22 Feb 2018 - 3:00 a. m.

El primer colegio carbono neutro de Colombia

A través de una campaña de reforestación y de compra de bonos de carbono, el Gimnasio Fontana, ubicado a las afueras de Bogotá, ha logrado compensar las 118,09 toneladas de CO2 que emite a la atmósfera.

Camila Taborda/ @camilaztabor

La idea nació a principios de los años ochenta en el consultorio de la psicóloga Amparo Triana, en Chapinero, noroeste de Bogotá. Su trabajo con el Distrito, donde atendía niños, había hecho que a su puerta llegara una racha de jóvenes frustrados. Todos compartían un problema: la rigidez del sistema educativo. Era evidente que necesitaban una opción diferente, “un colegio distinto”.

De hecho, a Triana le parecía escuchar su propia historia en cada sesión. Se había graduado de un colegio de monjas en Ibagué en el que todo estaba prohibido y no quería que sus tres hijas, aún pequeñas, experimentaran lo mismo. Así que le compartió la idea de fundar una institución a su esposo, el médico Darío Zuleta, e invitó a una exprofesora de las niñas y a su marido a poner en marcha el proyecto.

El momento casó perfectamente. Una tía de Triana se había mudado a Cartagena y había vaciado su casa en el barrio Chicó, también en Chapinero. Un lote al que le cabía el bosquejo de un colegio, o de un preescolar, que fue como empezó el Gimnasio Fontana en 1986, con un plan pedagógico innovador y una oferta bilingüe.

Ese último adorno fue su éxito. Apenas en el primer año pasaron de tener 26 niños a 50 alumnos matriculados. Fue tal la popularidad que pronto tuvieron que alquilar un terreno en la localidad de Suba, donde estuvieron el tiempo suficiente para decidirse a construir. El arquitecto elegido fue Rogelio Salmona, uno de los más destacados en el país, por no decir el más. Pusieron a su disposición 12.000 metros cuadrados a las a fueras de la ciudad. “Un lugar donde los niños puedan ser felices”, le insinuó Triana al artista.

Catalina, la hija mayor de Triana, que se había dejado conquistar por el colegio después de graduarse de diseño industrial, le hizo una sugerencia más precisa al arquitecto: “Necesitamos un espacio donde podamos integrar las ciencias y las artes”. Esa es la base de lo que hoy es el Fontana.

Una infraestructura ubicada junto al aeropuerto Guaymaral, hecha con ladrillo, como acostumbraba Salmona, con un espejo de agua que lo atraviesa en diagonal y dos fuentes en cada esquina. En el centro, grandes salones de arte y una biblioteca. Alrededor, las aulas de clase y la cafetería. El resto es una extensión verde que puede abarcarse con la vista desde el techo del colegio, donde adaptaron una gran terraza llena de jardines.

La familia y sus estudiantes comenzaron a habitarlo poco a poco en 1995, aunque la construcción tardó diez años más en concluir. Durante ese tiempo, Catalina se empoderó totalmente del proyecto pedagógico. “Nuestra oferta de valor era una mezcla de las ciencias y las artes. El resultado era la creatividad, pero no sabíamos cómo se desarrolla esa creatividad”, cuenta la mayor de las Zuleta.
Para entenderlo convocó a los maestros y les preguntó cómo se producía el conocimiento en sus aulas, desde preescolar hasta once grado. No tenían la respuesta y tampoco sabían el origen de la creatividad.

La institución fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación por el diseño de Rogelio Salmona. 

Esas cuestiones, asegura ella, han sido estudiadas desde el comportamiento, sin ir más allá. Era necesario investigar, y al principio sólo dos profesores se animaron a acompañarla en la tarea. Después de indagar en las aulas de clase, de empaparse de autores y casarse con el sociólogo y filósofo francés Edgar Morin, los cambios de Catalina transformaron al Fontana en 2001.

En ese autor, el equipo de investigadores encontró el enfoque que buscaba: educar seres planetarios. En palabras de Triana, “no queríamos sólo niños con información y conocimiento, sino niños que fueran capaces de ser conscientes de quiénes son y cuál es su lugar en el planeta”. Esa fue la entrada triunfal de la sostenibilidad en el Gimnasio Fontana.

Siguiendo la teoría de Morin, el equipo diseñó un currículo educativo sobre problemas universales. En él, los alumnos deben ser lo suficientemente conscientes del impacto que tienen en el planeta y, en esa medida, es urgente que aprendan a hacerse preguntas. Porque son “la única especie capaz de devastar cualquier ecosistema”. Esa fue la consigna que atrajo a la segunda hija del matrimonio, Natalia Zuleta.

Aunque su elección había sido comunicación social y periodismo, luego una maestría en producción cinematográfica en Inglaterra y por último mudarse fuera de Colombia, el colegio de sus padres había terminado por seducirla. También ella, por entonces, estaba preguntándose cosas.

Pensaba que, en vista de que el Fontana era un organismo vivo, que se relacionaba de igual forma con el entorno, que generaba unos impactos ambientales, ¿cómo podían enseñar sostenibilidad sin ser sostenibles aún? Ese interrogante la atormentó hace tres años.
Por fortuna, en aquella época la Fundación Natura y la Embajada de Estados Unidos estaban organizando la primera versión de la Carrera Verde en Bogotá. Una competencia deportiva en la que cada corredor subsidia la siembra de tres árboles en reservas naturales del país. Esa fue la oportunidad y de nuevo sus padres apoyaron la idea: el Gimnasio Fontana se convirtió en el único colegio aliado del evento.

Inscribieron a todos los estudiantes, los vistieron de verde, al igual que a sus padres, y los hicieron correr 3 o 10 kilómetros alrededor del parque Simón Bolívar en la capital. Pero la idea de Natalia no terminó con la carrera. Desde ese momento la comunicadora lideró una campaña de reforestación dentro del colegio y una revisión interna sobre qué estaban haciendo mal y qué podían mejorar.

Con ese diagnóstico, sus planes se hicieron más claros. Primero se dedicó a explicarles a los miembros del colegio, y en especial a los estudiantes, cómo impactaban en el ambiente. Les contó que cada vez que respiraban emitían carbono, y cuando abrían la llave, cuando prendían el televisor, al navegar por internet, etcétera, todo dejaba una huella en la atmósfera.

Luego les mostraba que hay formas eficientes de compensar la huella que dejan y que también tienen la posibilidad de hacer que sus efectos sean menores, al mitigarla. Esto a través de piezas publicitarias y actividades con toda la comunidad educativa. Su perseverancia hizo que todos los funcionarios atendieran la idea y se arriesgaran a cuantificar qué era lo de la famosa huella.

Midieron cuánto papel gastaban, cuánta energía eléctrica usaban, cuánta agua, cuánto gas, cuánta comida desperdiciaban. Calcularon el combustible que quemaban para transportarse y los gases de efecto invernadero que ayudaban a emitir cada vez que alguien viajaba a representar a la institución.

El resultado fue una huella de 118,09 toneladas de carbono al año, un número con el que han hecho maravillas. La institución se metió tanto en el cuento que los estudiantes diseñaron un plan de gestión sostenible al que llaman “Manifiesto ambiental”. Las directivas se arriesgaron a pedirle a Icontec que evaluara la manera como estaban cuantificando la huella de carbono organizacional. Ese proceso les valió el primer certificado de sostenibilidad.

Pero los frutos son mayores. Al saber qué tanto mal hacen, aun cuando han disminuido el impacto, pueden estimar cómo compensar el daño. Por eso en sus zonas verdes y en reservas de la Fundación Natura han sembrados cerca de 4.500 árboles. Y como no es suficiente, los Zuleta Triana optaron por comprar bonos de carbono.

“Una estrategia forestal para compensar las huellas que no pueden reducir. El CO2 que capturan los árboles puede cuantificarse, así que con esa cifra se generan unos bonos de carbono que el colegio compra”, explica Julio Giraldo, jefe de desarrollo sostenible de Icontec.
De ahí que el Gimnasio Fontana obtuviera un segundo certificado, el de carbono neutro. Un título que lo convierte en la primera institución educativa del país que siembra el cambio, como dicen sus fundadores, con rumbo a la sostenibilidad.


*  Si quiere conocer más sobre lo que pasa con el medio ambiente, lo invitamos a seguir nuestra página en Facebook​


 

Comparte:
X