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Tres proyectos que transforman retos ambientales en oportunidades

¿Cómo impulsar el turismo sin descuidar una laguna, aprovechar residuos de cuero para crear productos y enseñarles a los niños a proteger la naturaleza? Tres iniciativas muestran cómo las comunidades pueden convertir los desafíos ambientales en oportunidades para sus territorios.

Ruta agroturística Fúquene.
Ruta agroturística Fúquene.
Foto: Diana Castelblanco - Diana Castelblanco

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¿Qué tienen en común una ruta turística alrededor de una laguna, productos elaborados con retales de cuero y actividades ambientales con niños? Más de lo que parece: las tres iniciativas parten de una misma idea, las comunidades pueden ser protagonistas de las soluciones a los problemas ambientales de sus territorios.

Esa es la apuesta de la Escuela del Agua y Cambio Climático, una iniciativa de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) y la Universidad Jorge Tadeo Lozano que busca fortalecer las capacidades de quienes habitan los territorios para identificar sus necesidades y formular soluciones desde sus propias comunidades.

Desde 2024, la iniciativa ha vinculado a estudiantes y líderes de 87 municipios de la jurisdicción de la CAR, en Cundinamarca y Boyacá. Más de 300 líderes han culminado el ciclo de formación y se han formulado más de 200 proyectos socioambientales relacionados con el agua, la restauración ecológica, la economía circular y la adaptación al cambio climático.

La propuesta responde a una necesidad identificada por la autoridad ambiental: en los territorios hay personas que conocen de primera mano sus problemáticas, pero que no siempre cuentan con las herramientas para convertir sus ideas en proyectos viables.

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“Nosotros tenemos identificados un grupo de actores, de veedores ambientales, de líderes que siempre están levantando la mano, que siempre están generando necesidades, gestionando proyectos”, explica Nidia Clemencia Riaño Rincón, directora de Cultura Ambiental y Servicio al Ciudadano de la CAR.

El reto, agrega, era fortalecer esas iniciativas para que pudieran responder a las necesidades locales y ampliar su alcance. Tres experiencias muestran cómo ese propósito se materializa en escenarios distintos: el turismo comunitario, el aprovechamiento de residuos industriales y la educación escolar.

Fúquene: turismo y cuidado ambiental

En Fúquene, la respuesta tomó la forma de una ruta agroturística que conecta nueve puntos del territorio alrededor de la laguna. La propuesta reúne actividades que ya existían, pero que funcionaban de manera independiente: recorridos en lancha, gastronomía, alojamiento, artesanías, talleres ambientales y visitas a lugares de interés natural e histórico.

Diana Castelblanco, profesora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y líder del proyecto, explica que el propósito fue construir una experiencia conjunta con habitantes y prestadores de servicios locales, en la que la conservación ambiental y las oportunidades económicas pudieran avanzar de la mano.

“Encontramos personas que ofrecen recorridos en lancha, alimentos, alojamiento, artesanías, talleres ambientales y visitas a distintos lugares, pero muchas de estas actividades funcionaban de manera separada. El propósito fue hacer un proceso de cocreación para juntos construir una experiencia común, organizada alrededor del cuidado de la laguna y capaz de beneficiar a diferentes integrantes de la comunidad”, señala Castelblanco.

En el recorrido, los visitantes pueden conocer la historia local, caminar por senderos, observar aves, navegar por la laguna, acercarse a los cultivos y probar productos de la gastronomía campesina.

La intención es que la visita vaya más allá de contemplar el paisaje. La ruta busca acercar a las personas a las dinámicas del territorio y a las comunidades que dependen de él.

“Cuando una persona entiende el valor ecológico de la laguna y escucha a quienes la conocen, cambia su manera de relacionarse con ella”, afirma Castelblanco.

Para que esta actividad contribuya a la conservación, advierte, es necesario organizarla de acuerdo con las capacidades del ecosistema, promover grupos pequeños, manejar adecuadamente los residuos y respetar las zonas sensibles y la fauna. También es importante que los ingresos se distribuyan entre los distintos participantes, desde guías y lancheros hasta productores, artesanos y responsables de talleres.

“La apuesta consiste en fortalecer una oferta turística que genere oportunidades para la comunidad sin perder de vista la protección de la laguna”, agrega.

De esta manera, la ruta busca articular diferentes actividades económicas alrededor de un propósito común: generar oportunidades para la comunidad y contribuir al cuidado del territorio y sus recursos naturales.

Curtiembres: darles una nueva oportunidad a los residuos de cuero

En Villapinzón y Chocontá, donde la actividad de las curtiembres plantea desafíos relacionados con el manejo de residuos, la iniciativa se concentra en un material específico: los retales de cuero que quedan después de los procesos de corte y elaboración de productos.

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Estos sobrantes pueden terminar en rellenos sanitarios o recibir una disposición inadecuada. Su aprovechamiento requiere especial atención, pues el cuero curtido ha pasado por tratamientos químicos y no se comporta como un residuo orgánico común.

Frente a este problema, el proyecto de economía circular busca aprovechar parte de esos materiales para elaborar artículos funcionales y decorativos que incorporen elementos de la identidad regional y mensajes sobre el cuidado del agua, la fauna y los páramos.

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Federico Gélvez, profesor de la Universidad y líder del proyecto, explica que el trabajo comenzó con la exploración de las posibilidades del material y la formación de artesanos y habitantes de la zona en técnicas para transformarlo.

“La idea con este proyecto es generar un encadenamiento productivo que genere una actividad sostenible para los participantes, con beneficios económicos proporcionales a su participación en dicho encadenamiento”, explica Gélvez.

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La iniciativa contempla la caracterización de los retales disponibles, talleres creativos, diseño de productos y fortalecimiento de habilidades para su posible comercialización. Entre las propuestas promovidas por la CAR también se encuentran artículos de marroquinería inspirados en la riqueza natural de la región, como frailejones elaborados en cuero y cinturones con imágenes del oso de anteojos.

“El objetivo no es solamente reducir la cantidad de residuos que se desechan. También se busca fortalecer los saberes artesanales y abrir oportunidades económicas para quienes participan en el proceso”, continúa.

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Además, se busca vincular a más actores de la cadena productiva. Actualmente, se explora la posibilidad de trabajar con cerca de 80 curtiembres de la zona para ampliar la cantidad de residuos que podrían aprovecharse.

La experiencia plantea una posibilidad: explorar cómo un material que representa un desafío para la gestión ambiental puede convertirse, mediante el conocimiento y el trabajo local, en materia prima para nuevas actividades productivas.

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CURTIEMBRES
Curtiembres, accesorios hechos con retales de cuero que quedan después de los procesos de corte y elaboración de productos.
Foto: Federico Gelvez - Federico Gelvez

Colegios: aprender haciendo para cuidar el entorno

La tercera experiencia lleva la educación ambiental a niños y niñas de diferentes municipios de Cundinamarca. La iniciativa es desarrollada por integrantes de Green Brains Project, un proyecto orientado a promover la educación ambiental, enfrentar los desafíos ecológicos y fomentar una relación más responsable con la naturaleza. Sus integrantes también participaron en la Escuela del Agua y Cambio Climático y buscan compartir los conocimientos adquiridos mediante actividades pedagógicas relacionadas con el agua, el aire, el suelo y la biodiversidad.

En lugar de limitarse a explicar conceptos, las cátedras proponen juegos, ejercicios de observación, retos ambientales y espacios de reflexión en los que los estudiantes identifican problemas de su entorno y piensan en posibles soluciones.

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Una de las actividades, llamada Detectives del Tiempo, invita a descubrir cuánto pueden tardar distintos residuos en degradarse. En otras, los participantes asumen el papel de guardianes del agua, el aire, el suelo y la biodiversidad, y analizan qué pueden hacer desde sus colegios, hogares y comunidades.

“Nosotros creemos en aprender haciendo, experimentando y construyendo colectivamente”, explica Daniela Torres, profesora de la Escuela del Agua. “La principal diferencia es que los estudiantes dejan de ser receptores pasivos de información y se convierten en protagonistas de su aprendizaje”.

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La propuesta parte de reconocer que los desafíos ambientales no se viven de la misma manera en todos los lugares. Por eso, las conversaciones se relacionan con situaciones cotidianas: de dónde viene el agua que consumen los estudiantes, qué ocurre con los residuos que producen o qué cambios observan en las fuentes hídricas cercanas.

Hasta el momento, el equipo reporta haber llegado a alrededor de 250 niños y niñas de diferentes territorios. Uno de sus objetivos es que los aprendizajes trasciendan las jornadas y lleguen a las familias mediante acciones cotidianas como ahorrar agua, separar residuos y proteger la fauna y la flora. Así, los estudiantes pueden convertirse en multiplicadores de los conocimientos adquiridos y promover mejores prácticas ambientales en sus hogares.

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De la formación a la acción

Aunque los tres proyectos tienen objetivos y alcances distintos, comparten un principio: las respuestas ambientales pueden construirse a partir de las capacidades de las personas que conocen y habitan los territorios.

Para la CAR, esa es una de las razones para impulsar procesos de formación que permitan pasar de la identificación de los problemas a la formulación de iniciativas.

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“La apuesta incluye a líderes ambientales, emprendedores, comunidades educativas y otros actores que pueden contribuir a la gestión sostenible de sus entornos”, señala Riaño.

En Fúquene, el reto es articular actividades turísticas alrededor de la conservación y el bienestar comunitario. En las zonas de curtiembres, se trata de explorar alternativas para aprovechar retales de cuero y fortalecer una actividad productiva con criterios ambientales. En los colegios, el propósito es acercar el conocimiento científico a la vida cotidiana y motivar a los estudiantes a participar en el cuidado de sus territorios.

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