“Esté siempre atenta a lo que pasa en la naturaleza. Si se le aparece un jaguar, usted lo mira a los ojos, no mucho, y le muestra seguridad, nunca le dé la espalda o pierde”.
Estas son las indicaciones de Darwin Asprilla, motorista del Parque Nacional Natural Utría, durante el recorrido por esta área protegida del Pacífico colombiano. Sus palabras parecen consejos de supervivencia sacados de una película.
Ante las caras de extrañeza por esa recomendación, Gilmar Moreno, guía de turismo de la zona, cuenta con emoción que ha visto en varias ocasiones al jaguar, que es grande, imponente y que hay que tenerle respeto.
Son conversaciones que, desde La Guajira hasta el Amazonas, sostienen guardaparques, campesinos y comunidades indígenas y afrodescendientes que trabajan por un objetivo común: proteger la naturaleza y conservar sus tradiciones, una tarea que, en ocasiones, le ha costado la vida a algunos de sus colegas.
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“Uno mira atrás y todo ha valido la pena. Recuerdo cuando nos tocó abandonar el Parque Nacional Natural Cueva de Los Guácharos por el conflicto armado; el Parque se convirtió en zona de enfrentamientos entre el ejército y la guerrilla. Nos trasladaron al Parque Nacional Natural Nevado del Huila, pero decidimos regresar para recuperar el Parque, hasta que lo recuperamos”, relata Carlos Cortés, guardaparque de Guácharos.
Al regresar, encontraron las cabañas deterioradas y el territorio invadido, con tala de árboles, cultivos de amapola y presencia de cazadores. Pero, tras 4 años de abandono, comenzaron un proceso de restauración y control. Poco a poco fueron recuperándolo.
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Cortés sigue activo en sus labores. No planea retirarse, así se pensione. Mientras camina por la Cueva del Indio, a 92 metros bajo tierra, habla de las rocas del periodo Cretácico y señala estalactitas y estalagmitas. Lleva 37 años en la primera área protegida de Colombia, que está abierta al ecoturismo, y su propósito es “contagiar a las nuevas generaciones para que sigan conservando y que sus hijos puedan disfrutar de los paisajes que a él le alimentan el alma a sus 63 años”.
No es para menos. Tanto los guardaparques como las comunidades reconocen que son privilegiados por vivir en territorios con selva, volcanes, nevados, desiertos y la inmensidad de los ríos. Sin embargo, saben también que en medio de la belleza, también hay pobreza, precariedad, inseguridad y violación de derechos.
Durante 2025 fueron amenazados 195 guardaparques mientras ejercían labores de protección, vigilancia y control ambiental. Los protocolos de seguridad y la mejora de las condiciones en el terreno evitaron que estas amenazas se tradujeran en otras tragedias.
Cuidar la vida y la naturaleza en medio del conflicto
Abel* está sentado a la orilla del río Atrato, en el Urabá chocoano, subregión del departamento de Chocó que limita con el mar Caribe y el Golfo de Urabá. Recuerda que pasó su juventud nadando en el río y participando en faenas de pesca.
“A uno el río le da todo, pero en muchos aspectos no hemos avanzado, y se pudo haber hecho más”, dice. A unos 10 metros de él, hay un lavadero improvisado donde se lava la ropa, la loza, y se bañan los niños.
En el Urabá, en el nororiente de Colombia, cerca del Parque Nacional Natural Los Katíos, la escasez de agua potable no es el único problema. Aquí las comunidades viven en los llamados “corredores de la muerte”, en una de las doce franjas estratégicas del país, escenarios donde se entrelazan economías ilícitas y conflicto armado, y donde los grupos armados ilegales han construido su propia estructura de poder.
Según un informe del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) publicado en 2025, no se trata de rutas trazadas en los mapas, sino de territorios de tránsito convertidos en ejes de control para el narcotráfico, la minería ilegal y el contrabando. En estas zonas, las comunidades permanecen sometidas a las dinámicas de control social impuestas por grupos como el Clan del Golfo, el ELN, las disidencias de las FARC e incluso por redes criminales transnacionales.
“Acá es mejor hablar de cómo está el clima, la pesca, y no meterse en lo que a uno no le interesa, es mejor guardar silencio”, dice Mauricio, uno de los habitantes del corregimiento Bocas del Atrato. Esa es la realidad de las comunidades que viven a orillas del río Atrato y de quienes velan por cuidar la riqueza natural de Colombia.
Es una realidad que se repite en otros Parques Nacionales Naturales, como el Catatumbo. “Estaba cantado lo que iba a suceder. Nadie prestó atención a las alertas tempranas y mire esto fue lo que pasó, pero debemos seguir, siempre debemos seguir”, dice un habitante de Tibú.
A ese “debemos seguir” se suma Joselito Vargas Acevedo, jefe del Parque Nacional Natural Catatumbo Barí, quien lleva 15 años en el área protegida y 35 en la entidad.
“Trabajamos por las comunidades y para cuidar el medioambiente”, dice con firmeza. Aunque los tiempos están difíciles, asegura que tiene un compromiso con su país y una responsabilidad con las futuras generaciones.
En esta zona convergen el ELN, distintas facciones de las disidencias de las FARC y carteles internacionales que controlan el contrabando de gasolina y el tráfico de armas. Las comunidades campesinas e indígenas viven atrapadas entre enfrentamientos y operaciones militares.
Conservar sin mirar atrás
Los días lejos de la familia y de los amigos que pasan los guardaparques por proteger algunos de los lugares más recónditos de Colombia, tienen su recompensa:
“Uy, a mí la madre naturaleza me regaló el privilegio de ver una pareja de cóndores: estaba en la montaña, en el Parque Nacional Natural Los Nevados, cuando… veo en el cielo a estos animales tan espectaculares, yo me sentí bendecido, yo di gracias, es lo más hermoso que me ha regalado la montaña”, dice el guardaparque Luis Carlos López, conocido como “El Tigre”.
Ese es el pago para quienes cuidan la naturaleza: poder seguir recorriendo los páramos, avistar los osos de anteojos (Tremarctos ornatus), el caimán negro (Melanosuchus niger), los jaguares (Panthera onca), las dantas de tierras bajas (Tapirus terrestris) o las ballenas yubartas (Megaptera novaeangliae), esos gigantes del océano que visitan el Pacífico colombiano para dar a luz.
“Debemos mirar con fe el futuro, aunque pasemos por tormentas el sol siempre va a brillar” señala Ronal Fernando Peñaranda, guardaparque de Los Estoraques con una sonrisa en el rostro.“Doy gracias a Dios porque tengo el privilegio de trabajar con las comunidades, de aportar a mi territorio, de enseñarles a los niños que vale la pena cuidar el medioambiente, que vale la pena soñar con un mejor país”.
*Los nombres se cambiaron por seguridad de los entrevistados.
**Periodista del equipo de Comunicaciones de Parques Nacionales Naturales.
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