Desde hace más de 10 años, la bióloga marina María Adriana Gracia y los estudiantes que han pasado por el grupo de investigación Geología, Geofísica y Procesos Marinos Costeros, que ella lidera en la Universidad del Atlántico, se han dedicado a estudiar la biodiversidad que hay en la porción del mar Caribe que le corresponde al departamento del Atlántico.
En los últimos cinco años, Gracia, PhD en Ciencias de la Universidad Nacional, empezó a centrar el inventario que están elaborando en los moluscos, un grupo que incluye animales como los pulpos, los caracoles, las almejas y las ostras.
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A lo largo de varias inmersiones en estos últimos años, Gracia y sus estudiantes empezaron a encontrarse, de manera cada vez más frecuente, con un caracol de forma tubular de color blanco hueso y café que “no coincidía con ninguna de las especies que están registradas como nativas para el Caribe”, señala la profesora, que se ha dedicado al estudio de los moluscos, es decir, es una malacóloga.
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Junto a estudiantes como Alex David Paternina, Gracia empezó un proceso de identificación de la especie. Revisando fotos de trabajos de campo anteriores, notaron que tenía registros desde por lo menos 2016 y, visitando colecciones biológicas, lo encontraron como parte de los restos de un barco que se hundió en el turístico sector de El Rodadero, en Santa Marta, hacia 1998.
Luego de meses de análisis morfológicos (estructura física del animal) y de aplicar técnicas moleculares, Gracia y Paternina llegaron a la conclusión de que este caracol (un gasterópodo marino, para ser más específicos), que pasó desapercibido por casi 30 años, es el Eualetes tulipa, una especie invasora que ha sido reportada en otros países de la región como Brasil y Venezuela.
Aunque, como reconocen en el artículo que publicaron hace unas semanas en la Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, aún hacen falta por responder varias preguntas alrededor de este caracol gusano, la profesora Gracia y Paternina advierten que “su alta tasa reproductiva representa una amenaza silenciosa para las especies nativas y los ecosistemas”.
¿Cómo llegó ese molusco a Colombia?
El trabajo de Gracia y Paternina permite tener una certeza: en al menos tres departamentos del Caribe colombiano se encuentra el caracol Eualetes tulipa, el primer gasterópodo (un tipo de molusco) invasor que se registró en todo el Caribe. Pero sobre su llegada como sobre su distribución e impactos, hay varias preguntas.
Incluso hay inquietudes sobre el origen de este caracol, un animal sésil, es decir, que carece de pie o tallo y que, por lo tanto, se adhiere o entierra en diferentes tipos de sustratos. Por ejemplo, no se sabe de dónde tomó los caracoles Jean-Charles Chenu, el naturalista francés que entre 1843 y 1845 fue el encargado de realizar las primeras ilustraciones que se conocen de esta especie. Por trabajos posteriores, se considera nativa de la costa del Pacífico de Panamá y Costa Rica.
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¿Cómo habría llegado este animal desde el Pacífico panameño hasta el Caribe colombiano y venezolano e, incluso, al estado de Bahía, en Brasil, sobre el Atlántico? Una de las principales hipótesis que contemplan los investigadores es que el caracol haya viajado en un buque que cruzó el Canal de Panamá, incrustado o en el agua de lastre, el agua del mar que los barcos cargan o descargan para estabilizar su navegación.
“Los desechos, como la basura o la madera, también podrían desempeñar un papel significativo en la propagación local de la especie”.
María A. Gracia
Otra hipótesis que no se puede descartar, dice Gracia, es el transporte a la deriva, ya que esta especie está bien adaptada para adherirse a diversos sustratos. “Los desechos, como la basura o la madera, también podrían desempeñar un papel significativo en la propagación local de la especie”, apuntaron los investigadores en el estudio.
En lo que hay más claridad, hasta el momento, es en su distribución en nuestro país. Los caracoles que fueron utilizados para los análisis morfológicos y moleculares, que permitieron confirmar que se trataba del Eualetes tulipa, fueron recolectados a lo largo de 2024 en las playas de Puerto Velero, Puerto Caimán y Caño Dulce, a unos 15 kilómetros al occidente de Barranquilla.
En el caso de Isla Arena, en el departamento de Bolívar, la confirmación se hizo a través de fotografías que el grupo de investigación había tomado en 2016 durante una salida de campo. En el caso de El Rodadero, en Magdalena, la profesora Gracia visitó la colección de moluscos del Museo de Historia Natural Marina de Colombia, en Santa Marta. Allí pudo trabajar con el material que se recolectó en 1998 y que estaba en un barco hundido en este sector turístico. “[El caracol] estaba pegado a una concha de un bivalvo (Spondylus), que a su vez estaba adherido al barco”, precisa la bióloga marina.
Si bien el estudio de Gracia y Paternina se concentró en comprobar la presencia de la especie en Colombia, la profesora advierte que “está bien establecida, porque la encontramos en cualquier cantidad de sustratos”.
En el estudio, los investigadores anotan que identificaron al caracol adherido a otros caracoles, a restos leñosos, a rocas naturales y corales, en sustratos artificiales como paredes verticales de concreto, pilares metálicos e incluso puentes, así como en otros organismos sésiles, como esponjas.
Antes de continuar con el diagnóstico y los posibles impactos de la presencia de esta especie en el país, ambos investigadores son enfáticos en señalar que es necesario adelantar estudios ecológicos que permitan afirmar con evidencia en mano cuál es la interacción de este animal con los ecosistemas del país.
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Mientras se avanza en esos estudios, Gracia y Paternina mencionan algunos elementos que hacen prender las alarmas. Uno de ellos es la reproducción de la especie. Si algo se sabe del Eualetes tulipa es que se reproduce durante todo el año y que las hembras incuban hasta 54 cápsulas de huevos, cada una con aproximadamente 290 huevos. Dicho en otras palabras, esto representa una “alta tasa reproductiva”, por lo que, a los ojos de los investigadores, “es esencial monitorear esta especie”.
Su gran capacidad reproductiva, sumada a su capacidad de establecerse en una distinta variedad de sustratos y a su adaptación a condiciones ambientales como la salinidad y la turbidez (así como los reportes en otros países de la región), son los argumentos que Gracia y Paternina plantean para clasificar a este caracol como una especie invasora.
Pero, para que el Ministerio de Ambiente pueda declarar a este caracol como una especie exótica invasora (como el hipopótamo o el pez basa, por mencionar dos ejemplos), se tiene que demostrar, además, que tiene un impacto negativo sobre la fauna y la flora nativa. Cabe recordar que la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) ha identificado a las especies invasoras como uno de los principales motores de la pérdida de biodiversidad en el mundo.
Para comprobar este punto, insisten los investigadores, hacen falta estudios de tipo ecológico. Sin embargo, investigaciones realizadas en otros países de la región donde también se ha confirmado la presencia de este caracol dejan ver algunos de estos posibles impactos.
En el primer inventario nacional de especies de moluscos no nativos en Brasil, publicado en Biological Invasions en abril de este año, un grupo de científicos manifestó su preocupación por el grupo de los vermetidos, al que pertenece el Eualetes tulipa. En este país, explicaron los autores, “se ha expandido rápidamente, utilizando tanto sustratos artificiales como entornos naturales. Sus impactos aún no están claros, pero estudios de otras regiones han reportado competencia por el espacio y degradación de los corales”.
Años atrás, un estudio publicado en Hydrobiologia y que indagó sobre los impactos socioambientales de las especies de moluscos no nativos en Sudamérica, reseñó que los caracoles de esta especie contaminan las turbinas de las centrales eléctricas en Venezuela, el primer país del Caribe donde se confirmó la invasión de este caracol.
Al respecto, Paternina señala que, considerando el éxito reproductivo y la diversidad de sustratos que ya habita, el caracol invasor podría estar desplazando especies nativas, como ostras, esponjas e incluso corales. Gracia, por su parte, hace énfasis en los caracoles que vieron adheridos a los corales y que podrían estar generando interacciones negativas que terminen afectando a los arrecifes.
Para Gracia, una de las razones para que el país se haya demorado casi tres décadas en reportar esta especie invasora recae en la ausencia estructural de recursos para estudios marinos.
Mientras el Ministerio de Ambiente estudia la información que ya fue entregada por parte de los investigadores, estos le piden a las entidades de orden nacional, regional y local que apoyen más la investigación marina. Para Gracia, una de las razones para que el país se haya demorado casi tres décadas en reportar esta especie invasora recae en la ausencia estructural de recursos para estudios marinos. Ahora que ya se confirmó, agrega, deberían financiarse los estudios ecológicos que se requieren.
Aunque Gracia reconoce que “hay que seguir con la investigación”, cree que lo más importante es que se traduzca en acciones que permitan proteger las especies nativas del país.
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