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El transporte marítimo mueve buena parte del comercio mundial a través de rutas que atraviesan la inmensidad de los mares y conectan puertos de distintos continentes. En estos mismos espacios, hay otras rutas que llevan milenios realizándose: la de las especies marinas que recorren grandes distancias durante sus ciclos de alimentación y reproducción.
El encuentro entre las ballenas, por ejemplo, y los buques de carga que transportan los insumos del comercio global ha derivado históricamente en una convivencia compleja. Un buque puede alcanzar cerca de 400 metros de eslora y transportar más de 15.000 contenedores, mientras que una ballena azul, considerado el animal más grande del mundo, puede medir hasta 30 metros y pesar unas 150 toneladas. Más allá de la diferencia de tamaño, ambos comparten un mismo espacio: el océano.
En ese escenario, las colisiones o la contaminación acústica, que interrumpe la comunicación, la orientación, la alimentación y la migración de mamíferos marinos como las ballenas y los delfines no son hechos aislados. Por esto¸ las grandes empresas como Mediterranean Shipping Company (MSC), una de las principales navieras de transporte de contenedores del mundo, han asumido el reto de trabajar por reducir esos riesgos. La compañía ha modificado rutas, reducido velocidades y desarrollado herramientas para que sus tripulaciones puedan identificar la presencia de cetáceos y reaccionar durante la navegación.
Estas medidas responden a la necesidad de proteger diferentes especies, como la ballena azul que se encuentra globalmente clasificada en peligro de extinción según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
En 2024, la naviera modificó 570 trayectos de embarcaciones. Informes del Fondo Internacional para el Bienestar Animal (IFAW) señalan que el ajuste de la derrota, palabra marinera para describir una ruta en el mar, mostró que en aguas de Sri Lanka se había reducido el riesgo de impacto con cetáceos en un 95 %.
“Nosotros vivimos del mar; es nuestro negocio y tenemos que cuidarlo. Existe una conciencia grandísima sobre la vida marina y el deber de preservarla”, le dijo a El Espectador, Daniel Cundy, managing director de MSC para Colombia y presidente de la junta directiva de la Asociación Nacional de Navieros y Agentes Marítimos (ASONAV).
Cundy fue uno de los participantes de un simposio académico realizado en Cartagena y organizado conjuntamente por ASONAV y la Federación Colombiana de Agentes Logísticos en Comercio Internacional (FITAC). Allí, mientras explicaba la evolución de la industria marítima y el papel que tienen los grandes buques en el comercio internacional, llegó a uno de los asuntos que la compañía considera parte de su agenda de sostenibilidad: cómo navegar sin poner en riesgo a las especies que utilizan esas mismas aguas.

"Es más relevante que los mismos balances financieros. La sociedad y el mercado miden a las organizaciones por su impacto ambiental. Nuestra industria tiene el compromiso formal de alcanzar cero emisiones netas para el año 2050, y las medidas de protección a la biodiversidad forman parte indiscutible de esa ecuación", agrega Cundy.
Durante 2025, el Grupo MSC —conglomerado que integra las divisiones de cruceros y transporte de carga— ejecutó medidas orientadas a seguir cuidando a los cetáceos, como mitigar las emisiones acústicas en áreas de reproducción y alimentación marina.
Según el PortalPortuario, desde aguas en Chile hasta el estrecho de Puget, en Washington, Estados Unidos, MSC ha tomado medidas significativas este año para salvaguardar algunas de las especies de ballenas más amenazadas del océano.
Entre octubre de 2024 y enero de 2025, los buques de MSC completaron 18 tránsitos por la zona de desaceleración, de los cuales el 94 % redujo la velocidad y el 72 % cumplió los objetivos recomendados.
El período de desaceleración contribuyó a una reducción del 35 % del ruido submarino y coincidió con la presencia de ballenas en 57 de los 98 días, la mayor cantidad registrada hasta la fecha.
De forma paralela, la empresa mantuvo protocolos de reducción de velocidad a magnitudes inferiores a los diez nudos en corredores marítimos con el objetivo de atenuar la presión sonora sobre especies como la orca y la ballena de aleta.
Además, la flota incorporó hélices con diseños destinados a regular el flujo de agua y mitigar las frecuencias audibles bajo la superficie. Los oficiales de navegación de los buques manejan la herramienta digital ORCA OceanWatchers, empleada para registrar avistamientos y ejecutar maniobras evasivas ante la detección de las ballenas.
La autopista de las gigantes en América del Sur
Cada año, entre junio y noviembre, miles de ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) y diversas especies de cetáceos completan un recorrido de más de 8500 kilómetros desde las frías aguas de la Antártida hasta las ensenadas templadas del Pacífico tropical en busca de refugio para dar a luz y aparearse.
Para esta temporada de avistamiento en el país, que termina en el mes de octubre e inicios de noviembre, se espera la llegada de entre 6000 y 8000 ejemplares. Con su llegada, también se espera la de cerca de 30.000 visitantes que recorrerían diferentes destinos del Pacífico colombiano para poder verlas.
Para llegar hasta allí, las ballenas cruzan de forma paralela las principales rutas de aproximación comercial marítima de Sudamérica. El riesgo no se reduce a colisiones fortuitas: el ruido sordo de los motores diésel, las propelas y las vibraciones que viajan por el agua distorsionan los cantos y sistemas de ecolocalización de los mamíferos, y la paz de las profundidades se ve alterada.
"Para revertir esta problemática, MSC, con base en resultados positivos en otros lugares del mundo, activó una alianza regional que enlaza esfuerzos técnicos y científicos a lo largo de las costas de Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Argentina", sostiene Daniel Cundy, de MSC para Colombia.
La meta es ambiciosa: mapear con precisión milimétrica las trayectorias de nado y los santuarios de descanso de los cetáceos para apartar voluntariamente las rutas de sus buques portacontenedores de los corredores biológicos. "Se trata de analizar cuáles son sus rutas migratorias para respetarlas. Queremos evitar que los buques crucen por esas zonas. Es un proyecto de enorme alcance que involucra la contratación de biólogos marinos y el despliegue de sensores satelitales que nos indican por dónde se desplazan y por qué", detalla Cundy.
En otras palabras, y para hacerlo más gráfico, sería construir una suerte de “Waze en el mar”. Un sistema vivo de advertencia temprana mirando el camino en la superficie y el fondo del mar.
"Esa es la idea exacta: saber por dónde van para no estorbarles el paso. Como MSC estamos financiando la investigación, pero la información sobre las rutas se compartirá con todos nuestros colegas marinos para que ellos también eviten esas áreas sin necesidad de duplicar esfuerzos. Proteger el océano es un mandato de todos", enfatiza Cundy.
Afirma que comenzaron a estructurarlo a finales del año pasado. “Articulamos las mesas técnicas entre los cinco países, gestionamos los presupuestos, contactamos a los proveedores tecnológicos y sumamos a los biólogos marinos encargados del rastreo y marcaje. Logramos alinear voluntades y el proyecto ya avanza a paso firme", agrega Cundy.
Este trabajo está acompañado de intensa campaña de concienciación en las costas de los cinco países involucrados: "Trabajamos con escuelas, colegios y universidades, pero también con los operadores turísticos dedicados al avistamiento, el gremio pesquero, tanto artesanal como la industria".
Para Daniel Cundy, quien ha dedicado su vida a la industria del transporte de contenedores por el mar, la fascinación conserva un componente de mesura que la tecnificación no ha logrado disipar.
"El mar es omnipotente; para nosotros lo es todo. Podemos disponer de la mayor tecnología del mundo, satélites, predicciones meteorológicas instantáneas y los buques portacontenedores más gigantescos que existan, pero el hombre jamás domina el mar. En esa inmensidad impredecible, el desvío coordinado de un carguero de miles de toneladas para permitir el paso sereno de una ballena jorobada y su cría no representa una pérdida de tiempo comercial: encarna, ante todo, la tregua necesaria entre el comercio del hombre y las leyes soberanas del océano".