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Aunque vivan en territorios separados por cientos de kilómetros y hayan construido relaciones distintas con el agua, durante dos días líderes comunitarios, artistas, sabedores e investigadores del territorio colombiano encontraron un punto en común a orillas del río Magdalena, en Honda, Tolima.
Desde los esteros de Casanare, zonas de las sabanas donde se acumula agua, hasta los ríos de la Amazonia y de la Sierra Nevada de Santa Marta, el agua no solo ha permitido la existencia de ecosistemas y comunidades.
Alrededor de ella se han construido relatos, tradiciones y conocimientos que han pasado de una generación a otra.
Estas formas de relacionarse con el agua se reflejaron el 15 y 16 de agosto durante el tercer Encuentro de Ciudadanos del Río, una iniciativa liderada por la organización Colombia Crea Talento y que busca reconocer y salvaguardar los saberes ancestrales, conocimientos tradicionales y prácticas culturales que contribuyen a la conservación de los cuerpos de agua en Colombia. La jornada se realizó en el marco de La Magdalena Fest, un festival que desde 2018 ha puesto al río Magdalena en el centro de actividades culturales, artísticas y ambientales.
Durante esta tercera edición de Ciudadanos del Río, las conversaciones se organizaron alrededor de cuatro espacios: Miradas del Río, que se centró en las diferentes maneras de comprender y conservar los cuerpos de agua; Ciudadanos del Río, dedicado a las historias y experiencias de quienes han construido su vida alrededor de ellos; Celebraciones del Río, sobre su lugar en las tradiciones y manifestaciones culturales; y Ecosistemas de Río, enfocado en las experiencias y desafíos para conservarlos. Además, se realizaron dos talleres en los que los participantes pudieron plasmar lo aprendido a través de la creación colectiva de un fanzine y un podcast.
El agua también transmite conocimientos
Para Teyrungumu Torres, físico e investigador arhuaco de la Sierra Nevada de Santa Marta, el encuentro entre comunidades representa una oportunidad para “tejer” entre culturas y conocimientos diferentes alrededor de un propósito común: cuidar el agua y, con ella, la vida.

En la cosmovisión de los pueblos de la Sierra Nevada, esa relación adquiere un significado todavía más profundo. En su visión del mundo, el agua es el camino por donde transitan sus mayores: quienes poseen y transmiten el conocimiento para mantener el equilibrio del territorio, un “gran tejido” que lo abarca todo, desde sus rocas y montañas hasta el aire.
A más de 690 kilómetros de la Sierra Nevada, en las sabanas de Maní, Casanare, la relación con el agua ha producido otras historias. Iveth Maureen Serrano, profesora rural del municipio, trabaja alrededor de los esteros, depresiones de las sabanas que acumulan agua y que son espacios fundamentales para animales y comunidades. Alrededor de ellos viven garzas, babillas, ganado y otros animales, pero también generaciones de llaneros que aprendieron a aprovechar los recursos de estos ecosistemas.
Serrano recuerda que alrededor de ellos surgían conversaciones, cuentos, mitos y leyendas. Ahora, parte de su trabajo consiste precisamente en evitar que esas historias desaparezcan.
Una de las estrategias que ha desarrollado con niños y jóvenes de su municipio se llama “El cuaderno viajero”. A través de ella, los estudiantes consultan a sus familiares sobre para qué servía el estero, qué ocurría allí y qué historias, mitos o anécdotas recuerdan, y con esos relatos reconstruyen colectivamente la memoria llanera.

Para Serrano, el ejercicio ha adquirido otra dimensión a medida que algunos esteros han comenzado a desaparecer, pues permite que las historias persistan gracias a la comunidad. Entre esas historias está, por ejemplo, el mito del güío, una gran serpiente constrictora de los Llanos. Según el relato, “al matar al güío, el estero muere”. Un relato que muestra cómo las comunidades han relacionado durante generaciones la vida de los animales con la salud de estos cuerpos de agua.
Pero esta no fue la única historia de serpientes. Atravesando el país, en la Amazonia colombiana, Belarmino Valle, líder territorial de la comunidad Bellavista, de la etnia Tuyuca, en Vaupés, narró que para su comunidad el agua no es algo externo al ser humano: “Nosotros hacemos parte del agua porque para nosotros fue el medio que nos trajo a este mundo”.
Así se refería a la tradición de la Serpiente-canoa, según la cual una anaconda gigante llevó en su cuerpo a los primeros humanos y los distribuyó a lo largo del río.
Aunque los relatos sean distintos, reaparece una idea compartida: el agua no puede separarse de la historia de quienes viven a su alrededor.
Un río también puede guardar memoria
El Magdalena, que sirvió como punto de encuentro de todas estas voces, tiene sus propias historias. Algunas aparecieron en Arrastre, la exposición del artista Sebastián Gómez. Parte de su obra fue construida con madera extraída del Magdalena en Honda (Tolima) mediante una práctica conocida como “leñateo”, un ejercicio común cuando escasea la pesca que consiste en que algunos pescadores recogen la madera que baja flotando por el río.
Pero Gómez encontró en esos materiales algo más que madera.

La obra reflexiona sobre todo aquello que ha descendido por el Magdalena y que, en sus palabras, “bajaba sin querer tenerlo en sus aguas”. Es una dualidad que atraviesa buena parte de su trabajo. Para el artista, el Magdalena ha cargado algunas de las heridas más profundas del país, pero, al mismo tiempo, ha sido fundamental para su desarrollo económico y para la vida de innumerables comunidades. “Este gran río lo que genera es esa unión entre territorio, comunidades y entre el pueblo”.
Y esa es también una de las ideas que dejó el encuentro. Los cuerpos de agua que atraviesan Colombia son ecosistemas que enfrentan sus propios desafíos de conservación. Pero las historias reunidas en Honda recuerdan que, cuando uno de ellos se transforma o desaparece, no solo cambia un ecosistema. También pueden transformarse los oficios, relatos y conocimientos que las comunidades han construido a su alrededor.
Como lo dijo el mayor de la Sierra Nevada Dugunawin Arroyo: “Aunque pensamos diferente, aunque hablamos diferente, hay un solo sentir porque todos necesitamos agua”.