2 Oct 2014 - 3:41 a. m.

De petroleros a 'ambientalistas'

La familia Rockefeller, que logró su inmensa fortuna con el petróleo, venderá sus inversiones para reinvertirlas en energía limpia.

John Schwartz / New York Times News Service

John D. Rockefeller amasó una vasta fortuna con el petróleo. Ahora, sus herederos están abandonando los combustibles fósiles.

La familia, cuya riqueza legendaria salió de Standard Oil, pretende anunciar que el fondo Rockefeller Brothers, su organización filantrópica, con US$860 millones, se une al movimiento de desinversión que comenzó hace un par de años en los campus universitarios.

En los últimos años, 180 instituciones —incluidas las filantrópicas o religiosas, los fondos de pensiones y gobiernos locales—, así como cientos de inversionistas acaudalados, se han comprometido a vender activos vinculados a las compañías de combustibles fósiles que tengan en sus carteras e invertir en alternativas más limpias. En total, los organismos se han comprometido a liquidar activos con valor de más de US$50.000 millones de sus carteras, y los particulares, más de US$1.000 millones, según Arabella Advisors, una consultoría para filántropos e inversionistas para que utilicen sus recursos en alcanzar objetivos sociales.

La gente que está vendiendo acciones de energía es muy consciente de que es poco probable que eso tenga un impacto inmediato en las empresas, dado el enorme mercado de capitalizaciones y movimiento de dinero.

Aun así, algunos dicen que están tomando medidas para alinear sus activos con sus principios ambientales. Otros quieren avergonzar a las compañías que, creen, están contribuyendo en forma negligente a calentar el planeta. Otros más dicen que la lucha para limitar el cambio climático conducirá a nuevas normativas y nuevas tecnologías perjudiciales que harán que sea cada vez más arriesgado invertir en estas compañías.

Al final, dicen los inversionistas activistas, sus acciones, como las de las luchas anti-apartheid con desinversiones en los ochenta, podrían ayudar a impulsar el debate internacional, mientras el cambio en los fondos de inversiones a alternativas energéticas podría llevar a soluciones para el acertijo del carbono.

“Nos encontramos en un umbral”, anotó Ellen Dorsey, la directora ejecutiva del fondo Wallace Global, que ha coordinado el esfuerzo de reclutar fundaciones para la causa. “Este movimiento ha pasado rápidamente de ser una bandita de activistas a ser parte de la corriente principal”.

No todos liquidarán todo, ni de inmediato, señaló Dorsey, y algunos sólo están desinvirtiendo en sectores específicos de la industria de los combustibles fósiles, como el carbón. “La clave es que se movilizan hacia un destino común”, señaló.

Entre los inversionistas particulares que se han unido están el actor Mark Ruffalo y el obispo Desmond Tutu, quien ha dicho que, debido a que el cambio climático tiene un impacto desproporcionado en los pobres, es el “desafío de derechos humanos de nuestro tiempo”.

Es incierto exactamente cuán transparentes serán los diversos fondos e instituciones respecto de los avances en las ventas de sus activos. En el fondo Rockefeller Brothers no hay ninguna ambigüedad, pero sí precaución, explicó Stephen Heintz, su presidente. El fondo ya eliminó totalmente las inversiones que tienen que ver con el carbón y las arenas bituminosas, en tanto incrementa su inversión en fuentes alternas de energía.

Llevará más tiempo desenmarañar otras inversiones en una compleja cartera del reino más amplio de los combustible fósiles. “Nos estamos moviendo soberbiamente, con compromisos reales”, expresó.

Steven Rockefeller, un hijo de Nelson A. Rockefeller y fideicomisario del fondo, dijo que prevé futuros problemas financieros para las compañías que han acumulado más reservas de las que pueden quemar sin contribuir en forma significativa al daño climático. “Vemos que esto tiene una dimensión tanto moral como económica”, manifestó.

El activismo para desinvertir en compañías de combustibles fósiles empezó en los campus universitarios, pero el marcador de éxitos allí ha sido mixto. Harvard, la universidad con la fundación más grande, se negó a desinvertir, a pesar de la presión de muchos estudiantes y organizaciones externas.

Su rectora, Drew Gilpin Faust, emitió declaraciones en las que señala que ni ella ni sus colegas creen que la desinversión “esté garantizada, ni sea prudente”, y argumentaron que el fondo de US$32.700 millones de la institución “es un recurso y no un instrumento para impeler el cambio social o político”.

Stanford anunció recientemente que liquidaría sus propiedades en la industria del carbón. La oficina de inversiones de la Universidad de Yale pidió a sus administradores del dinero que examinen cómo afectan sus inversiones al cambio climático y analicen cómo evitar a las compañías que no den “pasos razonables para reducir las emisiones de gases invernadero”. El anuncio no satisfizo a los estudiantes, que presionaban por la desinversión.

El Pitzer College, no obstante, es una de las varias escuelas que han prometido esfuerzos más extensivos para sacar los combustibles fósiles de sus fundaciones. Donald P. Gould, un fideicomisario y presidente del comité de inversiones de Pitzer y de Gould Asset Management, dijo que todos los que participaron en la toma de la decisión sabían que sería mínimo el efecto directo e inmediato en las empresas.

“No creo que nadie que esté a favor de la desinversión argumente que la venta de las acciones de compañías de combustibles fósiles que hacen las instituciones vaya a tener mucho impacto, si es que alguno, en las acciones o en las compañías mismas”, dijo, ya que son inmensas las capitalizaciones del mercado de las compañías.

Aun si el movimiento deprimiera los precios de las acciones, las compañías de energía, que tienen ganancias enormes con sus productos, no necesitan recurrir a los mercados de capital para recaudar dinero, anotó. Sin embargo, en el largo plazo, “la desinversión busca trabajar indirectamente con estas compañías al cambiar la conversación sobre el clima”.

Ha resultado más difícil convencer a los fondos de pensiones. Si bien Hesta Australia, un fondo para el retiro del sector salud, con valor de US$26.000 millones, anunció la semana pasada que abandonaría el carbón, otros no lo han hecho. Pension Danmark dijo en una declaración que invirtió el 7% de su cartera de US$26.000 millones en energía renovable y tiene planes para aumentar el porcentaje.

“La desinversión no contribuirá por sí misma a resolver los retos del cambio climático global y creemos que no es una forma muy prudente de tratar de solucionar el problema”, dijo la compañía.

Torben Moger Pedersen, el director ejecutivo del fondo, agregó que si los rendimientos de la tradicional planta de electricidad a base de carbón y una granja eólica fueran iguales, el fondo invertiría en esta última. Agregó: “No somos misioneros”.

En una entrevista realizada la semana pasada en las oficinas neoyorquinas de antaño de la familia Rockefeller en el Centro Rockefeller 30, Heintz, Rockefeller y Valerie Rockefeller Wayne, la presidenta del fondo, hablaron sobre el antiguo compromiso de la familia para usar el fondo para impulsar los problemas ambientales.

La familia también ha participado en el activismo de los accionistas en Exxon Mobil, el sucesor más grande de Standard Oil. Al paso de los años, los miembros de la familia se han reunido en privado con la compañía en esfuerzos por hacer que modere su posición sobre problemas relativos al ambiente y el cambio climático. Reconocieron que no han causado que la empresa altere enormemente su rumbo.

Los Rockefeller también han tratado de impulsar el cambio mediante la inversión directa. En los ochenta, contó Rockefeller, familiares integraron un fondo de dos millones de dólares para invertir directamente en alternativas de energía renovable. Fue demasiado pronto. “No sobrevivió el fondo, lo que fue una lección”, dijo. No obstante, agregó que el fracaso del fondo fue “una medalla de honor”.

Wayne dijo que el compromiso de la familia es intergeneracional y continúa. Contó que su hija de ocho años la sermonea sobre la destrucción del hábitat de los orangutanes para crear plantaciones para la producción de aceite de palma. “Si me pinto los labios, no me da beso”, dijo, “porque tiene aceite de palma”.

 

 

 

 

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