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‘One Health’: cómo el cambio climático está cambiando la forma en que enfermamos

Alrededor del 60 % de las enfermedades infecciosas emergentes que se registran en el mundo proceden de los animales, un dato que demuestra que la salud de las personas, los animales y los ecosistemas está estrechamente interrelacionada.

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Daniela Bueno
28 de mayo de 2026 - 02:03 p. m.
Diferentes estudios han demostrado que el cambio climático favorece enfermedades como el dengue- (Photo by Olivier MORIN / AFP)
Diferentes estudios han demostrado que el cambio climático favorece enfermedades como el dengue- (Photo by Olivier MORIN / AFP)
Foto: AFP - OLIVIER MORIN
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En febrero, Córdoba vivió una emergencia debido a las fuertes lluvias que se registraron. Las inundaciones en el departamento dejaron un saldo de más de 225 mil personas damnificadas, 150.500 hectáreas de cultivos inundadas, 65 acueductos, 16 centros de salud y 464 instituciones educativas afectadas, y una alarma por el riesgo de enfermedades infecciosas que podían aumentar por el agua estancada.

En ese momento, la Asociación Colombiana de Infectología (ACIN) explicaba que “las inundaciones constituyen uno de los desastres naturales con mayor impacto sanitario a nivel global”. La razón es que, tras estos eventos, se incrementa de manera significativa el riesgo de enfermedades infecciosas que se transmiten por el agua, por vectores (como mosquitos) y por contacto directo, así como infecciones respiratorias y cutáneas, sobre todo en contextos de alta vulnerabilidad socioeconómica.

Por esto, el caso de Córdoba no fue solo una emergencia ambiental, sino que trascendió a la salud pública, como ocurre en estos eventos. Es aquí donde cobra sentido una advertencia que han venido reiterando los científicos y organizaciones a nivel global: el cambio climático no solo transforma ecosistemas y altera patrones meteorológicos, también modifica la forma en que las personas se enferman.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS), por ejemplo, ha advertido que el cambio climático representa “la mayor amenaza para la salud mundial del siglo XXI”. Según la organización, sus efectos ya son visibles “desde la intensificación de fenómenos meteorológicos extremos hasta los cambios en los patrones de enfermedades infecciosas”. Es decir, fenómenos como inundaciones, sequías u olas de calor no solo dejan daños materiales, también crean las condiciones ideales para la propagación de enfermedades y aumentan la presión sobre sistemas de salud.

(Lea también: Más calor, menos sueño: otra consecuencia directa del cambio climático)

Pensemos en el caso del dengue, una de las preocupaciones en materia de salud que tenían en Córdoba tras la emergencia de febrero. Las inundaciones crean condiciones ideales para la reproducción del mosquito Aedes aegypti, su principal vector. Pero, detrás de esto hay una causa mayor: el cambio climático.

El más reciente informe de Lancet Countdown, una colaboración internacional de investigación que monitorea la relación entre el cambio climático y la salud pública, señala que esta crisis “está modificando condiciones ambientales como la temperatura y la humedad, alterando a su vez la manera y los lugares donde los mosquitos crecen y sobreviven. Esto afecta directamente su capacidad para transmitir enfermedades como el dengue, el zika, el chikunguña y la fiebre amarilla”.

Según este informe, el potencial promedio de transmisión del dengue aumentó un 66 % en América Latina entre 1951-1960 y el periodo 2020-2024. En ese mismo lapso, el número básico de reproducción estimado (R0), que indica cuántas personas puede infectar un caso durante su fase contagiosa, pasó de 1,5 a 2,5.

Ese aumento coincide con los brotes récord de dengue en América Latina que se registraron en 2019, 2023 y 2024 (cuando se llegó a 12,6 millones de casos en la región), “lo que evidencia la creciente influencia de factores climáticos y socioeconómicos en el riesgo de enfermedades transmitidas por mosquitos”, se lee en el informe.

Esta evidencia reafirma lo que advirtió a mediados de abril Doreen Robinson, subdirectora de la División de Ecosistemas del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA): “La salud de las personas, los animales y el planeta es indivisible. Cuando degradamos los ecosistemas, contaminamos el aire y el agua, y desestabilizamos el clima, provocamos las mismas crisis sanitarias que luego intentamos contener”.

(Lea: El calor también puede estar afectando su rendimiento en el trabajo)

Todo está conectado

La declaración de Robinson llegó al finalizar la Cumbre One Health, integrada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el PNUMA, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA), que reunió en abril a líderes y aliados globales para pedir un fortalecimiento de la inversión, las alianzas y una implementación acelerada del enfoque “One Health” o Una Sola Salud.

A principios de este siglo, diferentes organizaciones empezaron a adoptar el término One Health para reconocer que la salud de las personas, los animales y los ecosistemas está estrechamente interrelacionada. Los cambios en estas relaciones pueden aumentar el riesgo de que aparezcan y se propaguen nuevas enfermedades humanas y animales, como sostiene la OMS.

No solo está el caso del dengue. La OMS señala que alrededor del 60 % de las enfermedades infecciosas emergentes que se registran en el mundo proceden de los animales, tanto salvajes como domésticos. En las últimas tres décadas se han detectado más de 30 nuevos agentes patógenos humanos, el 75 % de los cuales tiene su origen en animales.

Por esto, uno de los compromisos que se adquirió en la reciente cumbre fue crear una estrategia unificada para hacerle frente a la gripe aviar, una enfermedad infecciosa viral que afecta principalmente a aves silvestres y domésticas, pero que también se puede registrar en mamíferos y, en casos esporádicos, en seres humanos que tienen contacto directo con animales enfermos o sus entornos contaminados.

Para los expertos, la expansión de la gripe aviar se ha convertido en uno de los ejemplos más visibles de cómo las crisis ambientales también pueden transformarse en amenazas sanitarias globales. En los últimos años, esta enfermedad ha tenido una expansión entre especies y regiones.

Un estudio publicado en la revista Communications Biology, del grupo Nature, a finales del año pasado, encontró que el 47 % de las hembras reproductoras de las poblaciones de elefantes marinos en Georgia del Sur, a unos 1.500 kilómetros de la Antártida, desaparecieron entre 2022 y 2024, debido a la gripe aviar o influenza H5N1. Desde que este virus llegó a la remota isla a finales de 2023, causó la muerte de aproximadamente 53.000 hembras.

Las cifras en aves de corral son mayores. Se estima que, entre 2005 y abril del 2023, una de las cepas de gripe aviar provocó la muerte y el sacrificio masivo de más de 557 millones de aves de corral en todo el mundo, con un pico sin precedentes de 141 millones en más de 85 países y territorios afectados el año 2022, según cifras presentadas por la FAO.

En respuesta, las diferentes organizaciones que participaron de la cumbre One Health buscan ayudar a los países a pasar de enfoques fragmentados a una estrategia unificada frente a la gripe aviar. Para esto, las cuatro instituciones y la Convención sobre la Conservación de las Especies Migratorias de Animales Silvestres presentaron un nuevo Marco Estratégico de Colaboración sobre gripe aviar, enfocado en fortalecer la coordinación en vigilancia, evaluación de riesgos, preparación y respuesta.

De acuerdo con Emmanuelle Soubeyran, directora general de la Organización Mundial de Sanidad Animal, fortalecer los sistemas de salud animal podría evitar pérdidas económicas estimadas actualmente en 300 mil millones de dólares anuales, “además de proteger medios de vida, sistemas alimentarios y estabilidad global”.

En ese sentido, otro de los anuncios que dejó la cumbre está relacionado con otra enfermedad que cobra la vida de aproximadamente 60.000 personas cada año: la rabia transmitida por perros. Los participantes plantearon una iniciativa global, liderada por el Instituto Pasteur —un centro de investigación biomédica de Francia—, la OMS, la OMSA y la FAO con la que buscan eliminar las muertes humanas por rabia, fortaleciendo los programas de vacunación, vigilancia epidemiológica y participación comunitaria.

“Se espera que esta estrategia demuestre la eficacia de la prevención desde el origen y sirva como modelo para reforzar sistemas más amplios de vigilancia y preparación One Health”, menciona el informe final de la cumbre.

Para el subdirector general de Promoción de la Salud, Prevención de Enfermedades y Atención de la OMS, Jeremy Farrar, el enfoque One Health y este tipo de estrategias ya no son una opción. “Es un imperativo estratégico en un mundo inestable, pero cada vez más interconectado”.

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