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Esta semana, UNICEF, la agencia de la ONU que busca proteger los derechos de los niños, publicó nuevos datos sobre cuántos niños y niñas vivirán, entre octubre y diciembre, en zonas donde se prevén condiciones inusualmente secas o húmedas asociadas al fenómeno de El Niño.
Según el análisis, la cifra es de más de 347 millones en casi 100 países y territorios. De ellos, unos 41 millones se encuentran en América Latina y el Caribe, una de las regiones con mayor número de niños expuestos, después de Asia y el Pacífico.
“Las perspectivas regionales apuntan a menos lluvias y temperaturas más altas en Centroamérica, el Caribe y buena parte del norte de Sudamérica, mientras que sectores de la costa pacífica de Sudamérica podrían registrar lluvias por encima de lo normal y un mayor riesgo de inundaciones y deslizamientos”, indica UNICEF en un comunicado.
De acuerdo con la agencia, hasta mediados de septiembre, ocho países o territorios de las Américas habían declarado emergencias o alertas oficiales por amenazas relacionadas con El Niño.
Cabe recordar que este fenómeno está asociado al calentamiento de las aguas del Pacífico ecuatorial, lo que altera los patrones de lluvia en el mundo. En el caso de Colombia y del norte de Suramérica, El Niño reduce las precipitaciones. Es decir, trae consigo sequía y estrés hídrico.
El informe advierte sobre la presión que la sequía, los incendios forestales y la demanda ejercerán sobre el suministro de agua. Según UNICEF, en Colombia alrededor de 4,3 millones de personas son susceptibles a interrupciones en el servicio.
“La sequía y la escasez de agua pueden deteriorar las condiciones de higiene y seguridad alimentaria, mientras que las lluvias intensas pueden contaminar fuentes de agua y favorecer enfermedades. El calor y los cambios en las precipitaciones también pueden modificar las condiciones para la transmisión de enfermedades como el dengue, y los incendios forestales aumentar los problemas respiratorios”, advierte la organización.
En su más reciente columna en El Espectador, Sandra Vilardy, exviceministra de Ambiente y profesora de la Universidad de los Andes, señaló que, además del suministro de agua, le preocupan los trabajadores informales que estarán expuestos a las altas temperaturas en la calle. “El calor extremo significa vender menos, trabajar más despacio, agotarse más y aumentar los riesgos de deshidratación y golpes de calor; mientras disminuyen los ingresos para sostener a sus familias”, escribió.
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