11 Sep 2013 - 10:00 p. m.

Descifrando a un naturalista anónimo

Padre e hijo científicos tradujeron al español el libro de viajes inédito de Leo Miller, expedicionario a quien Colombia le debe la categoría del país más biodiverso en aves.

Mariana Escobar Roldán

“El 7 de enero de 1912, dos gringos macilentos llegaron a Cali buscando asistencia médica. Después de haber atravesado las selvas del Chocó, de Cartago a Nóvita, los personajes bajaron por el río San Juan hasta su desembocadura, desde donde navegaron hacia Buenaventura para luego remontar la cordillera Occidental.

En menos de un mes de recorrido, colectaron 277 especímenes de aves y 39 de mamíferos y además consiguieron enfermarse de malaria. Durante varias semanas los naturalistas reposaron de sus fatigas en la ciudad y fueron tratados con sulfato de quinina para combatir las intensas fiebres palúdicas que los aquejaban. Mientras tanto, embalaron cuidadosamente sus colecciones para remitirlas a Nueva York y prepararon su siguiente expedición hacia el Macizo Colombiano.

Para uno de ellos, Arthur Allen, este sería el comienzo del regreso a casa, pues al llegar a San Agustín, dos meses más tarde, sufrió una fuerte recaída a consecuencia de la cual su compañero tuvo que enviarlo de vuelta a los Estados Unidos. Pero para este último, Leo Edward Miller, dicho momento marcó un punto de inflexión en su carrera como colector de aves”.

Así describen Luis Germán Naranjo y Santiago Naranjo, padre e hijo, biólogo el primero y sociólogo el segundo, el comienzo de las hazañas de Leo Miller, expedicionario de origen estadounidense que hace un siglo llegó a Colombia en busca de tesoros de la naturaleza.

Según cuenta el padre, se trataba de un personaje fuera de serie: “Apenas tenía 25 años, muy poca experiencia, pero tenía claro que quería recrear el espíritu de los expedicionarios de vieja data.”.

Cuando llegó a Colombia, en marzo de 1911, la figura de Miller era aún desconocida. Frank Chapman, uno de los más destacados ornitólogos estadounidenses de la época, le había encargado colectar y clasificar aves y mamíferos para las expediciones que realizaría en Suramérica el Museo Americano de Historia Natural (Nueva York), el cual apenas comenzaba a percibir el valor científico de las pieles, plumas y especímenes que millonarios y coleccionistas compraban como artículos de lujo.

Asimismo, Miller debía hacer observaciones sobre la geografía de regiones como el cerro Munchique, el páramo de las Papas, el valle de Cocora, el páramo de Santa Isabel y el nudo de Paramillo, cuya historia natural era prácticamente desconocida. De hecho, fue así como a los 25 años se convirtió en un naturalista destacado: fue el primer expedicionario en visitar los bosques del piedemonte andino-amazónico de Colombia y también el primero en ver al gallito de roca, una de las aves silvestres de más exótico plumaje en el mundo.

Santiago Naranjo, por su parte, se refiere a Miller como “un soldado de a pie de la biología. No era una de las grandes mentes, ni un organizador de las expediciones, pero con su curiosidad, largas caminatas y resistencia a enfermedades logró, como pocos, hacer descubrimientos que hoy son referentes para la biología colombiana”. Y es que, según agrega el sociólogo, “Miller ayudó a descubrir nuestra biodiversidad y a poner a Colombia en la categoría de un país bastante rico en aves”.

Como en la época de la conquista del Nuevo Mundo, el explorador también desarrolló una notable capacidad como cronista. Registró con detalle la flora y la fauna, así como la vida de los pobladores .

Sus diarios terminaron en un fascinante libro de viajes que por 100 años permaneció oculto para los lectores de habla hispana, hasta hace poco, cuando Luis Germán y Santiago Naranjo decidieron sacar del anonimato a este grande del siglo pasado, apenas mencionado entre científicos y aún más desconocido por el ciudadano común.

Padre e hijo, cautivados por los hallazgos y la personalidad de Miller, acaban de publicar una edición con los diarios del naturalista traducidos al español y un ensayo que esclarece las contribuciones de sus travesías para el país .

Pero para la familia Naranjo, la aventura de indagar sobre la vida y obra de Miller fue mucho más allá del libro Leo Miller, naturalista incógnito. Según cuenta el hijo, “este personaje permitió que uniéramos un triple interés en la biología, la historia y la literatura y me hizo pensar que aún existen expedicionarios como Tintín e Indiana Jones. Mi padre, por ejemplo, siente la misma pasión y curiosidad y ha tenido más de un encuentro con la muerte: se perdió durante una expedición científica en Perú y aunque sólo tenía una lata de atún y una chocolatina para seis personas, soportó las bajas temperaturas y y consiguió diseñar un sistema de caza que le permitió sobrevivir”.

 

 

mescobar@elespectador.com

@marianaesrol

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