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El riesgo que enfrentan las aves migratorias con los parques eólicos de La Guajira

Entre septiembre y octubre, a La Guajira llegan miles de aves migratorias en busca de refugio y alimento. Las turbinas eólicas de los proyectos que se están desarrollando en el departamento podrían solaparse hasta un 85 % con la altura a la que vuelan durante los días que permanecen allí. Investigadores sostienen que los diseños pueden adaptarse y que se pueden programar apagones de algunas hélices para prevenir colisiones.

Aún hay 14 parques eólicos en desarrollo en La Guajira, además de Casa Eléctrica y Guajira I.
Imagen de referencia. En La Guajira se espera que haya 16 parques eólicos funcionando, aunque hoy solo hay uno construido.
Foto: Andrés Díaz

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Por estos días, desde los primeros minutos del amanecer, el cielo de La Guajira está repleto de cientos de aves que buscan un punto en medio del desierto para alimentarse. Vienen desde el norte del continente, anticipándose al inicio del invierno, para refugiarse en tierras más cálidas.

Tras recorrer miles de kilómetros sobre el océano Atlántico, el territorio wayuu las recibe con un festín que es poco común en otros meses. “En La Guajira no llueve durante la mayor parte del año, es una zona muy seca y las plantas están sin hojas. Pero la temporada de migración de las aves coincide con la época de más lluvias”, explica Nick Bayly, PhD en Ciencias Biológicas y director de Ecología de la Migración en Selva, una organización dedicada al estudio de la conservación de diferentes especies. Estas condiciones cambian lo que ocurre normalmente en el desierto y los bosques guajiros: la tierra reverdece, atrayendo una gran variedad de insectos que sirven como alimento para las recién llegadas migratorias.

En La Guajira hay diferentes ecosistemas, como el bosque seco tropical.
En La Guajira hay diferentes ecosistemas, como el bosque seco tropical.
Foto: SELVA

Aunque La Guajira está compuesta en gran parte por un extenso desierto, en el departamento también hay bosques secos tropicales y áreas protegidas como el Parque Nacional Natural Macuira, en la zona norte del territorio wayuu. Por su ubicación en la costa peninsular de Colombia, también es uno de los lugares con mayor potencial para la generación de energía eólica en el mundo. Sus vientos tienen velocidades promedio de 9 metros por segundo, mientras que en ciudades como Bogotá este indicador rara vez supera los tres metros por segundo.

Por eso, junto a dos investigadoras de Selva y un miembro del pueblo wayuu, Bayly lideró la primera investigación en el país que mapea la llegada de aves migratorias a esta región y evalúa el riesgo que representan para estas los 16 parques eólicos que se están construyendo en La Guajira. Registraron un total de 57 especies migratorias en el cielo guajiro durante dos años de recolección de información.

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Más allá de esta cifra, los resultados del estudio “nos sorprendieron”, dice Bayly, y plantean varias dudas sobre cómo proteger a estas aves en las zonas en las que girarán las hélices de la energía eólica en Colombia.

Una migración inesperada

"Coccyzus americanus", conocido comúnmente como cuco americano, es una de las especies que atraviesa el continente para llegar a La Guajira.
"Coccyzus americanus", conocido comúnmente como cuco americano, es una de las especies que atraviesan el continente para llegar a La Guajira.
Foto: SELVA

Entre septiembre y octubre, durante la migración boreal de aves (las que vienen del norte), científicos de todo el mundo salen a estudiar los comportamientos de diferentes especies.

En este lado del mundo, se sabe que hay algunas que atraviesan el continente por Centroamérica, haciendo paradas frecuentes en el recorrido, mientras que otras lo hacen cruzando el océano Atlántico. En el caso de las segundas, sus paradas suelen hacerse en las islas del Caribe y, desde allí, hasta que llegan a Colombia.

“Lo que encontramos fue inesperado”, asegura Bayly. Atravesar volando el océano y sin muchos lugares disponibles para detenerse en el camino es una ruta con más riesgos para las aves. “Lo que se observa normalmente es que buscan condiciones más húmedas, donde podría haber más disponibilidad de comida, como punto de llegada”, añade el investigador. Un ecosistema con esas características, por ejemplo, está en la Sierra Nevada de Santa Marta.

Sin embargo, el estudio revela que la mayoría de las especies de aves que registraron no usan La Guajira como una zona de paso. Descienden, buscan alimento y descansan allí durante varias noches. Además, señala Natalia Ramírez Cano, investigadora de Selva, lo hacen masivamente: de las 57 especies reportadas, hicieron un censo detallado con 39 de estas, y el conteo ascendió a 19.694 individuos durante períodos cortos, que se concentran en unas dos semanas a lo largo de septiembre y octubre.

Para Ramírez, en la sorprendente masividad de la llegada de aves migratorias a La Guajira está el segundo punto clave de su investigación. Si se tratara de una zona de paso, las aves atravesarían a alturas superiores a los 500 metros. Pero, que sea un punto de llegada, descanso y alimentación implica que desciendan y atraviesen el territorio volando bajo.

"Icterus galbula", cuyo nombre común es turpial de Baltimore.
"Icterus galbula", cuyo nombre común es turpial de Baltimore.
Foto: SELVA

Por ese comportamiento, “el diseño de las hélices de los parques eólicos tiene un rol muy importante para definir si el desarrollo de la transición energética va a ir en la misma línea de la conservación de las aves o en contravía de esta”, dice la investigadora.

Para analizar esto, tomaron como referencia los diferentes tamaños de hélice que se tiene planeado implementar en La Guajira y el riesgo de colisión que estos implican para algunas de las especies migratorias que llegan allí. La investigación sostiene que hay algunos parques que suponen un riesgo mayor y que deberían tomarse medidas para evitar afectar a las aves durante las semanas en las que llegan a este territorio.

Una transición energética alineada con la conservación

"Setophaga striata", conocida comúnmente como reinita rayada.
"Setophaga striata", conocida comúnmente como reinita rayada.
Foto: SELVA

Dentro de los 16 parques eólicos que se tiene planeado, hasta ahora, construir en La Guajira, hay al menos seis modelos de turbinas eólicas que impulsarían la generación de energía. Las diferencias están en su tamaño y en la altura de la torre que las sostiene. Pese a esas particularidades, en todos los modelos, entre el 66,2 % y el 85 % de las especies analizadas vuelan a una altura que coincide con el espacio en el que girarían las turbinas.

En su análisis, explica Ramírez, “es necesario tener en cuenta que las migraciones de larga distancia tienen factores que hacen que unas aves migratorias sean más susceptibles que otras y que, por las condiciones meteorológicas, a veces pueden volar más bajo para protegerse”. Algunas pueden volar a unos 10 metros de altura, pero otras pueden alcanzar los 150, dependiendo de las condiciones.

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Los resultados, aunque muestran un riesgo alto en todos los parques eólicos planeados, muestran que hacer ajustes en el diseño de las hélices podría reducir de manera importante ese riesgo. En Windpeshi e Ipapure, dos proyectos que se construirían cerca de la frontera con Venezuela, el solapamiento de las hélices con la altura de vuelo de las aves es de 85 %. Esto se debe a que las turbinas alcanzan una altura de 186 metros y su punto más bajo está entre 22 y 24 metros de altura. El principal riesgo se encuentra en el paso más bajo de las hélices, pues la mayor actividad de las migratorias en esta región se concentra en vuelos bajos, de acuerdo con las investigadoras.

En otro tipo de turbina, como la que tienen los parques Acacia II y Camelias, que se encuentran en la parte baja de La Guajira, también cerca de la frontera con Venezuela, el riesgo es el más bajo reportado: 66,2 %. Aunque sus turbinas tienen una extensión total de 155 metros, el punto más bajo que alcanzan está por encima de los 40 metros, reduciendo en cerca del 19 % el solapamiento con la altura de vuelo de las aves migratorias.

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“Evaluar cuáles son los modelos de turbinas que se van a implementar es de vital importancia para entender cuál va a ser el impacto en estas especies. Esta evidencia busca dar una herramienta basada en la ciencia para que se haga esa planificación”, apunta Ramírez.

Ángela Caguazango, otra de las investigadoras que participó en el estudio, considera que “se necesitan más estudios para conocer detalladamente el comportamiento de las migratorias y hacer de este tipo de información una exigencia técnica en las autoridades ambientales”. Cuando las empresas hacen estudios de impacto ambiental, por ejemplo, pueden realizar censos de aves en épocas en las que no hay una presencia importante de especies migratorias. Según el estudio, los días entre el 26 de septiembre y el 3 de octubre, cuando hay una actividad moderada-alta, y entre el 13 y el 20 de octubre, cuando se presenta la actividad más intensa, deberían ser momentos del año considerados por todas las empresas a la hora de analizar el impacto de sus proyectos en las especies migratorias.

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Además, será clave tomar como referencia otras medidas que se han tomado en países con un mayor desarrollo de energía eólica, “pero con una adaptación a los ecosistemas y las condiciones que hay localmente”, precisa Caguazango. Por ejemplo, una de las medidas más conocidas en el desarrollo de proyectos eólicos es pintar una de las hélices de las turbinas de un color diferente al resto de la estructura. “Eso hace que haya una mayor visibilidad de la infraestructura, principalmente en especies de aves rapaces, que tienen una gran visión”, señala Ramírez.

Sin embargo, advierte Bayly, la que podría ser la medida más efectiva es “hacer apagones programados de algunas de las turbinas”. Aunque pueda parecer una medida financieramente costosa para los proyectos, el investigador sostiene que “la realidad es que un parque eólico no tiene todas sus turbinas prendidas todo el tiempo. Hay momentos en que se apagan algunas porque no hay suficiente fuerza del viento para aprovechar el potencial de generación de energía. Entonces, esto es económicamente viable”.

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La época de llegada de la mayor migración de aves a La Guajira es el momento en el que más llueve en el año, “que también es un momento en el que disminuye la intensidad del viento”, añade Bayly. Con una planificación adecuada, utilizando monitoreos para predecir el momento en el que llegarán las aves a la zona del parque eólico, sostiene la investigación, la transición energética en el norte de Colombia puede avanzar de la mano del cuidado de las migratorias que llegan a su territorio.

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Andrés Mauricio Díaz Páez

Por Andrés Mauricio Díaz Páez

Periodista y politólogo enfocado en temas ambientales, transición energética y educación. diazporlanoche amdiaz@elespectador.com
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