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Destruimos el bosque del Magdalena Medio, pero aún queda este “oasis”

Los bosques húmedos tropicales del Magdalena Medio, de los cuales queda menos del 15 %, son el hogar del mono araña, el primate más amenazado del país, el paujil de pico azul, un ave endémica del país en peligro crítico de extinción, entre otras especies. Por más de una década, biólogos y pobladores se han dedicado a proteger y restaurar más de 3.000 hectáreas, de las cuales cerca de 1.000 estaban destinadas, hasta hace poco, a la ganadería extensiva.

César Giraldo Zuluaga

08 de marzo de 2026 - 09:00 a. m.
Panorámica del bosque húmedo tropical que alberga la Reserva El Silencio en el Magdalena Medio.
Foto: Santiago Rosado Hidalgo / IG: @untalrosado
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En medio de una de sus rutinarias caminatas como guardabosque en uno de los pocos relictos que aún se conservan del bosque húmedo tropical del Magdalena Medio, Julio César Marín Cruz, nacido en Puerto Berrío (Antioquia) hace 58 años, detiene su paso, pide que bajemos la voz y fija su mirada en la copa de un macondo que fácilmente puede superar los 30 metros de altura.

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En una selva espesa y densa como esta, calcular la distancia entre dos puntos se hace más complejo. Pero Marín, que las ha recorrido por casi 40 años, asegura estar viendo a una pareja de monos araña (Ateles hybridus) en las ramas de un árbol, que apenas podemos diferenciar entre los troncos y brazos de otros más cercanos. Fernando Arbeláez y Santiago Rosado, dos biólogos que también han caminado estos bosques, aguardan que el movimiento de las ramas les revele la ubicación de los choibos, como también se les conoce a estos primates.

Julio César Marín Cruz, guardabosque de la Reserva El Silencio.
Foto: Santiago Rosado Hidalgo / IG: @untalrosado

Los monos no parecen moverse y Arbeláez y Rosado empiezan a creer que Marín los confundió con otro animal. “¿No será una pava?”, bromea el segundo, haciendo alusión a un ave negra endémica del país. Marín intenta explicarnos en cuál de todas las ramas que vemos a lo lejos están “arrunchados” los primates.

Tras varios minutos, Rosado logra ubicarlos con sus binoculares y confirma: “¡Son dos hembras!” Todo habría sido más fácil, dice Arbelaéz, si hubieran saltado, pero cerca de las seis de la tarde estos animales se alistan para descansar.

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Los monos araña (Ateles hybridus) son unos de los 25 primates más amenazados en todo el mundo y el más amenazado en nuestro país.
Foto: Santiago Rosado Hidalgo / Ig: @untalrosado

Al margen del asombro que aún les causa la prodigiosa vista con la que cuenta Marín, con quien Arbeláez lleva cerca de dos décadas trabajando, los tres aún se emocionan cuando logran avistar algún individuo de monos araña. Después de todo, recuerdan, los Ateles hybridus son uno de los 25 primates más amenazados en todo el mundo y el más amenazado en nuestro país, de acuerdo con la más reciente evaluación elaborada por el Grupo de Especialistas en Primates de la UICN, la Sociedad Internacional de Primatología y la ONG de conservación Re:wild, publicada en 2024.

Estos monos, aseguran varios científicos en esa evaluación, están sujetos “a una pérdida generalizada de su hábitat y a la caza para el comercio de mascotas y uso medicinal, lo que supone una amenaza inminente para su supervivencia en un futuro próximo”. Los bosques del Magdalena Medio, una de sus distribuciones naturales en nuestro país, han perdido más del 85 % de su cobertura original, lo que ha obligado a que estas especies, así como el paujil de pico azul (Crax alberti), un ave endémica del país en Peligro Crítico de Extinción, terminen confinadas en pequeños fragmentos.

El paujil de pico azul (Crax alberti) es un ave endémica de Colombia en Peligro Crítico de Extinción.
Foto: Santiago Rosado Hidalgo / IG: @untalrosado

Durante los últimos 10 años, sin embargo, biólogos y habitantes de esta región se han unido para conservar y restaurar más de 3.000 hectáreas, un área similar a la que ocupa la isla de San Andrés. De estas, más de 900 se usaban para ganadería extensiva hasta hace relativamente poco. Gracias a ese trabajo de conservación y restauración, impulsado por la Fundación Biodiversa Colombia, los monos araña, el paujil de pico azul y otras especies amenazadas, como la danta y la tortuga del Magdalena, han encontrado aquí, en la Reserva Natural de la Sociedad Civil El Silencio, uno de sus últimos refugios para sobrevivir.

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“Esto antes no era así”

Mientras avanzamos en una lancha por el río Magdalena, desde Puerto Berrío hacia el norte, en dirección a Yondó, Arbeláez, biólogo y director de la Fundación Biodiversa Colombia, señala alguno de los varios potreros que llegan hasta el borde del río donde pastan decenas de reses. Es un paisaje que se repite en ambas márgenes del Magdalena a lo largo de un viaje que dura poco más de dos horas.

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“Esto antes no era así”, dice Arbeláez, quien apunta a unos pocos fragmentos en que el horizonte está dominado por bosques tupidos con árboles altos y distintas tonalidades de verde, para explicar cómo era el Magdalena Medio hasta finales del siglo XX e inicios del XXI, cuando se aceleró su transformación.

Su frase se repetirá a lo largo del viaje en distintos momentos: cerca de Bocas de Barbacoas, un pequeño poblado, para resaltar un bosque de galería que fue sembrado por la comunidad; a lo largo de un camino de cinco kilómetros que debemos atravesar para llegar desde la Ciénaga de Barbacoas a uno de los tres campamentos de la reserva, y en El Silencio, el predio de 76 hectáreas donde nació la reserva, hace casi 15 años.

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En 2012, cuando Arbeláez y algunos de sus colegas biólogos con los que crearon a inicios de este milenio la Fundación Biodiversa Colombia llegaron por primera vez a estas tierras, guiados por Marín, se encontraron con algo más de 50 reses. “Al haber 50 vacas en un terreno tan reducido, esto se mantenía pelado, nada de árboles; era un mero potrero sin yerba en el que hasta el ganado estaba comiendo mal”, recuerda el porteño, como se conoce a la gente de Puerto Berrío.

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De ser "un mero potrero sin yerba", como lo define Marín, los árboles han crecido en los alrededores de la estación en el predio donde nació la reserva.
Foto: Santiago Rosado Hidalgo / IG: @untalrosado

Debido a la expansión de la agricultura, la ganadería extensiva, la minería, la explotación de madera y la extracción de petróleo, el ecosistema de bosques húmedos del Magdalena Medio ha sido “severamente reducido al 10 - 15 %” de su extensión inicial, explicó Corantioquia, la autoridad ambiental de la región, en un documento de noviembre de 2023. Esta alta transformación del paisaje es solo una muestra de lo que se ha dado en la cuenca del río Magdalena, que alberga al 70 % de la población del país y representa el 80 % del Producto Interno Bruto (PIB).

Por este panorama, agregó Corantioquia, este ecosistema, “comparable a la Amazonía en términos de riqueza de especies y endemismos”, es considerado como uno de los más amenazados y menos protegidos del país.

Aunque esas 76 hectáreas con 50 vacas que Arbeláez y sus colegas encontraron hace 14 años eran reflejo de ese panorama de devastación, algunos bosques que lo rodeaban, y donde había monos araña, tití grises, tortugas de río y paujiles de pico azul, eran razón suficiente para intentar empezar una reserva natural en esta región, una de las más afectadas por el conflicto armado colombiano, aun en la actualidad. Gracias a una beca de la oficina de UICN en Países Bajos, la Fundación Biodiversa pudo comprar el primer predio.

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Panorámica de un sector de la Reserva El Silencio durante un amanecer.
Foto: Santiago Rosado Hidalgo / IG: @untalrosado

La plata, comenta Arbeláez, solo alcanzó para comprar la tierra y retirar a las vacas, por lo que, durante varios años, el trabajo avanzó lentamente. A pesar de esto, agrega el biólogo, “el simple hecho de haber sacado al ganado permitió que la regeneración natural ocurriera”, es decir, que la naturaleza por sí sola empezó a recuperar su lugar.

No fue sino hasta 2014 que la Fundación, en el marco de un proyecto que adelantó con The Nature Conservancy y Corantioquia, pudo sembrar sus primeros árboles. Aunque en ese primer proyecto “salió todo mal”, como dice Arbeláez, la experiencia les sirvió para aprender cómo debían restaurar El Silencio. La búsqueda y llegada de nuevos aliados, como Wildlife Conservation Society, Rainforest Trust, American Bird Conservancy, así como compensaciones ambientales adelantadas con ISA y Ecopetrol, entre otras empresas colombianas, les ha permitido fortalecer su trabajo desde entonces y ampliar la reserva a algo más de 3.100 hectáreas.

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Si bien “gran parte de El Silencio se ha restaurado sola”, reconoce Arbeláez, el trabajo de la Fundación se ha concentrado en conectar los distintos parches de bosque que se encuentran en su terreno. Especies como el coronillo, el guayabo de pava, el balso o el yarumo, que en dos años pueden alcanzar alturas de 10 metros, se siembran primero para generar cobertura vegetal. Con las “pioneras” establecidas, como se les conoce a estas especies de rápido crecimiento, están dadas las condiciones para que el abarco, el coco cristal y las caobas, especies cuyo crecimiento es más demorado y que habían desaparecido de la región, vuelvan a ser plantadas.

Las plántulas de estas especies provienen de viveros que la fundación ha ayudado a establecer al interior de la reserva y en comunidades vecinas, como Bocas de Barbacoas, donde decenas de familias se encargan de las etapas iniciales. De allí, así como de otros municipios cercanos, como Puerto Berrío e incluso de la región de los Montes de María, también provienen los siete guardabosques que recorren a diario la reserva.

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La conectividad en este contexto, explica Rosado, biólogo y coordinador de la reserva, es clave. La razón, continúa, son las especies que habitan estos bosques. Un buen ejemplo son los monos araña y los paujiles de pico azul.

Ambas especies requieren de extensos bosques maduros (con árboles grandes y un techo tupido) para su supervivencia. En el caso de los primates, que viven gran parte de su vida en las partes más altas de los árboles, las copas son claves para garantizar su movimiento. “Cuando usted tiene un bosque gigante y lo empieza a fragmentar, los animales ya no se pueden mover. Las poblaciones se van a empezar a cruzar (reproducirse) y van a entrar en un proceso que se llama vórtice de extinción genética”. En otras palabras, pequeñas poblaciones empiezan a perder diversidad genética por el cruce entre individuos que son parientes, dando paso a la aparición de enfermedades y, en el largo plazo, a la extinción de la especie.

Las martejas (Aotus griseimembra), micos nocturnos, son una de las cinco especies de primates que se encuentran en la Reserva El Silencio.
Foto: Santiago Rosado Hidalgo / IG: @untalrosado

Rosado es claro en afirmar que, hasta el momento, no se puede hablar de una recuperación de estas especies amenazadas, pues hacen falta estudios poblacionales para comprobarlo, pero al dejar de perder su hábitat y empezar a recuperarlo, estos animales sí han extendido su distribución regional, garantizando, en parte, su diversidad genética.

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De las más de 3.100 hectáreas que tiene El Silencio, precisa Arbeláez, hay 1.814 hectáreas de bosques maduros, 455 de antiguos potreros con más de 25 años en restauración, 237 que llevan entre 3 a 13 años restaurándose y 263 con tres años o menos en este proceso. La reserva, cree, “es la demostración de que la conservación y la restauración del Magdalena Medio sí son posibles: el ecosistema lo permite, es muy agradecido y, cuando se le da una pequeña oportunidad, vuelve solo”.

De El Silencio a la Serranía de San Lucas

Tras caminar más de 11 kilómetros recogiendo algunas cámaras trampa en la reserva, Marín reflexiona sobre el futuro de la reserva. Es la noche del último jueves de febrero. Para él, la selva es una especie de escuela y sueña con que se establezca un laboratorio que permita estudiar las propiedades medicinales de los árboles que alberga o para realizar sueros antiofídicos con algunas de las serpientes que se topa en el bosque.

El Silencio, complementa Arbeláez, “tiene un potencial muy importante para la investigación, porque estos ecosistemas no se conocen mucho”. Este biólogo también comparte el sueño de que la reserva se convierta en un “aula viviente” para indagar más por las 245 especies de aves, las 34 de anfibios, las 69 de mamíferos, las 50 de reptiles y las más de 1.000 especies de plantas que, hasta ahora, han rastreado.

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De izquierda a derecha: Noel Torres, Fernando Arbeláez, Julio César Marín y Santiago Rosado.
Foto: Callie Broaddus

Hacia futuro y a nivel regional, señala Rosado, la reserva seguirá aportando en la medida en que va “a estar acá por el resto de los siglos, garantizando que esto nunca lo van a talar”. Consciente de esta limitación, Arbeláez tiene un plan para expandir el impacto de la restauración más allá de los límites de El Silencio.

“Inicialmente, queremos conectar todos los bosques del Distrito Regional de Manejo Integrado (DRMI) Ciénaga de Barbacoas”, asegura el biólogo en referencia a un área protegida declarada por Corantioquia en 2017 y que se compone de 32.072 hectáreas de bosques húmedos tropicales y distintos tipos de humedales. Si los bosques de ambas áreas, que se solapan en algunas partes, lograran conectarse, se garantizarían unas 15.000 hectáreas de hábitat continuo, precisa Arbeláez. “Podría significar que especies como el mono araña y el paujil de pico azul, que son tan dependientes del bosque maduro, tengan una viabilidad a futuro”.

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Foto aérea de la Reserva El Silencio. Al fondo, la Ciénaga de Barbacoas.
Foto: Santiago Rosado Hidalgo / IG: @untalrosado

Mirando a lo lejos, en tiempo y distancia, Arbeláez también sueña con establecer un corredor natural entre la Ciénaga de Barbacoas y la Serranía de San Lucas. A menos de 100 kilómetros de distancia en línea recta, esta área al sur de Bolívar que también pertenece al Magdalena Medio es clave para la supervivencia del mono araña y otras especies amenazadas.

Aunque reconoce que suena algo utópico, cree que lo que han hecho con El Silencio es un ejemplo de que hay otras formas de habitar el territorio: “No es únicamente encerrándose en una finca y produciendo ganado, sino siendo inclusivo y trabajando con la comunidad en favor de los ecosistemas”.

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