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En Bahía Solano, Chocó, aprender también es subirse a una lancha. Desde hace más de diez años, el Semillero de Investigación Propágulos, de la Institución Educativa Luis López de Mesa, recorre el territorio para acercar la educación ambiental a estudiantes de zonas rurales, mezclando ciencia, saberes ancestrales y participación.
Propágulos nació en 2014, como un objetivo cumplido del Proyecto Ambiental Escolar (PRAE) planteado dos años antes. Desde entonces trabaja alrededor de tres frentes: investigación, educación ambiental y emprendimiento, bajo una idea sencilla: conocer el territorio implica hacerse preguntas sobre él y buscarles salida a sus problemas.
De ahí salió una estrategia que al principio ni tenía nombre, después se llamaba, simplemente, «jornadas de educación ambiental», hasta que en 2023 encontró uno que le quedó como anillo al dedo: la Lancha del Saber.
Todo empezó en 2015, con salidas dirigidas a estudiantes de distintos puntos del municipio, buscando sacar la educación ambiental de las zonas urbanas y llevarla a las comunidades rurales vinculadas con la Luis López de Mesa. En 2024 la propuesta ganó fuerza con nuevas estrategias para niños, niñas y adolescentes, pensadas para sembrar buenas prácticas ambientales desde temprano y descentralizar los procesos educativos del municipio.
En Bahía Solano el territorio también enseña. Los manglares, las playas, los ríos y el mar hacen parte de la vida diaria, la economía y la identidad de sus comunidades. Por eso la educación ambiental de Propágulos no llega con fórmulas genéricas: busca fortalecer lo que los estudiantes saben sobre los ecosistemas marino-costeros, promover un uso sostenible de los recursos naturales y formar personas comprometidas con su propio territorio.
¿Qué pasa cuando llega la Lancha del Saber?
Cada jornada empieza mucho antes de subirse a la lancha. El equipo prepara los contenidos, coordina con las escuelas rurales, se pone de acuerdo con los líderes comunitarios y reconoce que en cada territorio ya existe un conocimiento previo que vale la pena escuchar.
Una vez en el lugar, el aprendizaje deja de ser una charla y se convierte en algo que se vive. Según el tema y la comunidad, las jornadas pueden incluir:
- Recorridos por ecosistemas marino-costeros.
- Estaciones temáticas y talleres prácticos.
- Juegos tradicionales del Pacífico, concursos y acertijos.
- Música, chirimía y espacios de oralidad.
- Conversaciones con pescadores, mayores y conocedores del territorio.
- Jornadas de limpieza, restauración y reforestación.
- Seguimiento a viveros de manglar.
- Momentos de reflexión guiados por los propios estudiantes.
Esta metodología mezcla el conocimiento técnico con los saberes que ya tienen las comunidades del Pacífico. Aquí aprender no es solo recibir información: es preguntar, jugar, observar y entender que hay más de una forma de cuidar la naturaleza. O como dicen en el territorio, «la letra con risa entra».
De los manglares a los cinco azules
En más de una década, Propágulos ha pasado por varios temas: los manglares, su conservación y restauración, luego los residuos sólidos y la basura marina (junto a la Red Latinoamericana de Científicos de la Basura y la Universidad Nacional, sede Palmira), después los cetáceos, en particular las ballenas del Pacífico colombiano, y hoy «Los 5 Azules», que pone el foco en cinco especies migratorias: ballenas, tortugas marinas, tiburones, mantarrayas y delfines, dentro del programa Océanos para la Vida que se ha iniciado a implementar en la IE.
El tema cambia, pero la idea de fondo se mantiene: usar la educación ambiental para conocer, valorar y proteger el territorio.
Hay algo que casi nadie ve detrás de cada jornada: Propágulos no tiene lancha propia. Llegar a las comunidades rurales significa conseguir transporte, combustible, materiales y logística. Por eso muchas jornadas se arman «haciendo una choca», como se dice en el Chocó: uno pone la lancha, otro el combustible, otro los materiales o los refrigerios, y entre todos se completa el viaje. En esa red de apoyos han estado, entre otros, Transportadores marinos locales, la Fundación Socya, la Fundación MarViva, el Jardín Botánico del Pacífico, Fundación Natura, Diócesis Istmina – Tadó, Asociación Caguama, el IIAP ,PNN-Utría y la Alcaldía de Bahía Solano, que en distintos momentos han ayudado a que la estrategia se sostenga.
Eso muestra que la educación ambiental también se construye colaborando.
El territorio también enseña
La experiencia de Propágulos ha dejado algo claro: los estudiantes no tienen que quedarse solo como receptores de información. Pueden ser investigadores, educadores y multiplicadores.
En cada jornada participan entre 10 y 15 estudiantes del semillero, y los más experimentados acompañan a quienes recién empiezan. Hoy está conformado en un 70 % por mujeres e incluye egresados, docentes colaboradores y una coordinación docente. Según el tema, también se suman investigadores, profesionales y voces de la comunidad, entre ellas pescadores y mayores, gracias a quienes el aprendizaje dialoga con la memoria y las prácticas propias del Pacífico.
Y ese conocimiento no se queda necesariamente en las jornadas. Un ejemplo de ello es el trabajo de una de las estudiantes del semillero, quien creó un audiocuento sobre el tiburón ballena, utilizando la narración como una herramienta para acercar el conocimiento sobre esta especie a otros públicos. Otro ejemplo permite conocer la historia de una integrante del semillero, quien autónomamente dio vida a cientos de propágulos que permitieron reforestar una hectárea de una franja de manglar urbano degradada.
Ese intercambio ha dejado huella más allá de una sola jornada: estudiantes más participativos, con criterio propio frente a los problemas ambientales de su entorno y con ganas de involucrarse en el uso responsable de los recursos naturales. Algunos se vinculan al semillero al pasar a la sede urbana, y otros han encontrado ahí un camino hacia su formación profesional.
En total, la Lancha del Saber ha hecho cerca de 80 jornadas y ha llegado a cientos de estudiantes rurales, además de docentes y familias, en lugares como Punta Huina, Mecana, Nabugá, Huaca, Playa Potes y la comunidad indígena de Dumá. En las zonas urbanas, Propágulos también ha fortalecido la formación en gestión de residuos sólidos, ecosistemas marino-costeros, enfocándose en algunos grupos de especies marinas, y ahora, con «Salvando los 5 Azules», busca extenderse hacia El Valle y Bahía Cupica.
Casi siempre, cada viaje termina con algo más que teoría: una limpieza, una siembra, una actividad de restauración o una conversación con la comunidad.
Sembrar conocimiento para transformar el territorio
La historia de Propágulos deja una enseñanza: las grandes transformaciones no siempre necesitan grandes recursos. A veces basta con una pregunta, un grupo de estudiantes dispuestos y ganas de hacer las cosas distinto.
Todo empezó con una pregunta sobre los manglares. De ahí surgió un semillero, y ese semillero encontró en la educación ambiental una manera de compartir lo que iba aprendiendo. Con el tiempo, esa educación salió del salón de clase para moverse por el territorio.
Hoy la Lancha del Saber sigue recorriendo las aguas del Pacífico, llevando juegos, ciencia, música y saberes ancestrales a comunidades que no siempre reciben este tipo de procesos con la misma frecuencia. El reto sigue siendo el mismo: llegar más lejos y con más constancia. Y para eso, tener una lancha propia sería mucho más que resolver un tema de transporte: sería asegurar que ese trabajo siga creciendo con las nuevas generaciones.
Porque cuando un estudiante aprende a reconocer un manglar, una ballena o una tortuga, o entiende por qué vale la pena mantener limpia una playa, también está aprendiendo algo más: que el lugar donde vive merece ser cuidado.