11 Dec 2011 - 9:44 p. m.

Asegurada supervivencia del Protocolo de Kioto

La Cumbre de Cambio Climático terminó con la prorrogación de Kioto, el único acuerdo que obliga a los países industrializados a reducir sus emisiones, y con la disposición de China, India y EE.UU. (las naciones más contaminantes) de dialogar sobre un nuevo pacto mundial.

Redacción Vivir

En la madrugada del domingo, dos días después de que venciera el plazo previsto para la culminación de la Cumbre de Cambio Climático en Durban, Sudáfrica, los pocos asistentes que todavía estaban en la sala de plenaria se unieron en un aplauso. Un aplauso discreto, pero emotivo, que fue suficiente para contarle al mundo que se estaba celebrando la renovación del Protocolo de Kioto (el único que obliga a los países industrializados a reducir sus emisiones de CO2 y del que EE.UU. no forma parte).

Este había sido el objetivo trazado para Durban. Y se logró. Se firmó la supervivencia de Kioto, el pacto que había nacido en 1997 con la firma de 37 naciones industrializadas y la Unión Europea, y que se vencía en 2012. Pasaron sólo unos minutos después de logrado el consenso cuando Christiana Figueres, secretaria ejecutiva de la Convención, escribió un mensaje efusivo en su cuenta de Twitter, dedicado al expresidente sudafricano Nelson Mandela: “En honor a Mandela: todo parece imposible hasta que se consigue. ¡Y se ha conseguido!”.

Dijeron “sí” a la prolongación del Protocolo de Kioto la Unión Europea, Suiza, Noruega, Australia y Nueva Zelanda. Se definió que en la cumbre de cambio climático del próximo año se definirá si la prórroga será hasta 2017 o 2020. Se escucharon los argumentos de Canadá, Japón y Rusia, que decidieron retirarse del Protocolo argumentando que ni Estados Unidos ni China (los dos mayores contaminantes en el mundo con el 16 y 24% de las emisiones, respectivamente) han mostrado voluntad para adherirse al compromiso.

Esto quiere decir que se firmó un nuevo Kioto, pero más débil, que sólo cobijará a los países responsables del 15% de las emisiones mundiales, lo que, sin embargo, significó “un gran avance”, opinó Christiana Figueres. “Un logro excepcional”, dijo la ministra sudafricana de Relaciones Internacionales y Cooperación, Maite Nkoana-Mashabane. Las dos, que lideraron la mesa desde el principio de las conversaciones, se fundieron en un abrazo cuando se decretó el término de la cumbre. En el gran salón las caras de cansancio y los puestos que se fueron quedando vacíos con el paso de las horas no dejaron entrever una verdadera celebración.

Los otros logros de Durban

EE.UU., China e India han sido los enemigos históricos de los acuerdos mundiales sobre cambio climático. Los tres se han opuesto a firmar tratados que los obliguen a reducir sus emisiones. Los tres argumentan que cualquier compromiso iría en contra de su desarrollo. En Durban, milagrosamente, se logró un diálogo amable con las tres naciones; milagrosamente los enemigos históricos se tornaron dispuestos a conversar.

Se habló entonces de la necesidad de crear un nuevo pacto, uno diferente al Protocolo de Kioto que vincule a los países del mundo —los pobres y los ricos—, que debería estar definido en 2015 y entraría en vigor en 2020. La UE lideró la propuesta. Los países más pobres y los pequeños Estados-isla fueron los primeros en adherirse a la propuesta. Argentina y Colombia mostraron un especial interés. India, que se rehusaba a aceptar, condicionó finalmente su participación a que fuera un acuerdo laxo, “que beneficie a todas las partes”. Por último, Estados Unidos y Brasil (el cuarto mayor emisor del mundo si se incluye la deforestación) dieron el “sí”.

Este, realmente, es el gran logro de Durban, el que aplauden los conocedores. Califican como “histórica” la posibilidad de haber logrado un consenso entre EE.UU., China, India, la UE y Brasil, los responsables, juntos, de más del 85% de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Hasta aquí parecería que Durban, la cumbre que comenzó con un negativismo generalizado, fue todo un éxito. Pero habría que escuchar también las voces de los pesimistas que creen que este es y será sólo “un paño de agua tibia”. La organización ambiental Greenpeace se declaró decepcionada. “El compromiso, debilitado por la presión de India y Estados Unidos, no conducirá a un tratado vinculante mundial para la protección del clima, sino a un vago acuerdo”, dijo Martin Kaiser. Otro en el bando de los inconformes es WWF. “El mundo se merece un pacto mejor que el débil compromiso de Durban”, sentenció Regine Günther. Y la organización Germanwatch enfatizó que los logros de Durban son insuficientes para evitar que la temperatura promedio del planeta se eleve por debajo de los 2°C, que sería el límite para no llegar a un punto de no retorno.

Y una frustración más de Durban: fue imposible tomar decisiones concretas sobre cómo se financiará el Fondo Verde, que busca apoyar las iniciativas de las naciones en desarrollo a favor del medio ambiente. En la conferencia de Cancún, el año pasado, se había acordado que los países desarrollados recaudarían US$100.000 millones al año para 2020, pero nada se ha concretado todavía.

“Este es un fondo sin fondos”, dijo molesto el ministro de Ambiente de Nicaragua, Paul Oquist, argumentando que es urgente la ayuda a los países centroamericanos tan afectados por el cambio climático, por los huracanes y las lluvias torrenciales. “Es una farsa. Es inmoral pedirles a los países en desarrollo que nos vendamos por US$100.000 millones”, atinó a decir Claudia Salerno, embajadora de Venezuela.

Así termina Durban. Con los aplausos de los optimistas y las críticas y las frustraciones de los pesimistas. En un año, en la cumbre de Cambio Climático de Catar, habrá más luces para saber quién tiene la razón.

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