
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Uno de los planes que la bióloga marina Aminta Jáuregui solía disfrutar en las playas de Magdalena era ver tortugas marinas. Recuerda que en las noches podía ver tres, cuatro y hasta más individuos si se quedaba más tiempo. Sin embargo, con el paso de los años, a partir de los años 90, más o menos, “si llegaban 10 tortugas en los tres meses que dura su proceso de anidación, eran muchas”, dice.
La disminución que percibió Jáuregui, quien además es investigadora del Departamento de Ciencias Biológicas y Ambientales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en esta zona del Caribe colombiano no era un caso aislado. Por el contrario, reflejaba una crisis que afecta a las tortugas marinas a escala global. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), actualmente seis de las siete especies registradas en el mundo presentan algún nivel de amenaza de extinción.
(Lea: En video quedó registrado el avistamiento de un oso andino en el PNN Chingaza)
En los dos océanos de Colombia, habitan cinco de esas siete especies: la verde, caguama, carey, laúd o cana y la olivácea o golfina. Además, se cree que hay una posible sexta especie conocida como tortuga negra del Pacífico, según el Ministerio de Ambiente. Todas están en alguna categoría de amenaza, desde estado vulnerable hasta riesgo crítico, según el Libro Rojo de Reptiles de Colombia.
Por eso, la pregunta que en ese momento quiso responder la bióloga marina fue ¿qué estaba pasando? Para hacerlo, impulsó la creación de un programa de conservación en las playas de Magdalena, que 20 años después ha logrado la introducción de 6.040 tortugas y el monitoreo de 36 mil kilómetros de franja de costa en este departamento, y parte de La Guajira. Su misión es aumentar la probabilidad de supervivencia de las tortugas.
Para lograrlo, el proyecto creó una alianza que incluye a la Universidad Jorge Tadeo Lozano, la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (Corpamag), la Fundación Museo del Mar - Mundo Marino, Petrobras, las comunidades de diferentes playas del departamento, así como asociaciones de pescadores.
“Esta unión de esfuerzos es una muestra concreta de que cuando articulamos capacidades el impacto se convierte en historia de trabajo que perdura”, dice Alcindo Moritz, presidente de Petrobras Colombia, empresa que se sumó al proyecto en 2006, es decir, cuatro años después de su inicio.
Una de las acciones que implementa el proyecto es el monitoreo de los nidos, y el rescate de los neonatos que se obtienen de las playas de anidación. Marcela Fonseca, coordinadora del proyecto, explica que “cuando las tortugas nacen en el medio natural, los neonatos son muy pequeños, tienen mayor cantidad de depredadores, y la probabilidad de que lleguen al mar es baja”, sostiene.
Lo que hacen luego es llevarlas hasta la Fundación Mundo Marino, en Santa Marta. Allí permanecen diez meses aproximadamente hasta que obtienen una talla y peso mayor y finalmente las regresan a su medio natural.
Esta estrategia se conoce como “levante ex -situ” y, según los resultados del programa, ha aumentado la supervivencia de las tortugas hasta en un 80 %, pues la etapa de reproducción es una de las más riesgosas para las tortugas marinas.
(Lea: “No hay alerta de tsunami para la costa Caribe colombiana”: UNGRD tras sismo en Venezuela)
Como explica la Fundación Omacha, que también se ha dedicado a estudiar estas especies, para poder completar la etapa de reproducción, las hembras emergen de las aguas de los mares para construir los nidos en playas de mares tropicales y subtropicales, en donde depositan los huevos que serán los futuros tortuguillos.
En ese proceso, hay diferentes amenazas. Cuando las tortugas salen a las playas, son más susceptibles de ser cazadas por personas que consumen su carne y piel, y hasta aprovechan el caparazón para hacer accesorios. Los huevos también se extraen para consumo humano.
Esta es una amenaza que ha venido disminuyendo, pero aún es un reto que no se ha eliminado del todo, pues como menciona Hernando Valencia Abdala, director Fundación Museo del Mar, “muchos conocemos el mar, lo disfrutamos, pero pocos conocemos la importancia de la conservación de las especies marinas”.
Las tortugas tienen importantes funciones en los ecosistemas: ayudan a mantener la salud de los lechos de pastos marinos y los arrecifes coralinos y, a su vez, benefician a especies con valor comercial, como el camarón, la langosta y el atún. Además, durante millones de años han habitado los mares del planeta, y hacen parte del mantenimiento y evolución de las especies.
Pero eso no siempre lo conocen las comunidades que habitan en los lugares que visitan las tortugas. Por esta razón, una parte del trabajo del proyecto de conservación está dirigida al trabajo con las comunidades cercanas a las playas de anidación.
“Realizamos actividades de educación ambiental en el que les mostramos a las personas que las tortugas pueden generarles recursos a largo plazo con el ecoturismo sostenible, por ejemplo”, menciona Marcela Fonseca.
Ese trabajo ha llegado a más 900 niños, niñas, y adolescentes de instituciones educativas locales, y a más de 300 pescadores de la región. Este último grupo es el que se encarga del monitoreo. “Nosotros caminamos a lo largo de las playas para ver donde ponen huevos las tortugas”, dice Claudio Fuentes, pescador del departamento. Cuando los identifican, lo que hacen es trasladarlos para llevarlos hasta la fundación. Para este trabajo el proyecto ha capacitado a los pescadores para que puedan hacer el traslado de forma segura.
“Es como cuidar a un hijo porque es un animal en vía de extinción. Hemos tenido la oportunidad de tenerlas en nuestras manos y soltarlas al mar”, agrega Fuentes.
Hoy en día estas personas son reconocidas como aliadas del proyecto y, a los ojos de Alfredo Martínez, director de Corpamag, “este es uno de los aportes importantes de esta iniciativa”.
Las amenazas que no se ven
Sin embargo, no todas las amenazas que enfrentan las tortugas marinas son fáciles de controlar. Entre estas está el cambio climático que afecta a las playas de anidación así como a los huevos. “Las tortugas no tienen cromosomas sexuales, sino que su sexo se determina a partir de la temperatura del nido. Si pasa cierto límite se obtiene una proporción mayor de hembras, o si está por debajo, son sólo machos. La idea es mantenerla en un rango intermedio, pero con el cambio de temperatura es difícil de controlar”, explica la coordinadora del proyecto.
Además, cuando las temperaturas aumentan mucho, agrega Fonseca, afecta el desarrollo de los embriones. “Muchos huevos se cocinan, o por el incremento del nivel del mar, se inundan y se pierden”.
También hay otro reto: la erosión costera. Con el aumento del nivel del mar, las playas están empezando a desaparecer, y a medida que sube el nivel del agua, disminuye el tamaño de las playas de anidación.
Por esto, consideran que la conservación de estas especies no puede recaer solo en una institución, ni se debe concentrar en una sola acción. En ese sentido, además del monitoreo, levante ex situ y la educación, otra línea de trabajo ha sido la investigación. “Otro desafío es la falta de información. Necesitamos más información técnica, científica, y así orientar nuestras acciones para afrontar los desafíos que genera el clima, lo antrópico y lo social”, señala Fonseca.
Como parte del proyecto, se han instalado algunos transmisores (dispositivos satelitales) en las tortugas que han permitido monitorear los recorridos que pueden llegar a hacer. Muchas han llegado a Estados Unidos, Haití, Cuba. Esto no es extraordinario, pues una tortuga marina puede nacer en una playa de Costa Rica, alimentarse frente a las costas de Colombia y recorrer miles de kilómetros hasta las aguas de Chile.
Sin embargo, como los costos de los transmisores son altos, otra alternativa que ha implementado el proyecto son unas placas plásticas que les ponen en una de sus aletas. Estas están marcadas con un correo donde han recibido reportes desde Haití, y también en el interior del país.
