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Comunidades de los municipios de Charta y Suratá, en Santander, y Totoró y Toribío, en Cauca, implementaron acciones de restauración ecológica y aislamiento de áreas en buen estado de conservación en páramos y bosques altoandinos de las cuencas altas de los ríos Lebrija (Santander), Palacé y Palo (Cauca). Ecosistemas fundamentales en la regulación hídrica y el abastecimiento de agua para las comunidades locales y los habitantes de Bucaramanga y su área metropolitana (Floridablanca, Girón y Piedecuesta), Popayán y Cali, respectivamente.
Este proceso se llevó a cabo en el marco de la iniciativa Territorios productivos, de vida y paz, para el diseño e implementación de Pago por Servicios Ambientales (PSA) en la modalidad de calidad y regulación hídrica. En total, se adelantaron tres esquemas de PSA que contribuyeron a las prioridades y metas del Programa Nacional de Pago por Servicios Ambientales del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, orientadas a la conservación de ecosistemas estratégicos para la disponibilidad, regulación y calidad del agua.
Para implementar estos PSA fue necesario construir acuerdos individuales y colectivos, fortalecer capacidades para la gestión local y articular a las comunidades, sus organizaciones y las instituciones en torno a objetivos compartidos de conservación y restauración. También, reconocer las relaciones que las comunidades mantienen con sus territorios y generar condiciones para que quienes contribuyen al cuidado del agua participen en las decisiones que afectan su protección.
En este sentido, el valor del instrumento no radicó únicamente en reconocer económicamente el compromiso de quienes sumaron esfuerzos de conservación, sino también las oportunidades para fortalecer las capacidades y estructuras de gobernanza de las comunidades.

Fortalecimiento comunitario
Para que las acciones de conservación también se convirtieran en una oportunidad de fortalecimiento comunitario, el proyecto creó un fondo local de coejecución mediante pequeñas subvenciones. A través de convocatorias abiertas, organizaciones campesinas, de mujeres, de jóvenes y étnicas presentaron propuestas para contribuir a las metas de restauración ecológica, monitoreo comunitario y aislamiento de áreas vinculadas a los esquemas de PSA.
Como resultado, siete organizaciones comunitarias asumieron la ejecución directa de estas acciones con acompañamiento técnico y financiero del proyecto. La estrategia no consistió únicamente en canalizar recursos, sino en reconocer su capacidad para planear y ejecutar iniciativas de conservación. Como contrapartida, las organizaciones aportaron su conocimiento del territorio, experiencia y espacios para el almacenamiento de materiales, entre otros recursos propios que hicieron posible la implementación.
Participaron directamente en la restauración con especies nativas y en el monitoreo de los árboles sembrados, haciendo seguimiento a sus condiciones de crecimiento. Y fortalecieron conocimientos sobre selección de material vegetal, instalación de aislamientos eléctricos y parcelas de monitoreo.
Pero esa generación de capacidades también abarcó la gestión organizativa para adquirir experiencia en administración de recursos, compras y planificación de actividades. “Uno pensaba que iba a comprar un insumo y que era como comprar cualquier cosa. Pero sí hay unas condiciones, unas políticas que nos exigen manejar factura electrónica, cuentas de cobro o retención de fuente; enseñanzas que empezamos a manejar en esta experiencia”, lo confirmó Alicia Suárez, líderesa de la Asociación de Mujeres Campesinas ‘Tierra y Vida’.
Algunas organizaciones coordinaron adquisiciones conjuntas para reducir costos y aprovechar mejor los recursos disponibles, destinando las eficiencias tanto a las acciones de conservación como a su fortalecimiento. Y esto permitió que se fortalecieran las relaciones entre organizaciones y comunidades, el trabajo conjunto y el reconocimiento de intereses comunes alrededor del cuidado del agua. “Trabajamos con comunidades campesinas, con comunidades indígenas de diferentes resguardos. Eso ha hecho que este proyecto nos deje unas buenas relaciones y otra mirada del contexto social en el que estamos”, aseguró Erika Sánchez, líder técnica de subvenciones de la Asociación Corregimental de Trabajadores Campesinos (ACTC-GL), organización de base comunitaria del municipio de Totoró.
Un acuerdo colectivo
Dentro de todo este proceso hubo una experiencia innovadora: la construcción del primer acuerdo voluntario de conservación colectivo en el territorio ancestral del pueblo Nasa de Toribío (Cauca). Fue un ejercicio de diálogo intercultural que buscó armonizar el PSA con el Plan de Vida, el gobierno propio y las formas comunitarias de cuidado de Uma Kiwe Kwekwe (la Madre Tierra) de Proyecto Nasa; y fue construido y acompañado por las autoridades de los resguardos de Toribío, San Francisco y Tacueyó. El acuerdo, denominado por las autoridades como un "acuerdo para las acciones de reciprocidad, equilibrio, armonía territorial", se materializó en mayo de 2026, después de más de dos años de conversaciones.
Construir este acuerdo implicó mucho más que adaptar un instrumento como el PSA. Significó escuchar y comprender una manera distinta de relacionarse con el territorio. Para el pueblo Nasa, la expresión “pago por servicios ambientales” no recoge la relación espiritual, cultural y colectiva con Uma Kiwe Kwekwe. Por eso, uno de los primeros desafíos fue encontrar un lenguaje común que permitiera el encuentro entre la lógica institucional del PSA y la cosmovisión Nasa.
Esto se construyó mediante el diálogo con autoridades, líderes, familias, mayores y sabedores, partiendo del reconocimiento de que su Plan de Vida es el eje que orienta las decisiones del territorio. El acompañamiento del proyecto se basó en preguntas fundamentales: quién decide, cómo se toman las decisiones y cuáles son las prioridades colectivas.
El acuerdo, además, no surgió de manera aislada. Se suma a esfuerzos de conservación que el pueblo Nasa viene impulsando desde hace cerca de quince años en el marco de Agua para Todos, iniciativa que se implementa con la Corporación para la Sostenibilidad de la Subcuenca del Río Palo (Corpopalo). En esa medida, el proyecto se incorporó a un camino de largo aliento que ha sido sostenido desde el territorio Nasa, con el objetivo de dar continuidad a procesos territoriales existentes, en lugar de sustituirlos.
Esta perspectiva también se refleja en las subvenciones implementadas por Proyecto NASA. Las acciones no se limitan a restaurar o aislar áreas: incluyen acciones complementarias como corredores ecológicos, sistemas de riego y bebederos, producción de bioinsumos, control y vigilancia y fortalecimiento del monitoreo local. La implementación incorpora, además, prácticas y capacidades propias: mingas, herramientas familiares, aportes del tul, redes de cuidadores y viveros.

Agua y estrés hídrico
Las capacidades y relaciones construidas alrededor de la conservación adquieren especial importancia en un contexto de creciente variabilidad climática, marcado por cambios en los patrones de lluvia y los periodos prolongados de menor disponibilidad de agua. Este escenario aumenta la presión sobre las fuentes hídricas y plantea para el país desafíos para asegurar el abastecimiento, la calidad y el acceso; por lo que conservar y restaurar páramos, bosques y demás ecosistemas estratégicos que contribuyen a la regulación hídrica es una tarea que conecta directamente a los territorios rurales con los centros urbanos que se abastecen de sus fuentes de agua.
Sin embargo, la sostenibilidad de estas acciones no puede depender únicamente de la duración de un proyecto o de la entrega de incentivos. Requiere comunidades con capacidades para continuar el cuidado de sus territorios, organizaciones que puedan impulsar nuevas iniciativas e instituciones que mantengan su compromiso y articulación con quienes habitan las zonas donde se origina y regula el agua. “Aislamos la quebrada para conservar el agua. El sueño mío es seguir cultivando este proyecto, cuidar el aislamiento, los nacimientos de agua, los bosques”, dice Nory Caldon, beneficiaria del proyecto en Totoró.
Acuerdos que también construyen paz
Cuidar el agua también puede ser una forma de construir paz. En territorios donde conviven distintas comunidades, organizaciones e instituciones, la conservación ofrece un propósito compartido alrededor del cual es posible abrir espacios de diálogo, reconocer diferentes formas de relacionarse con el territorio y construir compromisos colectivos.
La experiencia de territorios productivos, de vida y paz permitió reconocer esta dimensión de los PSA. En la cuenca del río Palacé, el trabajo conjunto alrededor de la conservación propició acercamientos entre organizaciones que habían mantenido relaciones distantes. En Toribío, la construcción de un acuerdo colectivo con las autoridades del pueblo Nasa requirió reconocer sus formas propias de organización y decisión, así como concertar las acciones de conservación desde su relación con el territorio. En ambos casos, el acuerdo fue más que un instrumento para definir compromisos ambientales: fue también un proceso de diálogo entre actores con experiencias, responsabilidades y perspectivas diferentes.
Estos procesos no resuelven por sí solos las tensiones que atraviesan los territorios, pero muestran que los PSA pueden generar oportunidades para fortalecer la confianza, la cooperación y la participación de las comunidades en las decisiones sobre el agua. Sin embargo, su alcance depende de que estas dinámicas trasciendan la duración del incentivo y encuentren continuidad en los territorios, donde pueden contribuir tanto a la conservación como a la construcción de paz.
El proyecto Territorios productivos, de vida y paz fue implementado por Fundación Natura, financiado por el Fondo Colombia Sostenible, con recursos de los gobiernos de Noruega, Suecia y Suiza, bajo la administración fiduciaria del Banco Interamericano de Desarrollo, y en coordinación del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible.
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