22 Oct 2015 - 3:14 a. m.

Bosque andino, fragmentado

En el Parque Natural Regional Bosques de Misiguay, Santander, se están protegiendo 2.800 hectáreas de bosque. Las 42 familias que viven en la región se comprometieron a no expandir su frontera agrícola.

María Mónica Monsalve S.

El bosque andino y subandino protege la montaña: evita, en tiempos de sequía, agotar sus recursos hídricos, y en temporadas de lluvia, desbordar los ríos que la atraviesan. A sus habitantes les da madera para comercializar y a la fauna, que se esconde en su espesor, le permite moverse entre los 1350 y 2400 msnm.

Por sus hojas pasan tucanes, colibríes y osos perezosos, y de sus suelos se nutren los robles, el cristalito y el candelero. El bosque respira, por eso es mitigador del cambio climático, y con sus raíces contiene la firmeza de la tierra; por eso previene la erosión de la montaña. Pero en Colombia el bosque andino está fragmentado.

La tala y la agricultura le generaron heridas, zonas abiertas que descubrieron sus húmedas tierras a la mirada del sol, y la ganadería cambió la magnitud de sus árboles por la planicie de los pastizales. “Nos dimos cuenta de que en las coberturas donde hay una matriz de bosque natural, siempre hay parches de deforestación, áreas que fueron taladas”, dice Hugo Orlando Angarita, técnico administrativo de la Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga (CDMB), quien desde el 2010 se ha dedicado a estudiar un área repartida entre los municipios de Rionegro y Matanza, Santander, para declarar lo que hoy se conoce como el Parque Natural Regional Bosques de Misiguay.

La imagen que los cautivó fue una satelital. Desde arriba se veía una sombra oscura en la cordillera oriental, entre las subcuencas del río Salamaga y río Negro. Una mancha forestal rodeada de actividad agropecuaria y ganadería extensiva que, después de estudiar, supieron que era 95 % bosque natural y 5 % espacio intervenido por el humano –lo herido–. Un área de 2.800 hectáreas protegidas desde el 2014 y que las 42 familias que habitan en la zona, repartida entre diez veredas, se comprometieron a conservar.

Que lo de arriba no muera aguas abajo

De los 59 años que tiene Jorge Cristancho, habitante de la zona protegida, 57 los ha vivido en los bosques de Misiguay. En las mañanas recoge café, que “no es lo único que se da en esta tierrita”, aclara. El plátano, el lulo, la mora, las hortalizas e incluso el cacao, que ya se puede cultivar por el cambio climático, son la principal actividad económica de las personas que viven allí.

Por conservar una hectárea de bosque que tengan en su predio, cada familia recibe 50.000 pesos anuales. A cambio, se comprometen a no expandir la frontera agrícola con sus cultivos ni a talar los árboles para comercializar madera. “Nosotros lo que reconocemos es un incentivo adicional al trabajo, pero este estímulo no tiene la idea de reemplazar su ingreso”, aclara Carlos Alberto Suárez, subdirector de Ordenamiento y Planificación Integral del Territorio de la CDMB. Hasta el momento, con el pago por conservación anual se están cubriendo 4.000 hectáreas en toda la jurisdicción de la CDMB y se espera que a futuro, junto con otras entidades, se pueda ampliar tanto la cobertura como el valor que se le reconoce a cada familia.

Cristancho, como testigo de los cambios que ha tenido el bosque andino y subandino en esta región, asegura que la comunidad no gasta ni el 1 % del agua del río Salamaga, por eso su gran preocupación es lo que pasa aguas abajo del área protegida. “Acá arriba las aguas han disminuido como en un 50 %, pero la calidad sigue siendo igual. Sin embargo cuando se llega a El Bambú, entrada de la vereda de Misiguay, las aguas están más sucias, porque hay unas compañías avícolas que hacen las descargas directamente sobre el río”, explica Cristancho.

Aunque dice estar desmoralizado de que “abajo no conserven el agüita”, nunca ha dudado de la apuesta por la conservación. Desde hace veinte años ha luchado por no acabar con su riqueza selvática y, sí por él fuera, traería más entidades para que trabajaran en la conservación del bosque. “La esperanza mía es que una ONG termine comprando todo esto o, incluso, que venga el Estado y nos capacite en cómo manejar los recursos, porque aquí hay familias que viven de la madera, pero la solución no es quitarles la motosierra, sino mostrarles alternativas”, explica.

La protección del bosque andino en el Parque Natural Regional Bosques de Misiguay se está realizando de distintas formas. En el bosque natural, destinado para la preservación, no se pueden talar árboles ni hacer turismo de alto impacto y en las zonas donde el bosque está fragmentado, se están realizando proyectos para recuperar la funcionalidad ecosistémica a través de la restauración pasiva y activa. En la primera, se cerca el área para que la naturaleza se encargue de recuperar la zona, y en la segunda, se interviene el terreno para que imite los ecosistemas que están alrededor.

¡A hablar de bosques!

¿Cómo se mide el valor de un bosque? Esta pregunta, que ha pasado por la cabeza de muchos ecólogos, empresarios y conservacionistas, se convirtió en el motivo para que la comunidad internacional diseñara una estrategia conocida como REDD+, que busca reconocer el almacenamiento de carbono de áreas forestales y fomentar la gestión sostenible de los bosques. En Colombia, el Ideam ha estimado que el bosque muy húmedo de montaña tiene 62,7 toneladas de carbono almacenadas por hectárea y que para el período 2005-2010, 7.371’239.350 toneladas de carbono estaban almacenadas en los bosques naturales de todo el país.

Liderado en los departamentos de Santander, Norte de Santander, Guaviare y Caquetá por GIZ (Agencia de Cooperación Alemana), el proyecto REDD+ busca recoger las experiencias de conservación de bosque que se han realizado en la región para poder diseñar una ruta de conservación y conocer sus beneficios. El Parque Natural Regional Bosques de Misiguay es uno de los proyectos que están siendo analizados.

Además, junto al Ministerio de Ambiente están convocando al fortalecimiento y creación de Mesas Forestales para que distintas entidades vayan a hablar sobre el bosque. “Estos espacios son acuerdos de voluntades para poder discutir la estrategia REDD y el tema forestal. Ver cómo los podemos fortalecer”, afirma Angélica Beltrán, asesora en comunicación REDD+ de la región.

En estos espacios, entonces, se puede saber lo que representa el bosque andino y subandino desde distintos puntos de vista. Para Suárez, director de la CDMB, es una opción para mitigar el cambio climático, y para Angarita, técnico del área, es un reservorio de agua en tiempos de sequía. Pero para Jorge Cristancho, que ha vivido en ellos por 57 años, la cosa es más simple. “Después de Dios, los bosques son la vida”, afirma.

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