semillas. Es una simbiosis fascinante”. De ese modo, esta, así como muchas otras especies, contribuye a la regeneración de los árboles y a la salud del bosque.
Un poco más evidente es el hecho de que estos peces representan alimento para depredadores, como el delfín rosado (Inia geoffrensis), emblemático de la Amazonia. También son la principal fuente de proteína para ciertos pueblos indígenas y comunidades locales de la región. De acuerdo con los investigadores, en asentamientos ribereños remotos, el consumo diario de pescado por persona puede superar los 600 gramos.
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Uno de los objetivos del reporte es, precisamente, explorar el lugar que ocupan los peces para las personas de la Amazonia. “No solamente brindan alimento, sino también representan parte importante de la mitología de las etnias”, explica Juan David Bogotá-Gregory, del programa de ecosistemas y recursos naturales del Instituto Sinchi, y otro de los coautores.
“El informe trata de ser muy integral y reunir todos esos conocimientos de las comunidades locales: nombres, historia y cómo se utilizan”, agrega. De hecho, un punto que destaca TNC es que al menos 200 especies de peces amazónicos se explotan comercialmente y, debido a su variedad, se han documentado alrededor de 15 tipos de artes de pesca en toda la cuenca.
Muchos riesgos, grandes retos
Las amenazas a las que se enfrentan los peces amazónicos no son menores, y son consecuencia directa de actividades humanas. López menciona cómo las represas interrumpen el flujo del agua en los ríos y, por tanto, los procesos ecológicos que los mantienen saludables. En el río Madeira ya se ha registrado cómo este tipo de infraestructuras limitan las migraciones de algunas especies y han aislado poblaciones.
Otro factor crucial es la pérdida de hábitat, principalmente por la deforestación, que “genera erosión y cambia totalmente las condiciones en el agua”, dice la bióloga. Para explicarlo mejor, hace una analogía: imagine que va caminando con tranquilidad por una trocha y, de repente, pasa una camioneta a toda velocidad. Levanta polvo y se vuelve difícil respirar.
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Eso es más o menos lo que les sucede a los peces cuando llueve sobre suelos “desnudos” y no hay árboles que frenen la velocidad o impidan que tantos sedimentos (tierra o rocas) lleguen a los ríos. “Los granos de polvo les tapan o dañan las branquias, por lo cual se ahogan y mueren”, subraya López. Esto, además, afecta a macroinvertebrados de los cuales se alimentan los peces.
La contaminación también es una amenaza latente para la biodiversidad de la Amazonia. Algunos de los impactos son producidos por vertimientos en los municipios, que en la región no cuentan con tratamiento de agua, o por el uso de agroquímicos, en muchos casos ilícitos para la producción de pasta de coca. En suma, López y Benítez concuerdan en otra fuente significativa de contaminación: el mercurio utilizado para la minería de oro. “Es un problema que ya se extiende en toda la cuenca y los peces son los grandes afectados porque acumulan el mercurio. Luego entra a los seres humanos que los consumen”, afirma Benítez.
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El informe subraya que, si bien las amenazas son muchas y diversas, en realidad no están aisladas, sino que interactúan entre sí. “Son aditivas, los impactos se van acumulando. Entonces, esto requiere acciones muy articuladas, una colaboración internacional”, dice López. Para ello puede servir el fortalecimiento de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA) y de los espacios de coordinación con pueblos indígenas.
A ojos de Benítez, es necesario elevar los ecosistemas de agua dulce al mismo nivel de los bosques, y que sean un objetivo de conservación. También considera clave, debido a que todavía no existen monitoreos sistemáticos de los peces, invertir en la ciencia y aplicar el conocimiento tradicional para poder tener más información sobre ellos.
En palabras de López: “Hay un montón de interacciones que nosotros desconocemos o que, por nuestra forma de entender el mundo, hemos intentado simplificar. Pero resulta que la naturaleza es mucho más compleja, y eso implica retos para un manejo integrado y para preservar los peces de la Amazonia”.
*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador e InfoAmazonia, con el apoyo de Amazon Conservation Team.
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